Como un sello en el
corazón
P. Roberto Fernández Iglesias, OP
En definitiva, cuando dos se quieren de verdad, lo que
predomina es el deseo de que el otro nunca deje de existir, pues no se
puede concebir la propia existencia separada de la persona querida. Y, a
medida que el cuerpo se va deteriorando, nos unimos más firmemente a esa
alma inmortal que nunca dejará de existir.
Es bueno que los enamorados tengan también un patrono.
Aunque no sepamos muy bien las razones por las que San Valentín llegó a
merecer ese título, la verdad es que la santidad y el amor siempre han
tenido mucho que ver con el cristianismo. Tanto que hasta la Sagrada
Escritura tiene un libro cortito, pero precioso, dedicado al amor del
hombre y de la mujer. Es el Cantar de los Cantares: cinco poemas, con
prólogo y epílogo, en doce páginas apenas y con dos mil quinientos años de
antigüedad, según la Biblia de Jerusalén. Un libro que ruboriza a los
puritanos y los hace dudar de su canonicidad acusándolo de pagano por su
esoterismo. Pero se trata de un erotismo espontáneo, fresco y natural,
santo. Tanto que San Juan de la Cruz, en un poema insuperable, lo entendió
como alegoría del amor entre el alma y Dios. "Omnia mundi munda". Para los
limpios, todo es puro...
Por eso, la Iglesia la utiliza en las lecturas de la
ceremonia matrimonial. Tiene fuerza y pone mucha emoción en el alma de los
oyentes de la Palabra. Es un diálogo entre iguales, entre el esposo y su
compañera, prototipo de lo que se dicen todos los enamorados de la
historia. Los novios describen con alegría la hermosura corporal de su
pareja, las peripecias de la búsqueda, el deseo del encuentro en la alcoba
de la intimidad. Hacen trascender su felicidad al paraíso del entorno, las
flores, los árboles, las ovejas, las palomas. Todo desemboca en la fiesta,
los manjares, el vino, los amigos, las amigas... Se habla también de los
peligros, la pasión, el abismo, las raposas que destrozan las viñas, la
muerte.
Tiene frases muy hermosas, llenas de colorido oriental.
"Eres jardín cerrado, fuente sellada, amada mía" (Ct 4, 12). "Mi amado es
mío y yo soy suya (Ct 2, 16). Grábame como un sello en tu corazón, como un
tatuaje en tu brazo" (Ct 6, 6). "Déjame ver tu figura, déjame escuchar tu
voz porque es dulce y hermosa" (Ct 2, 14). "No despertéis al amor hasta
que quiera" (Ct 6, 4). "Las aguas torrenciales no podrán apagar al amor,
ni anegar los ríos. Si alguien quisiera comprar el amor se haría
despreciable (Ct. 1, 7). En definitiva, el amor de las parejas es un
paraíso que transforma todo a su alrededor, en otro paraíso. Es, por eso,
un símbolo del Reino de Dios, que nos anunciara Jesucristo y cuya dinámica
es la del amor.
Aquí también se puede compaginar la naturaleza y la
gracia. Y podemos ver la verdad de lo que decía Santo Tomás: "La gracia no
necesita destruir la naturaleza, la perfecciona". O sea el amor humano no
tiene que ser destruido para instalar el amor divino. Este se agrega y
asume lo humano perfeccionándolo y haciéndolo trascender. De modo que lo
carnal se supere en lo espiritual. Y así podemos aceptar que en el amor,
lo corporal suele ser primero, porque así es nuestra estructura humana.
Necesitamos vernos, escucharnos, sentirnos para enamorarnos. Pero todo
esto es camino hacia la intimidad profunda, personal, hacia la
espiritualidad de ese yo recíproco que transforma la relación dialogal
Yo-Tu, verdaderamente humana. A estas alturas, el cuerpo va perdiendo
importancia frente al alma. Se alcanza así la unión espiritual
infinitamente superior a la puramente carnal. Y no se diga que esto es
dualismo, pues en todo ese arduo proceso cuerpo y alma están
sustancialmente juntos, cada uno sirviendo al otro.
En definitiva, cuando dos se quieren de verdad, lo que
predomina es el deseo de que el otro nunca deje de existir, pues no se
puede concebir la propia existencia separada de la persona querida. Y, a
medida que el cuerpo se va deteriorando, nos unimos más firmemente a esa
alma inmortal que nunca dejará de existir. Por eso también el amor de Dios
se constituye en fin último y supremo del hombre pues siendo El el que es,
o sea coincidiendo en El la esencia y la existencia, podemos estar seguros
de no perder su amor jamás.
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Publicado en diario "HOY", domingo 16 de febrero de
2003. Quito, Ecuador
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