Autoderrota de la
agresión
Luferni
¿Qué decimos ahora cuando decimos: “guerra”?
Es el misil que trae la destrucción desde el disparo de
un enemigo inalcanzable o fugitivo, en vuelo supersónico. Es el proyectil
lanzado, con mala puntería, que causa devastación en zonas residenciales o
impacta sobre hospitales y escuelas. Morir de asfixia o de enfermedad.
Desechar el parlamento, renunciar a la razón, hacer a
un lado el coloquio, estrangular la palabra, cancelar todo acuerdo,
quedarse sólo con la fuerza, la violencia, el ataque físico, el
sometimiento y la agresión que destruye y mata. ¿Es eso la guerra?
Hay violencia sin justicia y sin amor: la del opresor
injusto. Hay violencia con justicia y sin amor: la del guerrillero y hay
violencia con justicia y con amor: Jesús ejerció la mayor violencia cuando
defendió, con el mejor amor, a la adúltera de quienes querían apedrearla.
Fue una violencia dirigida a la conciencia de los agresores y fue tan
grande que los hizo dejar caer las piedras y alejarse en silencio.
Decidir un ataque basado en conjeturas y sospechas, y
un ataque con armas de destrucción masiva sólo para desarmar a quien no se
ha probado que esté armado y con la tentación de un posible control
petrolero, no parece llenar ni el mínimo de una moral aceptable ni de una
ética internacional. Parece el desahogo de un poder atemorizado que busca
fabricarse enemigos visibles, desde las heridas causadas por quienes
lanzaron la piedra y escondieron la mano.
¿Muerto el perro se acabó la rabia? En la última
agresión no se murió el perro y se escondió la rabia. Así como se puede
matar al héroe (Luther King) pero no su sueño, así puede matarse (?) al
terrorista; pero no su odio, que surge, recrudecido, en otros.
El desplazamiento de tropas, portaviones y pertrechos
es ir programando una irreversibilidad que se entrampe en lo inevitable.
Se establece una situación de hecho, sin esperar la anuencia del derecho.
Frente al corazón de las multitudes que anhelan la paz,
se yergue ahora el hígado de gobernantes temperamentales que declaran la
guerra verbal para que, por el mismo camino que hicieron las palabras,
avancen los cañones.
Fuerte poder disuasivo podría tener la amenaza nuclear
de Corea del Norte si siempre se recordara que, en una guerra atómica, no
puede haber más que derrota para todos y riesgo de extinción de una
especie que hizo inhabitable su propio planeta.
La declaración de guerra en estos momentos sería una
derrota para la humanidad y, a pesar de la exhibición de poderío,
desenmascararía una gran debilidad de espíritu que se contagia de lo mismo
que condena.
La autoderrota de la agresión es amargo fruto de una
planta que olvidó que la paz es obra de justicia y que antes que la
propiedad privada hay que reconocer el destino universal de los bienes. La
comunidad internacional anhela un poder comunitario, no para el lucro sino
para el servicio, capaz de construir, sobre el pedestal de la justicia, la
civilización del amor...
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