La mujer y su
participación política
Rosa Martha Abascal de Arton
La participación femenina en la política, ha sido como
protagonista o como inspiración, pero jamás ha estado ausente.
La naturaleza de algo, es su esencia, su principio de
operación que determina su modo de obrar. La naturaleza del ser humano, es
ser un ente bio, psico social, con alma y cuerpo, cuyo fin es la
felicidad, la cual radica en el cabal ejercicio de su inteligencia para
conocer la verdad, su voluntad para ejercer el bien y por lo tanto, su
libertad conforme a la recta razón.
La naturaleza del hombre y la mujer es la misma, por lo
tanto el papel de ambos en los diversos aspectos de la vida, incluyendo la
política, es igualmente valioso e importante, uno en su feminidad y otro
en su masculinidad.
Todo ser humano, es parte de una sociedad, y como tal,
tiene una tendencia a la unión con sus semejantes y depende de otros para
producir, convivir, gobernar...
La política, es la ciencia, arte y virtud que tiene por
objeto construir el conjunto de condiciones que favorezcan la plena
realización de las personas, es decir, el bien común
Algunos integrantes de la sociedad tienen la vocación
al gobierno de la sociedad, promoviendo los principio de solidaridad y
subsidiariedad. La razón de ser de la política es salvaguardar el interés
general fundado en la ética, e impulsar la justicia social y el bien
común.
Por el hecho de ser ciudadanos, participamos
políticamente:
1. En sentido amplio, cuando nos ocupamos del bien de
los demás desde la familia, la educación, la empresa, la asistencia social
o la cultura. En este sentido cualquier mujer está obligada a ser
política.
2. En sentido estricto, cuando votamos, somos votados o
seleccionados para ocupar un cargo de elección popular o una función
pública, en cualquiera de los poderes y en cualquiera de los órdenes de
gobierno. En este caso muchas mujeres tienen esta vocación específica.
La mujer, a lo largo de la historia, ha tenido
participaciones positivas o negativas en la política, al igual que el
hombre. Así recordamos a Esther y Judith, ejemplares políticas de la
antigüedad, a una soberbia Cleopatra, a María Tudor, María Estuardo, que,
incluso por momentos fueron heróicas. A una imponente Juana de Arco, a una
débil María Antonieta, a una gran reina, Isabel la Católica y muchas
mujeres más.
La participación femenina en la política, ha sido como
protagonista o como inspiración. Jamás ha estado ausente. Eva Perón juega
un papel decisivo, Margaret Thatcher es vista por muchos como el modelo
moderno femenino de política.
Al mismo tiempo, incontables millones de mujeres,
hicieron y hacen política formando las inteligencias, voluntades y
sentimientos de quienes constituyen la Patria pequeña: la familia. Ellas
son las heroínas políticas anónimas de cuyo amor y entrega han brotado
grandes mujeres y hombres, verdaderos artífices del bien común.
Lo que determina el buen o mal papel de una mujer en la
política es:
1. Su conocimiento, tanto intelectual como práctico de
la labor que desempeña
2. La incorporación plena de su feminidad a la tarea
que le corresponden desempeñar, evitando la competencia contra el hombre.
3. La convicción y la exigencia de ganar por méritos
propios el puesto al que aspira, no procurando regalos o "cuotas", pues
estas son una forma de discriminación contra nosotras mismas (como somos
inferiores se nos debe favorecer), y contra los hombres que podían
desempeñar por méritos propios una responsabilidad.
4. Una especial sensibilidad por la ética política
asociada a su feminidad.
5. Dar resultados en la construcción del bien común.
Todas las personas, hombre y mujer, somos por esencia
políticos, pues estamos insertos en la vida social, y como el ser humano
está llamado al bien para alcanzar su propia plenitud y puesto que bueno
es todo aquello que nos perfecciona, todos, hombres y mujeres, debemos
ejercer la política en plenitud.
La mujer lo hará, ya sea en sentido estricto ya sea en
sentido amplio, incorporando toda la delicadeza, la intuición, la
sensibilidad, la inteligencia, la generosidad y la capacidad de amar que
distingue a las mujeres, precisamente porque estamos llamadas a dar vida y
a dar la vida.
Publicado el 3 de marzo de 2003 |