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[FIRMAS] CARLOS DÍAZ
La alargada sombra de Davos: liberalización no es
liberación
Como dijera -junto a muchos otros- el sacerdote jesuita
Ignacio Ellacuría, asesinado en El Salvador, una cosa es la liberalización
y otra cosa muy distinta es la liberación. Los procesos de liberalización
sólo son posibles si han antecedido procesos de liberación. Aquélla es
cuestión de élites y para élites, mientras que ésta es proceso de mayorías
populares, que empieza por la satisfacción de las necesidades básicas y
construye después condiciones positivas para el disfrute razonable de las
libertades.
Querer plantear el problema de la libertad al margen de
la liberación es querer evadir el problema. La libertad social y política
supone una liberación de estructuras opresoras; supone, además, la
creación de condiciones para que la capacidad y el ideal de la libertad
política y social puedan ser compartidos equitativamente. No es aceptable
la libertad de unos pocos sustentada en la esclavitud de los demás, o en
la fáctica dependencia de la mayoría. Por ello la libertad debe verse
desde su historización en las mayorías populares dentro de cada país y de
los pueblos oprimidos en el conjunto del mundo. Es la entera humanidad la
que debe alcanzar la libertad, y no unos cuantos privilegiados de la
humanidad, sean individuos, clases sociales o naciones.
Desde esta perspectiva el problema de la prioridad de
la justicia sobre la libertad o de la libertad sobre la justicia se
resuelve por la unidad de ambas en la liberación. No puede darse justicia
sin libertad ni a la inversa, aunque en el orden social y político haya
una prioridad de la justicia sobre la libertad, pues no se puede ser libre
injustamente, mientras que la justicia, al dar a cada uno lo que le es
debido, no sólo posibilita la libertad, sino que la moraliza y justifica.
La liberación de toda forma de opresión, cualquiera que ésta fuere, es,
como proceso real de justificación, el medio real de potenciar la libertad
y las condiciones que la hacen posible. La liberación es un proceso de
«ajuste», en cuanto busca romper las cadenas interiores y exteriores; es
un proceso «justo», en cuanto trata de superar lo injusto; y es un proceso
«justificador» en cuanto busca crear condiciones adecuadas para el
desarrollo pleno de todos y para un equitativo uso de las mismas.
Así las cosas, concluye Ellacuría, «la liberación no
puede consistir en un paso de la pobreza a la riqueza haciéndose ricos con
la pobreza de los otros, sino en una superación de la pobreza por la vía
de la solidaridad. Se trata, eso sí, de los pobres con espíritu, de los
pobres que asumen su situación como fundamento en la construcción del
hombre nuevo. Desde la materialidad de la pobreza de los pobres con
espíritu, ésta se levanta activamente hacia un proceso de liberación
solidaria, que no deja fuera a ningún ser humano. Dicho de otro modo, se
trata de unos pobres activos, a quienes la propia necesidad aguijonea para
salir de una situación injusta. De ahí que este hombre nuevo se defina en
parte por la protesta activa y la lucha permanente, que buscan superar la
injusticia estructural dominante, considerada como un mal y pecado, pues
mantiene a la mayor parte de la población en condiciones de vida inhumana.
Lo negativo es esta situación que, en su negatividad, lanza como un
resorte a salir de ella; pero lo positivo es la dinámica de superación».
Nosotros, seguidores de Jesús, no somos fans del
liberalismo capitalista: no se puede servir a dos señores. Hasta mentira
parece tener que recordarlo, antes y después de Davos.
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