[FIRMAS] CARLOS
DÍAZ
Diálogo y militancia
No todos entienden de igual
modo la amistad, la bondad, la belleza, etc, produciéndose la inevitable
colisión entre valores; ni siquiera falta quien niega la amistad, la
bondad o la belleza; y siempre tendrás junto a tí (¿en ti mismo?) a un
cínico: el cínico presume de tolerancia, pero tolerante es aquél a quien
pisas un pie y, pudiendo aplastarte como réplica, lo evita. A veces
incluso, en nuestras vidas asoman el rostro de Cantinflas y el de Hitler
alternativamente. Mientras tanto, hay cosas optimas, otras buenas, o
tolerables, o discutibles, o intolerables.
En la sociedad pluralista
raras veces existe acuerdo definitivo sobre la escala básica de valores
que cada cual desea, por eso es necesario el diálogo, además de poner
semáforos con el rojo prohibiendo tales conductas, y con el verde
propiciando tales otras. Pese a todo, quienes establecen lo prohibido y lo
permitido también pueden equivocarse; ni siquiera el consenso universal es
garantía irrefutable de su verdad: Galileo estaba en minoría, pero en lo
cierto. En todo caso, hay que dialogar, pero no cantinflear («puede ser
que sí, puede ser que no, pero lo más probable es que quien sabe»), y eso
-dialogar- exige reflexionar y estudiar. Una experiencia cultivada por el
estudio es más profunda: ciertas gentes intuyen que las políticas van mal,
pero votan a las peores tratando de solucionarlo, porque no saben.
Y, sin embargo, la otra
persona es igual que yo, aunque discrepe de ella e incluso deba de
oponerme a ella con el debido respeto, si veo que está dañando a las demás
personas y a sí misma. Ciertamente, a veces resultaría más cómodo
callarse, pero hay que oponerse en favor de lo mejor, defender el valor
antes que la comodidad o la cobardía, aunque esa defensa acarree
problemas: quién sabe si esa defensa dará sus frutos mañana, cuando
nosotros no podamos estar delante para comprobarlo. Mientras tanto, yo
dialogaré siempre sin imponer por la violencia o la coacción mi escala de
valores, precisamente por respeto a la otra persona, porque si yo me
abstengo por comodidad, miedo, indiferencia, etc (eternos menosprecios a
la condición humana, aunque la gente los aplauda o considere «sensatos»),
estoy de antemano minusvalorando su capacidad de aprendizaje y de posible
cambio. Si hoy defiendo esta conducta es porque alguien alguna vez a mí
trató de enseñarme, aunque le hubiera resultado más rentable pasar de
largo tratándome como a un intratable. Quien asume una escala de valores
tiene un comportamiento militante. Aunque en el intento, incómodo, me vaya
mal a mí, al menos que no le vaya mal a los valores, siquiera sea hasta un
cierto límite, sin menospreciar la prudencia, ni exponer a riesgos
destructivos a la propia persona. Prudencia y valor son hermanos gemelos.
Así pues, el militante
asume la exigencia de universalización de los valores para beneficio de la
entera humanidad. Si afirmo que mi libertad es absoluta pero menosprecio
la tuya, no universalizo. Si considero al dinero como valor superior a la
honestidad, no universalizo. Si tomo a la publicidad como un fin en sí
mismo a costa de la veracidad del producto, no universalizo. Si me lucro
con los productos de mi fábrica, aunque deteriore la naturaleza, no
universalizo. Si una empresa da trabajo pero contamina, no universaliza.
En todos estos casos un valor destruye al otro y atenta contra otras
personas, por lo que en tales condiciones no puedo aceptarlos de ningún
modo como valiosos. Buscando un principio de universalización militante de
los valores (no su mero consenso), estableceríamos el siguiente axioma:
sólo cuando los valores no lesionan los de las personas pueden aceptarse
de entrada. Principio de universalidad: si no valen para todos, no valen
para ninguno. Si valen para el 99% pero no para el 100% no es un principio
de universalidad, es un principio de generalidad.
Publicado el 7 de marzo de
2003 |