|
[CORRESPONDENCIA]
Entrevista con el P. Tadeusz Dajczer, fundador del
movimiento de las Familias de Nazaret
Publicada en el libro “Signos de esperanza,
Movimientos y nuevas realidades en la vida de la Iglesia en vísperas del
Jubileo”, preparado por Mons. Paul Josef Cordes, Presidente del Consejo
Pontificio Cor Unum.
Vayamos al principio, Padre. ¿Cómo surgió en usted el
interés por la vida interior?
Este año cumplo cincuenta años desde que entré en el
camino de la vida interior. Toda la vida he sido un “loco”, lleno de
ideales y de anhelos, deseoso de entregarme a algo totalmente y hasta al
final. Al principio este ideal era mi Patria. Cuando realizaba mis
estudios de bachillerato me fascinaban los héroes que luchaban por la
independencia de Polonia: Tadeo Kosciuszko, el gran duque Jozef
Poniatowski... Me interesaban también la época napoleónica y la de las
insurrecciones polacas. Quería sinceramente entregar mi vida por la
Patria. Sin embargo, un poco después pensé: ¿Cómo voy a poder entrar en la
Academia de Ciencias Políticas en la época del comunismo?
Me ayudó la enfermedad. No es nada fácil estar en la
cama durante cuatro meses y medio. Leía muchísimos libros y tenía mucho
tiempo para reflexionar. Entre los libros había también algunos de género
religioso, por ejemplo “El personaje escondido”, la novela sobre el P.
Wiliam Doyle, ó “La formación del carácter” del P. Marian Pirozynski”. Me
estremeció mucho la descripción de Getsemaní que leí en libro del
sacerdote jesuita, Jan Roztworowski.
¿Duró mucho la lucha para elegir el camino de su vida?
Casi durante todo el tiempo que duró esta gripe. Igual
que Jacob, no quería someterme ni entregarme a Dios. No me veía como
sacerdote. Pero, como resultado de mis lecturas y de mis combates
interiores, mis ideales cambiaron: de patrióticos se convirtieron en
religiosos. Aún no pensaba ser sacerdote, pero sí entregarme a Dios
totalmente, ¡esto sí!
¿Cómo nació su vocación sacerdotal?
La vocación a vivir entregado exclusivamente a Dios
tuvo al final que concretarse. No me atraía la posibilidad de realizarme
en el mundo, por eso apareció en mi de forma lógica la idea de entrar en
el Seminario o en alguna orden religiosa. Después de pensarlo entré en el
Seminario. Por aquel entonces visitaba con mucha frecuencia la biblioteca
de los jesuitas en la calle Rakowiecka para hojear libros religiosos.
Pero ¿durante cuánto tiempo puede uno orar despertando
en él la emotividad? Yo era joven y tenía muchas fuerzas; esto duró
bastante... varios años, hasta que “el arco se rompió”. Me daba cuenta de
que no sentía nada y de que ni siquiera era capaz de esforzarme por sentir
algo. Me llama la atención cómo Dios, en la mayoría de los casos, venía a
mi a través de los libros. En aquella ocasión volvió a ser así. Un amigo
mío seminarista me regaló un libro, muy viejo y desgastado, que apenas se
podía leer, de René Voillaume: “Au coeur de Masses” (que fue editado
posteriormente en Polonia con el título “Echa Nazaretu” -Ecos de Nazaret-).
Después de leerlo me sentí como Cristóbal Colón ó Copérnico, ante el
descubrimiento de que la oración no tiene por qué ser emotiva. Y me
extrañaba de que nunca nadie me lo hubiera dicho antes.
Padre, ¿cómo vivió, usted, sus primeros años de
sacerdocio?
Llegó la soledad. En mi primera parroquia decidí
conmover a la gente para atraerlos hacia Dios. Compré en una tienda de los
salesianos cinco mil medallas de la Virgen de La Salette, pronuncié una
homilía “impactante” y repartí a cada uno una medalla y una estampa
pensando que de esta manera todos se convertirán. Las estampas eran
preciosas y la homilía trató de las lágrimas de la Virgen. Sin embargo, me
sorprendí de los resultados tan escasos.
Buscaba instintivamente entre mis compañeros
sacerdotes, almas espiritualmente cercanas a mi, con los que podía
identificarme. Absorbía todo lo que oía durante nuestros encuentros
sacerdotales, en los que participaban entre otros: Jan Zieja, Jan
Twardowski, Bronislaw Bozowski, Aleksander Fedorowicz.
Durante uno de aquellos encuentros el P. Bronislaw
Borowski dijo que las palabras pronunciadas al final de la Misa “Ite,
Missa est” deberían ser para nosotros una llamada a salir al encuentro de
la gente, ya que estas palabras expresan que la Santa Misa no se termina.
Yo escuché aquellas palabras con la boca abierta, era algo totalmente
nuevo para mí.
Tengo que confesar que debo mucho al P. Aleksander
Fedorowicz al que visitábamos regularmente un pequeño grupo de sacerdotes
(entre otros el P. Wojciech Danielski). Aunque nos decía cosas muy
sencillas, estábamos fascinados con sus palabras. Era como si algo emanara
de su persona...
En este tiempo me influyó también mucho la
espiritualidad de Charles de Foucauld. Sufría mucho por falta de un
Director espiritual, por falta de luz para reconocer la voluntad de Dios.
¿Salió Dios, entonces, al encuentro de sus búsquedas
espirituales?
Así es. La ocasión llegó cuando en el año 1966 el
primado de Polonia, Stefan Wyszynski, me envió a Roma para estudiar.
Después de algunas semanas en Italia fui a San Giovanni Rotondo; era dos
años antes de la muerte del Padre Pío. Al llegar a Fiuggi me enteré de que
no se podía viajar más allá porque había ”sciopero”. Yo no entendía que
pasaba; en mi experiencia de una Polonia comunista no sabía lo que era una
huelga.
Al final en un coche lleno de gente y metidos como
sardinas llegué a San Giovanni Rotondo y me alojé en la pensión más
barata. Era ya muy tarde cuando me fui a la cama, pero a las tres de la
noche me despertó un cañoneo de bocinas de coches y los gritos de la gente
en la calle. Pensé que había ocurrido alguna desgracia. Me vestí y salí de
la pensión. Los italianos, sorprendidos ante mi pregunta, me respondieron
que se preparaban para la Misa que iba a celebrar el Padre Pío y que
estaba prevista a las cuatro de madrugada. De hecho, a la hora exacta una
gran muchedumbre estaba esperando ante la iglesia. Yo estaba delante,
cerca de la puerta de entrada. A las cuatro en punto abrieron las puertas
y debido a la multitud que se precipitaba para entrar tuve la suerte de
ser literalmente “llevado” frente al altar. Estaba arrodillado muy cerca
del padre Pío, a una distancia de él de unos pocos metros. La Santa Misa
duró unos 40 minutos. El Padre Pío era sostenido por dos frailes.
Padre, usted recuerda detalladamente aquel encuentro.
Seguramente debió ser muy importante para usted.
Es verdad. Yo esperaba intensamente este encuentro con
el Padre Pío porque estaba absolutamente convencido de su santidad y de
que a través de él Dios me iba a decir lo que tenía que hacer. Hasta hoy
esta experiencia permanece muy viva en mi memoria, a pesar del transcurso
de los años. Me impresionó de manera especial el rostro del Padre Pío, el
rostro del hombre que VEÍA. Durante la Misa el Padre Pío conversaba sin
palabras con ALGUIEN presente en el altar. Se percibía que él estaba
hablando con una PERSONA VIVA. En su rostro podía contemplarse una
profunda conmoción interior.
El padre Pío era conocido como un confesor
extraordinario. ¿Se confesó, usted, con él?
Sí. La confesión con el Padre Pío supuso para mi un
gran choque. Nos habíamos juntado en la capilla unos veinte hombres. Yo
intentaba concentrarme antes de la confesión pero mi recogimiento era
interrumpido varias veces por una fuerte voz que llegaba de la celda.
Pregunté a un italiano que estaba arrodillado al lado mío qué sucedía. Él,
sorprendido por mi pregunta, me respondió: “Es el padre Pío el que habla
tan fuerte. ”Las palabras no se entendían con claridad, pero de vez en
cuando se volvía a escuchar la misma voz fuerte. Por fin fui llevado a la
celda donde confesaba el Padre Pío. No tenía puertas, por eso se oía esa
voz en la capilla. Al entrar en ella vi al Padre Pío que estaba sentado en
el banco y que me penetraba con su mirada excepcional. Me llama la
atención que durante todo este encuentro no noté nada extraordinario ni
milagroso. No sentí tampoco que el Padre Pío penetrara mi conciencia. Pero
en un momento interrumpió nuestra conversación y me preguntó cuánto tiempo
hacía que me había confesado.
El comentario que me hizo el Padre Pío, se limitaba en
realidad a una frase que repetía, no sé cuántas veces, quizás varias
decenas; y cada vez con un asombro más grande. Hasta hoy resuenan en mis
oídos estas palabras: “Ma, ¿perché...?”. “Pero ¿por qué ...?”. “¿Por qué
no quieres seguir a Dios totalmente, sin ponerle límites? Yo trataba de
justificarme diciéndole que estaba buscando, que no sabía..., que no sé
qué... “Pero ¿por qué?”, repetía cada vez con asombro mayor. El grado de
asombro contenido en estas palabras, repetidas con voz muy fuerte y de
forma cortante, brusca, eran para mi en realidad una indicación
fundamental. Y porque creía absolutamente en la santidad del Padre Pío y
de que su voz era la voz de Dios, me di cuenta de que era Dios mismo quien
me estaba gritando así.
Después de la confesión, un fraile que se hallaba cerca
me llevó afuera por los sinuosos pasillos del monasterio. A la salida me
quedé de pie apoyado en la pared del convento. Sufrí un “shock”. Había
perdido la conciencia del mundo, de mí mismo, incluso el sentido del
tiempo. Existía solamente una pregunta que como un gran martillo resonaba
en mis oídos: ¿Ma, perché ...? No sé cuánto tiempo permanecí de esta
manera, inmóvil y apoyado en la pared, quizás tres o cuatro horas.
Después, poco a poco, fui recuperando la conciencia y la capacidad de
reflexionar. Me preguntaba qué había pasado y empecé a reflexionar
pensando cuánto debía cambiar si Dios me había tratado de una forma tan
firme.
¿Por qué este encuentro con el Padre Pío supuso para
usted un impacto tan profundo?
Porque este encuentro cambió completamente mi ordenado
sistema de valores, la dirección de mi vida y mi relación con Dios. Todo
lo que había vivido hasta ese momento se derrumbó. Si lo viéramos como una
forma de conversión, deberíamos decir que desde el punto de vista
espiritual fue una humillación muy profunda. Este nuevo acontecimiento me
exigía cambiar la dirección de mi vida. A partir de él debería esforzarme
por dejar de prestar atención a la elaboración de mis propios planes para
escuchar con más atención la voz del Espíritu Santo, que me había
zarandeado. Este acontecimiento supuso para mi un nuevo nacimiento, a
través del Padre Pío, a quien por ello he estado y estoy agradecido, y del
que me siento hijo espiritual. Nacer de nuevo viene acompañado por el
dolor, tanto físico como espiritual. Esto es una regla. Tuve que bajar una
pendiente, o mejor dicho, era algo más fuerte, era como caer de un
pedestal. Antes de encontrarme con el Padre Pío me sentía “alguien”,
recibía muchas luces, tenía una profunda conciencia de haber sido elegido
por Dios y aspiraba a grandes ideales. Y en un momento... me sentí
“nadie”. En otras palabras, Dios me había dado una fuerte lección de
humildad.
¿Esto quiere decir que fue el principio de una etapa
completamente nueva en su vida?
El hombre no cambia en un momento, por eso no puedo
decir que me volviese alguien diferente. Pero el encuentro con este hombre
de Dios dejó en mi vida una huella imborrable que cambió radicalmente y
sin duda alguna mi actitud interior.
Después de volver de San Giovanni Rotondo a Roma usted
continuó sus estudios. ¿Cuáles fueron durante ese periodo sus principales
inspiraciones científicas?
Mi interés científico estaba relacionado con la persona
de Mircea Eliade, especialista de fama mundial en la Ciencia de las
Religiones. Sus resultados científicos y sus cursos, que pude escuchar en
Chicago, inspiraron mi trabajo.
Me acompañaron varias dificultades, relacionadas entre
otras cosas con el Director de mi tesis, quien desde luego ha sido un
científico excelente, pero a la vez un hombre difícil en el trato
personal. Imponía grandes exigencias a sus estudiantes, por lo que en
aquel tiempo fui su único doctorando. En mis investigaciones científicas
estaba abandonado a mí mismo, solo podía contar con mi propio esfuerzo.
Siendo consciente de que en Polonia no encontraría
bibliografía para preparar mi doctorado superior, cambié el orden: primero
escribí la tesis de mi doctorado superior y, aprovechando esta ocasión, la
tesis de doctorado. La falta de ayuda activa por parte de mi Director
resultó para mi providencial. Elaboré mi propio método científico.
¿Se relacionaban de algún modo las dos dimensiones:
vida interior y trabajo científico?
La Ciencia de religiones me ayudo muchísimo en mi vida
espiritual, ya que sin los estudios sobre la Historia de religiones ó
eliadismo nunca hubiera descubierto tan profundamente el fenómeno de la
secularización en la cultura occidental. En las culturas investigadas por
mí, tanto del Cercano como del Lejano Oriente, contemporáneas o de tiempos
remotos, el sacrum estaba presente de manera radical en la totalidad de la
vida, la dimensión secular, en cambio, ocupaba un mínimo porcentaje.
Por el contrario, en la cultura occidental la situación
es completamente al revés. La dimensión del sacrum en el hombre
contemporáneo, de la cultura occidental, ocupa un ámbito insignificante de
su vida. Lo observaba muy a menudo, por ejemplo, en Holanda, Alemania o
Francia. Por otro lado fue para mi conmovedor el encuentro con un monje
budista que me confesó, con toda sencillez, que dedicaba nueve horas
diarias a la meditación.
Usando las categorías de la parábola del sembrador
podía comprobar continuamente que, desde el punto de vista de nuestra fe,
las religiones no cristianas aún no secularizadas, sin poseer “la semilla”
totalmente buena poseen sin embargo “una tierra” muy buena, es decir, un
hombre abierto enormemente a lo sagrado. El Concilio Vaticano II enseña
que en estas religiones subsisten elementos de la verdad y del bien que
coexisten con elementos de error y falsedad. En cambio, en el
cristianismo, “la semilla” perfecta del Evangelio y de la gracia cae en
“la tierra” profundamente secularizada de la cultura occidental.
De la reflexión de este problema nació mi vocación a
trabajar sobre “la tierra” de las almas de los hombres. Esto encontró su
expresión, entre otras cosas, en el servicio como confesor estable, y en
casos particulares, como Director espiritual.
¿Cómo entiende, usted, Padre, la dirección espiritual?
La dirección espiritual tiene que subordinarse a
algunas reglas. La más importante de ellas proviene de la convicción de
que es el Espíritu Santo quien dirige y conduce a las almas. Por ello se
ha de subrayar el carácter servicial y secundario del sacerdote como
instrumento de Dios. Si el Espíritu Santo es el verdadero y propio
Director espiritual de un alma, entonces el sacerdote debe, ante todo,
esforzarse por escuchar atentamente la voz de Dios para no adelantarse a
la actuación de la gracia.
La dirección espiritual encaminada a la formación de
una conciencia madura, ha de entenderse como la comunicación del Espíritu
Santo al hombre en el contexto de dos libertades: la de Dios y la del
hombre. Esto significa por un lado que el director espiritual no debe
adelantarse a la actuación de la gracia y, por otro, que tiene que
respetar la libertad de la persona y acercarse a ella con el respeto que
brota de la humildad y del amor, teniendo en cuenta que, generalmente, el
hombre descubre su interior con dificultad.
El director espiritual conforme a la norma contemplata
allis tradere (sólo se transmite lo que se vive), debe ser, ante todo, el
hombre de la oración y de la humildad. Al mismo tiempo, debe respetar el
camino individual e irrepetible de cada persona, sin imponerle sus propias
concepciones o ideas, ni el propio camino por el que él anda.
El que dirige a las almas debe vivir él mismo la
experiencia de la Misericordia de Dios para poder acompañar al alma en el
punto más sensible de su encuentro con la gracia, es decir en la
experiencia de su propia debilidad. Estos momentos de debilidad son,
precisamente, los momentos privilegiados en el camino hacia Dios. Gracias
a ellos el alma no puede dirigir ya todos sus esfuerzos en satisfacer las
expectativas de su director espiritual y recobra su identidad esperando
que Dios derrame sobre ella su Misericordia. Entonces -gracias a su
Misericordia- sucede lo más importante: que el Espíritu Santo pueda
comunicarse a la persona, y mostrar perfecta su fuerza en la debilidad.
Padre, ¿cómo se ha formado en usted el entendimiento de
la fe?
Esto está relacionado con una profunda experiencia
espiritual que viví a comienzos del mes agosto del Año Jubilar de 1975.
Iba en un tren nocturno a Zakopane y no podía dormir. Entonces empecé a
reflexionar sobre mi fe, y en el transcurso de las horas llegué a la
conclusión de que soy hombre de poca fe. Comprendí, entonces, que la fe es
mirar el mundo de una forma completamente diferente. Es como mirarlo desde
una altura enorme. El mundo visto desde arriba es pequeño, se ve a la
gente de un tamaño microscópico y se perciben algunos movimientos. Esta
mirada “desde arriba” me parecía más cercana a la que Dios tiene cuando
mira al mundo.
Los pensamientos pasaban por mi cabeza como relámpagos.
Si Cristo, el Señor -pensaba yo-, precisamente a los Apóstoles que
dejándolo todo le han seguido y han creído en Él, les reprochaba tanto su
falta de fe o su fe tan pequeña, eso significa que Cristo hablaba de otra
fe. Por eso les cuestionaba, les ponía en duda, su fe.
Comenzaba a entender cada vez mejor -y todo esto al
ritmo del ruido del tren- que para descubrir cómo tengo que creer debo,
siguiendo la indicación de Jesucristo, cuestionar mi fe.
¿Esto significa que usted entendía el cuestionamiento
la fe como la esencia de la conversión?
Poner en duda le fe, era el punto de partida, la
destrucción de todo lo que estaba muerto y distorsionado, lejos de la
verdad del Evangelio. A mis reflexiones acerca de esta verdad les
acompañaba un entusiasmo extraordinario, como si algo nuevo ocurriera en
mí. Empezaba a entender que el cuestionamiento de la fe que había
experimentado, me había servido para descubrir que la fe es contemplar el
mundo de un modo absolutamente distinto al común. Fue como si hubiese
subido a una torre muy alta y mirara al mundo nuevamente, como si lo viera
por primera vez, de un modo nuevo, completamente distinto, solo que ésta
vez de manera sobrenatural.
¿Cuál fue la primera consecuencia de aquella
experiencia espiritual?
Al llegar a Zakopane dije a los que me esperaban en la
estación: “He encontrado el camino de la conversión. Quiero hablaros sobre
la fe”. Les dirigí una serie de conferencias sobre el tema de la fe.
Trataba de decirles que todo lo que nos encontramos a lo largo de la vida
tiene otra dimensión y, que es precisamente la fe la que nos descubre el
significado de ésta dimensión. El tiempo libre que había entre las
conferencias lo dedicaba a conversaciones individuales con ellos,
procurando ante todo escuchar a mis interlocutores.
¿Con qué problemas venían?
Eran sobretodo problemas de la vida diaria relacionados
con la familia, el trabajo, la salud, o las cosas sencillas de cada día...
Intentaba comentar cada asunto a la luz de la fe. Era una búsqueda del
sentido profundo y espiritual de esos acontecimientos. Se trataba de
descubrir el elemento sobrenatural escondido detrás de la cortina de la
cotidianidad.
Estas conversaciones no fueron fáciles, ya que el
hombre cambia con dificultad sus opiniones y sus puntos de vista. Sin
embargo, fueron un intento de mostrar a mis oyentes que cada uno de los
acontecimientos que me contaban era el paso de Dios por su vida y una
llamada dirigida al hombre. Intentaba hacerles entender que todo lo que
ocurría en sus vidas era importante desde el punto de vista de la fe, que
Dios quería algo más, que esperaba el siguiente paso de su conversión.
¿Esa experiencia espiritual que cuenta tuvo su
continuación?
Al día siguiente de la llegada a Zakopane caí en la
cuenta de que había una gracia especial vinculada a esta experiencia que
empezaba a vivir. Subí la colina Gubalowka y durante la subida me di
cuenta de que mis labios pronunciaban sin parar una oración. Repetía sin
parar las mismas palabras durante unas cuantas horas y no me cansaba.
Después de un tiempo de pausa en la oración, volvió de nuevo.
Durante este periodo me abismaba en la lectura del
libro “Para conocer mejor a Santa Teresa de Lisieux”, de cuyos escritos
conocía sobretodo, desde hacía tiempo, “Consejos y Recuerdos”, pero que
precisamente entonces, leyendo aquel libro, sentía como si estuviese
descubriendo de nuevo “el pequeño camino”.
¿Apareció algún fruto espiritual concreto?
Intentaba compartir con los demás esta experiencia
relacionada con el descubrimiento de lo que es la fe. Daba muchas
conferencias, entre ellas a religiosas.
Si desde mi primera conversión la teoría y la práctica
de la vida espiritual se habían convertido para mi en una pasión, después
de mi experiencia espiritual “de Zakopane” esa pasión se intensificó mucho
más. Esto dio como fruto mi profundo compromiso por crear y dirigir grupos
de vida interior. Estos grupos practicaban con un afán extraordinario la
ascesis siguiendo los mejores ejemplos, como: Santa Teresa del Niño Jesús,
San Juan de la Cruz, San Maximiliano Kolbe.
La mayoría de los participantes en estos grupos
experimentaban un constante deseo y una constante insatisfacción en su
vida espiritual. Una respuesta importante a este deseo les llegó cuando
descubrieron por su cuenta la necesidad de la dirección espiritual. En ese
tiempo yo ya ejercía este servicio de la dirección espiritual desde hacía
varios años, pero entonces se intensifico muchísimo inmediatamente.
La apertura extraordinaria a la gracia entre los
seglares que pertenecían a estos grupos dirigidos por mí encontró su
expresión en un enorme afán apostólico. Así nació en el año 1985 el
Movimiento de las Familias de Nazaret. Gracias a la gran ayuda del P.
Andrzej Buczel, pero con dificultad, podíamos satisfacer las necesidades
espirituales de la multitud de miembros del Movimiento. Como ejemplo diré
que si a comienzos del año 1987 el número de personas comprometidas con el
Movimiento era de un poco más de cien personas, al final del año ya
superaban las mil. El dinámico desarrollo posterior del Movimiento ha
estado relacionado con el compromiso activo de un amplio grupo de
sacerdotes.
El Movimiento de las Familias de Nazaret está presente
en la actualidad en varios países. ¿Cómo se ha llegado a realizar esto?
El extraordinario afán apostólico de los miembros del
Movimiento encontró su expresión en el deseo de formar comunidades en todo
el mundo. Ya en el año 1989, por ejemplo, el Arzobispo D. Rosendo Huesca
había erigido el Movimiento en la Archidiócesis de Puebla, en México.
Al proceso de creación de comunidades en diversos
países le acompañó la necesidad de un material formativo. De esta manera
ha nacido una colección de folletos utilizados en el Movimiento de las
Familias de Nazaret que en la actualidad ha alcanzado un número aproximado
de cuarenta volúmenes. Cada folleto contiene un tema particular tanto
sobre asuntos de la vida espiritual como de la vida familiar.
El nombramiento del P. Jaroslaw Pilat como Moderador
del Movimiento, realizado por el Primado de Polonia Jozef Glemp, ha
constituido un nuevo, extraordinario y dinámico impulso para la vida del
Movimiento. Este nombramiento ha dado como fruto visible un rápido
desarrollo del Movimiento fuera de las fronteras de Polonia, especialmente
en Filipinas. Uno de sus obispos filipinos, el obispo de la diócesis de
Legazpi, Mons. José C. Sorra, tuvo un profundo interés por conocer el
Movimiento y visitó Polonia en el año 1996 para conocer nuestros métodos
de trabajo apostólico y de formación espiritual.
En la actualidad, centenares de miles de personas en
todos los continentes, están relacionados con el Movimiento, y
especialmente con su espiritualidad.
¿Podría, usted, brevemente decirnos en qué consiste la
esencia del Movimiento de las Familias de Nazaret?
Este Movimiento es una comunidad en la cual el contacto
con Dios está definido por el primado de la persona sobre la acción (agere
sequitur esse). Conforme al pensamiento de san Basilio, en la
espiritualidad del Movimiento se subraya que a Dios le importa mucho más
nuestra persona que nuestra acción. Lo más importante es que Cristo crezca
en nosotros, porque entonces nuestra acción estará cada vez más
subordinada a la acción del Espíritu Santo, hasta llegar a dar el fruto de
la unión transformante.
Padre ¿cómo definiría usted la santidad? ¿Qué es la
santidad para los miembros de las Familias de Nazaret?
Hoy la santidad se entiende de diferentes maneras. El
Movimiento de las Familias de Nazaret se fundamenta en la doctrina de san
Juan de la Cruz, para quien la santidad es la asunción total del alma por
Dios -llamada por él “unión transformante”- en la cual la voluntad del
hombre desaparece en cuanto a su individualidad, para recibir totalmente
la voluntad de Dios, de tal manera que exista una total unidad entre la
voluntad del hombre y la de Dios, sin que nada las separe. El alma está
tan conquistada por Dios que ya no vive el hombre, sino Dios en él. Es la
unidad que San Pablo expresó con las palabras: “Y no vivo yo, sino que es
Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20).
|