Utopía
revolucionaria, nihilismo, sociedad permisiva y el papel de los
“intelectuales” modernos
Fernando José Vaquero Oroquieta
Un retrato íntimo de los intelectuales elaborado por
Paul Johnson: ideología, cambio cultural y transformación social.
Intelectuales.
Los intelectuales cumplen, desde el siglo XVII, la
función desarrollada tradicionalmente por clérigos y escribas; pero
emancipados de toda Iglesia, tradición y dependencia externa, conforme a
su particular criterio revolucionario. De esta forma han cargado sobre sus
hombros la responsabilidad de encaminar a la humanidad hacia metas más
altas, liberándola de sus seculares ataduras, siendo los propios
intelectuales, que así se proclaman, los encargados de establecer la
adecuación de objetivos y medios.
Esta pretensión, tan ambiciosa como voluntarista, puede
ser analizada, en primer término, contrastándose con sus realizaciones
prácticas. Otro criterio de análisis, que no se suele aplicar, es el
estudio de la coherencia alcanzada entre el comportamiento personal de
esos intelectuales y sus altos objetivos. Este segundo es el criterio
seguido por Paul Johnson en su libro Intelectuales (Javier Vergara Editor,
Buenos Aires, 2000, 448 páginas). Ya en sus tres primeras líneas,
redactadas en el agradecimiento inicial, el autor descubre su línea de
trabajo: «Esta obra es un análisis de las credenciales morales y de juicio
de ciertos intelectuales notables para aconsejar a la humanidad sobre cómo
conducir sus asuntos». En consecuencia, las preguntas que intenta
responder este texto son: ¿con qué cuidado esos intelectuales examinan las
evidencias?, ¿respetan la verdad?, ¿cómo aplicaron esos principios a su
vida privada?
Siguiendo esa dirección, el libro se erige en un relato
apasionante, y sobrecogedor en muchas ocasiones, desfilando por sus
páginas pensadores, poetas, dramaturgos, artistas, editores, incluso
cineastas: Jean-Jacques Rousseau, Percy Bysshe Shelley, Karl Marx, Henrik
Ibsen, León Tolstoi, Ernest Hemingway, Bertolt Brecht, Bertrand Russell,
Jean-Paul Sartre, Edmund Wilson, Victor Gollancz, Lilian Hellman, George
Orwell, Cyril Connolly, Norman Mailer, Kenneth Peacock Tynan, Rainer
Werner Fassbinder, James Baldwin, Noam Chomsky, y tantos otros que les
rodearon compartiendo vidas, anhelos y contradicciones.
El autor pone de relieve algunas coincidencias
existentes entre todos ellos: su voluntad de absoluta autodeterminación,
su menosprecio de tradiciones e Iglesias… Pero también pueden encontrarse
otras semejanzas curiosas de carácter más vital y menos teórico: muchos
eran hijos únicos; generalmente eran adorados por esposas, hermanas,
amantes y admiradoras; algunos desarrollaron comportamientos que hoy día
serían calificados como patológicos, padeciendo incluso alcoholismo agudo;
bastantes falsificaron sus propias biografías a placer…
Siguiendo un orden cronológico, el autor establece una
evidente continuidad en la labor subversiva de estos intelectuales. Pero
con todo, históricamente, nos dice, sus pretensiones han evolucionado.
Así, habrían pasado de idear e impulsar la utopía revolucionaria, a
mantener la misma actitud parcial respecto a la sociedad hedonista y
nihilista que hoy conocemos. Y, según Evelyn Waugh, con la pretensión de
acabar con los fundamentos cristianos de la sociedad en cualquier caso.
Los intelectuales impulsores de esas visiones sociales
fueron ejemplo de gravísimas contradicciones personales que les llevaron a
explotar a familiares y amigos, a engañar sistemáticamente a sus esposas y
amantes en nombre de una pretendida transparencia que siempre devenía en
una carrera de mentiras y justificaciones, etc. No se nos muestran como
hombres ejemplares y de conducta intachable. Al contrario. El retrato
resultante es sumamente sombrío. Recordemos, a modo de ejemplo, a un
Rousseau que abandonó, nada más nacer, a sus cinco hijos; ninguno de los
cuales sobrevivió a los primeros meses de vida. O a un Marx colérico que,
cargado de odio y resentimiento, manipuló las fuentes documentales con el
objetivo de apuntalar “científicamente” sus presuntas leyes (es admirable
el capítulo que le dedica, pues en unas pocas páginas desacredita, de
forma contundente, el supuesto carácter científico del marxismo).
Recordemos el primer criterio de juicio que mencionábamos. Esas doctrinas
generaron los mayores sufrimientos que ha experimentado la humanidad a lo
largo del siglo XX. Incluso, recientemente, Pol Pot se formó en una
Francia marcada por el existencialista Sartre y el marxismo en
sorprendente continuidad con las utopías de Rousseau.
En definitiva: si algo queda claro después de la
lectura de este texto es la escasa coherencia moral de esos intelectuales,
sus gravísimas contradicciones y la debilidad de muchas de sus
construcciones teóricas. Entonces, ¿puede explicarse de alguna manera el
indudable “éxito” alcanzado?
El éxito de los intelectuales.
Pío Moa, en un artículo de libertaddigital.com titulado
Religión e ideología. Proyección de culpa, proporcionaba algunas claves a
considerar y que vamos a reproducir brevemente.
A su juicio, la clave de su éxito radicaría en la
posición y el sentimiento del hombre frente a la culpa. Para la religión,
el mal es algo intrínseco al individuo, lo que requiere un combate interno
y permanente. La ideología de los intelectuales, por el contrario, niega
lo anterior. Así, considera al mal como algo accidental nacido de las
miserias humanas. Superando esas miserias, en consecuencia, se eliminaría
el mal. Para estas ideologías, el hombre es bueno por naturaleza, de ahí
que el sentimiento de culpa, existente en todo hombre al percibir la
propia tendencia al mal, deba ser eliminado.
Naturalmente, esa bondad natural no impediría que
algunas fuerzas sociales se opongan al bien: la tarea de los justos sería
eliminarlas. En ese sentido, pudiera advertirse que las conductas
ideológicas son paralelas a las religiosas, de modo que la ideología
podría «definirse como una formidable máquina de proyección y
socialización de la culpa, de efectos bien palpables en las matanzas del
siglo XX: en los enemigos de la causa se concentra toda la culpa, y por
tanto no debe tenerse consideración alguna con ellos». En consecuencia, la
religión, como enemiga del hombre, podría eliminarse por dos vías:
físicamente (casos de la guerra civil española y la revolución francesa) o
a través de «la ingeniería social y manipulación de los medios de masas,
como en la actualidad». Así, la campaña mediática desarrollada en los
últimos años descubriendo los comportamientos presuntamente dolosos de
ciertos eclesiásticos pondría en evidencia las contradicciones internas de
la Iglesia. Sin embargo ese argumento se vuelve en contra de los justos,
asegura Moa, al ser ellos «quiénes afirman tener esa segura solución para
erradicar el mal».
Un modelo social planetario.
La página 375 del libro es clave para entender la
trascendencia que tiene esta cadena de esfuerzo intelectual sobre la vida
de las personas de ayer y de hoy. En ella, el autor nos informa que Cyril
Connolly estableció, ya en 1946, un modelo social objetivo del devenir
humano, integrado por diversas medidas que definió como «principales
indicadores de una sociedad civilizada», y que concretaba en: «1)
abolición de la pena de muerte; 2) reforma penal, prisiones modelo y
rehabilitación de los prisioneros; 3) eliminación de los barrios bajos y
“ciudades nuevas”, 4) luz y calefacción subsidiadas y “provistas
gratuitamente como el aire”; 5) medicinas gratis, subsidios para alimentos
y ropa; 6) abolición de la censura, de modo que cualquiera pueda escribir,
decir y representar lo que quiera; abolición de las restricciones a los
viajes y del control de cambios, final de la intervención de teléfonos o
de la formación de expedientes sobre personas conocidas por sus opiniones
heterodoxas; 7) reforma de las leyes contra los homosexuales y el aborto,
y de las leyes de divorcio; 8) limitaciones a la propiedad de inmuebles,
derechos para los niños; 9) conservación de las bellezas arquitectónicas y
naturales y subsidios para las artes; 10) leyes contra la discriminación
racial y religiosa». El autor del libro comentado resume este programa,
ambicioso para 1946 y amplia realidad hoy día, como «la fórmula de lo que
iba a llegar a ser la sociedad permisiva». Evelyn Waugh por su parte,
según nos relata Paul Johnson, «estaba comprensiblemente alarmado.
Sospechaba que hacer lo que Connolly proponía implicaba la virtual
eliminación del fundamento cristiano de la sociedad y su reemplazo por la
búsqueda universal del placer».
Esta pretensión, ¿es real?
La nueva ética global y la acción de los intelectuales.
El arzobispo mejicano Javier Lozano Barragán,
presidente del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, ha
analizado, en un artículo publicado el 11 de febrero en L’Osservatore
Romano, las características de lo que denomina “nuevo paradigma” cuyo
objetivo sería la sustitución de la ética cristiana por una “ética
global”. Este paradigma estaría caracterizado por el eclecticismo, el
historicismo, el cientificismo, el pragmatismo y el nihilismo (entendido
como la renuncia a la capacidad de alcanzar verdades objetivas). El
objetivo final sería el bienestar global, dentro de un desarrollo
sostenible en armonía con la nueva divinidad (el planeta tierra, Gaia,
elevado a los altares por el ecologismo radical). A nivel personal, el
objetivo perseguido sería la autodeterminación individual. Pero existen
evidentes limitaciones; así «experimenta uno de sus grandes problemas
cuando percibe que todo se debe fundamentar en el consenso, un consenso
que no procede de verdades objetivas, sino de opiniones subjetivas». En
definitiva, nihilismo, relativismo, ecologismo, búsqueda de un consenso
ético planetario más allá de las religiones tradicionales…
Dalmacio Negro por su parte, en su artículo España
escindida: las dos culturas, publicado en el diario La Razón, afirmaba que
se pretende implantar una nueva cultura, externa y ajena a la tradicional
española, que consistiría en «todos los tópicos de determinadas tendencias
de la modernidad y la Ilustración que han adquirido fuerza en Europa
gracias entre otras cosas a las ideologías, que han vulgarizado el modo de
pensamiento ideológico, y la revolución cultural de 1968». El origen de
todas esas ideologías -asegura- sería el nihilismo.
Este pensador considera que la nueva cultura esta
definida por tres manifestaciones.
En primer lugar, la secularización que se sirve del
cambio cultural para consolidar la dominación política. El catolicismo -en
este contexto- tendría importancia por haber creado unos estrechos lazos
sociales y políticos. En el caso concreto de España, sería determinante en
la generación de una autoconciencia española, a falta de unos sólidos
lazos estatales. Con la implantación de la nueva cultura, además de
debilitar la conciencia moral de los españoles, se habría reducido
extraordinariamente la conciencia nacional.
La modernización, en segundo lugar, entendida como una
ideología de la emancipación que se quiere imponer con todo el poder del
Estado y de los medios de comunicación en sus aspectos más destructivos,
por ejemplo, sustituir lo natural por lo “normal” en el sentido nihilista.
Por último, la democratización, en su versión
igualitaria nihilista: todo da igual. La palabra democracia quedaría, de
esta manera, como la gran coartada del nihilismo: toda vale y es aceptado
si se es demócrata. Un nihilismo devenido en una antirreligión que compite
con la religión tradicional para ocupar su lugar.
Secularización, modernización y democratización serían,
por tanto, los ejes en torno a los que se está articulando, en España y en
buena parte del mundo, el cambio cultural que conduce a una mentalidad
distinta y otro modelo de relaciones sociales regidas por una novedosa
ética global; todo ello en ruptura con la tradición cristiana que le
precedió.
La posición de la Iglesia.
Hemos visto, brevemente, un itinerario intelectual que
persigue unos objetivos muy concretos y que se viene implantando a escala
planetaria en las últimas décadas. En su momento los intelectuales se
decantaron por las utopías que han ensangrentado el siglo XX. Ahora, el
modelo propuesto pretende metas menos utópicas; siendo el consumismo del
primer mundo una vulgarización de sus contenidos filosóficos y vitales. Al
final del trayecto, encontramos, según los autores consultados, nihilismo,
hedonismo y una sociedad permisiva; lo que ha provocado efectos no
imaginados a escala individual y social.
En esta carrera, en esta huida de la razón tal como la
califica Paul Johnson en el capítulo XIII de su libro, se ha prescindido
de la verdadera naturaleza del hombre. Hoy día, el hombre actual, alagado
y divinizado, cuando no anulado o exterminado, se encuentra sólo frente al
poder, a merced de cambiantes ideologías y modas.
Hemos dicho, anteriormente, que estos intelectuales
comparten algunas características, entre ellas, la huida de la religión de
sus padres o abuelos. Hoy día, la Iglesia católica, por su capacidad de
generación de una humanidad más libre, de un pueblo dotado de una nueva
conciencia liberadora, sigue siendo un obstáculo fundamental en las
pretensiones hegemónicas y planetarias de ese poder anónimo pero real. Por
ello, constituye una dificultad que hay que eliminar, o al menos limitar a
su mínima expresión. Han cambiado las formas, pero la pretensión de
eliminar la presencia del cristianismo, permanece.
El libro que hoy comentamos, por todo lo expuesto, no
puede pasar desapercibido. Es más. Debe tenerse presente si se quiere
conocer, con realismo, la naturaleza íntima de las claves, mentales y
sociales, determinantes del mundo de hoy.
Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 66,
febrero de 2003
Publicado el 27 de febrero de 2003 |