La misa, un milagro
de amor
Alejo Fernández Pérez
La Misa sigue siendo ese portentoso milagro en que el
Señor baja cada día a las manos del sacerdote y se entrega a nosotros por
amor y para enseñarnos a amar.
¿Qué es la misa hoy para muchos de nosotros? En los
días festivos, un acontecimiento social para la mayor parte. Los demás
días, casi nada. No es más que una gran desconocida. Basta ver las
personas que asisten a diario y como participan. ¿Cuántos la saben seguir?
¿Cuántos conocen el significado de sus ritos?
Me aburre la misa, dicen otros. Como se aburre en un
partido de fútbol quien desconoce este juego; mientras que quien lo conoce
o practica, no sólo se divierte, sino que se apasiona. En la Iglesia se
habla y se predica de muchas cosas. La Misa se da por sabida, apenas se
resalta su importancia y de tanto tenerla siempre junto a nosotros hemos
perdido, con la rutina, la perspectiva de su grandeza. Para ver pasar al
Rey, o a un simple personaje famoso: artista de cine, una hermosa modelo,
o un partido de fútbol, somos capaces de recorrer cientos de kilómetros y
estarnos preparando para ello durante varias horas, además de pagar una
suma considerable. ¿Para ir a ver a nuestro Dios y padre, y que entre en
nuestra casa, a Este, como es de la familia, apenas si le damos
importancia. ¡Y es el Ser del que podemos heredar un inmenso tesoro! Y nos
llamamos racionales.
Sin embargo, la Misa sigue siendo ese portentoso
milagro en que el Señor baja cada día a las manos del sacerdote y se
entrega a nosotros por amor y para enseñarnos a amar.
La Misa nos sitúa ante los misterios primordiales de la
fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se
entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del
cristiano. Es el fin de todos los sacramentos. No existe en nuestra
Religión nada comparable. Ante ella, todo lo demás es secundario. Tanto en
la Cruz como en el Altar, Cristo mismo ofrece su Cuerpo y su Sangre por
nosotros. Por eso, da una cierta pena ver a esas personas que durante la
misa se dedican a rezar sus oraciones particulares, el rosario o andan
despistadas besándole los pies al santo de su devoción. Se olvidan del Rey
y se dedican a hablar con sus servidores.
“Este es mi cuerpo. Este es el cáliz de mi sangre” La
transfiguración, ese gran misterio de fe, nos dice que Cristo se pone de
nuevo ante nosotros en persona, con su sangre, su cuerpo, su divinidad. No
hace falta ir a Jerusalén para encontrarse con Cristo, lo tenemos al lado
de nuestra casa, en la Parroquia, y en nosotros mismos cuando nos
acercamos a comulgar.
El sacerdote es un representante del Sacerdote eterno,
Jesucristo, que al mismo tiempo es la víctima. La Misa es acción divina,
trinitaria,no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del
Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino
en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo.
Por amor y para enseñarnos a amar, vino Jesús a la
tierra y se quedó entre nosotros en la Eucaristía. Un día que la madre
Teresa de Calcuta pedía insistentemente a Dios por la salvación de los
hombres, el Señor le contestó: “ Yo quiero Teresa pero ellos no ”. Dios,
como un pobrecito más, mendiga nuestro amor y nuestra salvación. Los
ancianos en las residencias están olvidados de sus hijos, el Señor en el
Sagrario, también durante todo el día espera la visita de los suyos.
Si se nos ofreciese un millón de pesetas por cada día
que fuésemos a visitar durante media hora a un gran personaje ¿Dejaríamos
de verle ni un sólo día?. En la Misa, el mismo Dios nos ofrece un tesoro
infinito para que podamos ser felices eternamente. Se nos ofrece El mismo,
el Creador del mundo y de todos sus tesoros, Quien además nos los ha
prometido en herencia. Y nosotros ¿qué hacemos? ¿Tendrá Cristo que volver
a repetir eso de :”Señor perdónalos porque no saben lo que hacen”?
Publicado el 21 de febrero de 2003 |