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La autoridad viene de arriba

Pbro. Roberto Visier

Varias Iglesias se llaman cristianas y todas pretenden ser la Iglesia de Jesucristo. Cada una da sus razones apoyadas siempre en la autoridad de la Biblia. Sin embargo las interpretaciones son distintas. Ante esto cabe preguntarse quién es el que tiene la razón. ¿El más inteligente? ¿El que da razones de más peso? ¿El que mejor conozca la Biblia? ¿El que parezca más bueno?

En el momento culminante de la vida de Jesucristo, cuando humillado y abatido, azotado y coronado de espinas, se encuentra en el tribunal romano presidido por Poncio Pilatos, ante el persistente silencio de Jesús el Procurador le increpa: “No me hablas a mí que tengo autoridad para crucificarte o liberarte”. Jesús dócilmente rompe el silencio para decirle: “no tendrías ninguna autoridad sobre mí si no se te hubiese dado de lo alto, por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado más grande”. (Jn.19,10). Con esas misteriosas palabras Jesús le hace entender a Pilato que si él tiene alguna autoridad delante de los hombres la ha recibido de Dios. Mayor pecado es el de el Sumo Sacerdote Caifás que habiendo recibido de Dios la mayor autoridad religiosa del judaísmo la utiliza para condenar a un inocente. Tanto la autoridad civil como la religiosa provienen de Dios.

Pero vayamos al asunto que nos ocupa en los últimas semanas. Varias Iglesias se llaman cristianas y todas pretenden ser la Iglesia de Jesucristo. Cada una da sus razones apoyadas siempre en la autoridad de la Biblia. Sin embargo las interpretaciones son distintas. Veíamos como entendían de modo diverso la Cena del Señor, los sacramentos. Es distinta la concepción que existe entre los dirigentes de la comunidad (sacerdotes, pastores, ancianos, etc.). Ni siquiera coinciden en el número de libros que componen la Biblia.

Ante esto cabe preguntarse quién es el que tiene la razón. ¿El más inteligente? ¿El que da razones de más peso? ¿El que mejor conozca la Biblia? ¿El que parezca más bueno? Si nos detenemos a pensar tan sólo un momento nos daremos cuenta de que las verdades de fe no nacen, ni se deben aceptar simplemente por las cualidades humanas de la persona que las enseña. Si Dios se ha revelado en Jesucristo, como todos los cristianos coincidimos en creer, entonces la respuesta no la tengo yo o aquel sino el mismo Jesús. Es El en definitiva el que da la autoridad para enseñar o predicar, para hacer milagros, para organizar su Iglesia, pues la autoridad viene de Dios. Jesús dio su autoridad a los apóstoles para organizar la Iglesia y fueron considerados por todos como pilares de la Iglesia (Gal. 2,9). “Jesús se acercó y les habló así: "Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia." (Mt 28, 18-20). ¿Qué pretendía Jesús con estas palabras? Son una verdadera promesa. Sin duda quería garantizar la estabilidad de su Iglesia hasta el fin de los siglos librándola, con una verdadera asistencia divina, de la corrupción del error. A pesar de la infidelidad de muchos arrastrados por el pecado, debía quedar garantizada la pureza de la fe.

Ellos trasmitieron esa autoridad recibida de Cristo a sus sucesores, el Papa y los obispos. A esta lista de Papas y obispos que se suceden unos a otros, lo llamamos la Sucesión apostólica y es la garantía de que nos encontramos en la misma Iglesia que fundó Jesucristo, puesto que se remonta a los apóstoles que recibieron la autoridad para anunciar el evangelio y continuar y organizar su Iglesia (Mt. 16, 16ss). La Iglesia, Madre y Maestra se convierte así en el canal ordinario para conocer y seguir a Jesucristo, pues no se puede separar a Cristo de su Iglesia ni mirar a la Iglesia como desligada de Jesucristo. Por ello S. Pablo la llamó esposa de Cristo (Ef. 5).

De hecho, y esto me parece algo de suma importancia, la gran mayoría de los cristianos, incluso los que siguen iglesias no católicas, no militan en ellas después de un detenido examen, tras estudiar punto por punto su doctrina o medir milímetro a milímetro sus normas. Simplemente confían en la enseñanza de sus dirigentes, porque los juzgan autorizados y preparados para enseñarles el evangelio. El estudio a fondo de la Escritura y de los dogmas está al alcance de muy pocos. Además la fe es mucho más que una decisión racional. Es una acto voluntario por el que se recibe a Dios más allá de las razones, por la AUTORIDAD de Dios que me habla por medio de aquellos que han recibido de El la misión de enseñarme su Palabra.

Concluyo ¿con qué autoridad los reformadores del XVI se apartaron del Papa y de los obispos en comunión con él? ¿En nombre de quién y por qué motivo se apartaron de la fe tal como había sido vivida durante mil quinientos años? ¿Por qué inventaron un evangelio distinto al único que existía, pues existía una gran y única Iglesia cristiana católica? Creo que es una pregunta que no tiene ninguna respuesta satisfactoria. Sin embargo nos ocuparemos el próximo día de responder a la respuesta que comúnmente dan los no católicos. Dejemos que sea S. Pablo el que ponga el punto final: “Me sorprende que ustedes abandonen tan pronto a Aquel que según la gracia de Cristo los llamó y se pasen a otro evangelio. Pero no hay otro; solamente hay personas que tratan de dar vuelta al Evangelio de Cristo y siembran confusión entre ustedes. Pero aunque nosotros mismos o un ángel del cielo viniese a evangelizarlos en forma diversa a como lo hemos hecho nosotros, yo les digo: ¡Fuera con él! Se lo dijimos antes y de nuevo se lo repito: si alguno viene con un evangelio que no es el que ustedes recibieron, ¡fuera con él! ¡Anatema! ¿Con quién tratamos de conciliarnos?: ¿con los hombres o con Dios? ¿Acaso tenemos que agradar a los hombres? Si tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo.(Gal. 1,6-10).
 

Publicado el 4 de marzo de 2003

 

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