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[FIRMAS] CARLOS DÍAZ
 

El principio esperanza

A la estirpe de quienes se saben quedar solos en un mundo de mutaciones y olvidos permanentes, pertenecen los esperanzados: debajo del asfalto se encuentra la playa, ¿por qué no, si la vida misma ya es un milagro a los ojos del esperanzado?, ¿para qué apearse, además, si cierta realidad resulta menos interesante que el principio esperanza? La esperanza es la más pequeña de las virtudes, la hermana menor, y sin embargo tan grande, que sólo por ella la dura espera se traduce en inabatible esperanza.

Te cansas, luego estás viejo: no eches la culpa de tu cansancio al resto de los mortales. Pocas cosas se obtienen por azar, apenas algunos deseos se realizan por si solos, hay que buscarlos con afán y alimentarlos con diligencia. Persona valiosa es la que se levanta después de una experiencia dolorosa, y no se consume en la inacción de la frustración. La prueba de la verdad es la acción, siempre se puede hacer algo. La primera cosecha está ya en el hecho mismo de la siembra, sembrar es ya cosechar. Al ir, irán llorando sembrando la semilla, al volver, volverán cantando recogiendo la cosecha. Nuestra vida es un trampolín no una hamaca. Obra de tal modo que no tengas que arrepentirte en aquella hora de haber hecho demasiado poco. Tu religión es lo que haces cuando termina el sermón.

El primer golpe de viento derriba mi casa, dejándome tan indefenso como al cerdito perezoso ante el lobo, si la des-esperanza y la des-esperación se meten en mi casa. Dante lee a la entrada del infierno el terrible cartel anunciador: «abandonad toda esperanza los que aquí entréis», pues la vida se infernaliza para el des-esperado; por el contrario, mientras hay vida hay esperanza. Sin embargo, la muerte tiene tan segura su victoria, que nos deja toda la vida de ventaja; ella sólo teme la derrota procedente de otra vida más alta y capaz de borrar la muerte.

Paciencia y calma no se oponen a expectación ni a expectativa. El que espera está preparado para todo; no ve las cosas de color de rosa, ni se las promete demasiado felices, ni hace castillos en el aire, pero tampoco carece de ilusión, de optimismo, de algún grado de confianza: alberga, acaricia, alimenta esperanzas, por pequeñas que fueren. Es cierto, como lo cuenta el refrán, que «quien espera desespera», pero no lo es que quien desespera espere, pues no cabe esperar contra toda esperanza, a no ser como mera frase poética. La esperanza no es un cebo que nos pone el futuro para burlarse una vez más, ni una buena comida pero una mala cena, ni una lástima para quien vive de utopideces.

Quien sabe estar podrá ser, pues el modesto estar abre el camino al permanente ser, en el que se convierte con el curso del tiempo. El ser es un estar bañado en la permanencia cómplice del tiempo. Quien está ahí mucho tiempo termina siendo. Ocurre sin embargo que, por no dedicar tiempo a la causa, uno puede terminar perdiendo hasta la esperanza. En todo caso, el esperar se malograría sin la paciencia del mientras tanto.

Ese tiempo, que es el nutriente del ser, gana en profundidad si sabemos hacerlo imaginativo: frente a la de suyo derrotante realidad que nos disgusta, he ahí la imaginante construcción mental de una realidad que vamos a hacer mucho mejor. El capaz de asumir para su causa ese imaginario anticipador tiene muchísimo ganado en el orden de la permanencia. Adelante, hermano; deja que ciencia, arte y filosofía crezcan en ti tan íntimamente entrelazadas, que puedas parir algún día centauros. Ya verás: hay luz.
 

Publicado el 7 de marzo de 2003

 

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