La moral es el arte
de la realización
P. Roberto Fernández Iglesias, OP
Para Santo Tomás la moral es el arte de llegar a su
fin, de realizarse cada ser humano. Esa meta, ese fin es el bien, objetivo
y ontológico, que implica el desarrollo pleno de las potencialidades
humanas, la realización perfecta de su naturaleza.
Para Santo Tomás la moral es el arte de llegar a su
fin, de realizarse cada ser humano. Esa meta, ese fin es el bien, objetivo
y ontológico, que implica el desarrollo pleno de las potencialidades
humanas, la realización perfecta de su naturaleza. Para ello se procede
mediante una ordenación de los actos humanos a sus fines. Lo que la
naturaleza dio en el instinto a los animales, a los humanos se lo dio en
la razón. Así, la virtud viene a ser como el instinto de la persona
verdaderamente moral. Con la diferencia de que el instinto se impone por
su necesidad, mientras que la virtud sólo se elige mediante la libertad.
Cierto que esta visión de la moral tiene un carácter
ideológico, finalista. Y podría decirse de ella que "muy largo me lo
fiáis". Pero en la carrera de la vida, el premio que corona el esfuerzo
moral se recibe al final, después de haber combatido el buen combate, como
decía San Pablo.
Por eso se le ha llamado, a la moral de Santo Tomás,
moral de la felicidad. No cabe duda de que el ser humano apetece el bien
y, por consiguiente, al conquistarlo, experimenta la sensación más plena
que se pueda imaginar. Y esa sensación será mejor cuanto más alto sea el
bien al que nos juntamos. Así podemos jerarquizar los bienes empezando por
el más alto: la contemplación divina y subordinando a él los que le son
inferiores. De ese modo nos instalamos en la virtud como herramienta de
escalar los fines intermedios hasta llegar al supremo. En la teoría esto
es indiscutible, tiene lógica y nos convence. pero en la práctica, tenemos
muchas veces la impresión de que felicidad y virtud no van de la mano. De
que muchas personas virtuosas sufren y, en cambio las personas inmorales
gozan y disfrutan. Desconcierta mucho que la felicidad humana dependa a
veces de circunstancias a las que la virtud les tiene oponer resistencia.
Por ejemplo, los que escalan puestos en su carrera por adular a los jefes.
O los que contrabandean y se enriquecen ilícitamente. O los que calumnian
a los buenos para desplazarlos. Y así tantos casos. Mientras que la virtud
sólo depende de sí misma y no tiene garantías de lograr algo efectivo.
Así, quienes son sinceros y frontales pierden su empleo. O los que no
hacen demagogia y, por ello, tampoco son elegidos. O los que por pagar
impuestos tienen que vivir austeramente. Es muy grande el sufrimiento
moral que conlleva esta tensión injusta y exige un heroísmo notable el
apostar a la virtud en semejantes situaciones. ¿Cómo se puede explicar
todo esto desde el punto de vista moral? ¿Cómo se empata la virtud con su
pretensión de felicidad?
Santo Tomás responde a estas asimetrías diciendo que la
moralidad tiene como meta el construir a cada persona en su integridad y
conservarla pura frente al vértigo de la desintegración y de la
degradación. La virtud es el único camino para salvar en el hombre el
genio de la especie. Si un accidente frustra el resultado de la acción
moral en una circunstancia concreta, habrá que mirar las cosas desde más
arriba. Los actos buenos no producen su fruto en seguida. Hay que
seguirlos cultivando hasta que un día nos sorprenda su cosecha fecunda.
Son las virtudes el semillero de la felicidad y constituyen un pagaré a
largo plazo, pero que acabará cumpliendo dentro de un orden divino del que
se participa ya por la gracia. Aparte de que la virtud nos impulsa siempre
a sentir que ella misma es su principal premio, en el plan de Dios ninguna
virtud quedará sin recompensa.
Se produce así el mérito, ese camino que lleva de la
virtud hasta la felicidad, precediéndola de momento pero convergiendo con
ella más adelante. Para Dios, Autor y dueño de todo lo creado, no quedará
sin recompensa el virtuoso esfuerzo. Nuestras obras nos seguirán hasta la
vida eterna y en el juicio de Dios, Juez justo, tendrán su sanción y su
recompensa. Quienes no cobraron su salario durante la travesía, lo
recibirán al término en una medida rebosante, pues "ni ojo vio, ni oído
oyó, ni mente humana puede imaginar lo que Dios tiene reservado para
quienes lo aman". El mundo es ya una armonía moral en Dios y en El se
funda nuestra moral cotidiana y nuestra esperanza de que a su debido
tiempo se alcanzarán los resultados. En Cristianismo esto se llama Reino
de Dios y ya está incoado en nosotros por la fe y la firme esperanza de
que Dios que es fiel cumplirá su Palabra.
Publicado en "HOY", domingo 2 de febrero de 2003.
Quito, Ecuador.
|