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[FIRMAS] P. SANTIAGO MARTÍN
Fidelidad
2º Domingo de Cuaresma
16 de marzo de 2003
“Jesús se llevó a Pedro, a
Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se
transfiguró delante de ellos... Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a
Jesús: Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas”. (Mc 9,
2-5)
El episodio de la
Transfiguración es una prueba más del amor de Cristo a sus discípulos. El
objetivo era prepararles para la crisis que se avecinaba, la crisis de la
Cruz. Para ello, Jesús quiso llenarles de argumentos -la visión de Moisés
y de Elías adorando a Cristo- y de sensaciones -el clima de éxtasis, que
lleva a Pedro a desear quedarse así para siempre-. El Señor deseaba
preparar a sus más íntimos amigos para que, cuando le vieran humillado,
calumniado, crucificado, sin poder alguno, no dudaran de Él. Después de
los milagros que le habían visto hacer y de haber escuchado de su boca el
maravilloso mensaje evangélico, la Transfiguración debía consistir en el
sello final y definitivo que asegurara la fe de los apóstoles contra toda
prueba, contra toda duda.
Sin embargo, no fue así. En
la Cruz, los mismos que le habían visto transfigurado dudaron, le negaron
y huyeron. Ahí está, pues, la lección histórica que podemos extraer de
este episodio. Debemos preguntarnos, cuando tenemos problemas y éstos nos
llevan a dudar del amor de Dios, si en realidad el Señor no nos habrá dado
ya pruebas más que suficientes para estar seguros de su amor. Y cuando las
cosas van bien, debemos ser conscientes de ellas y atesorarlas en la
memoria para recordarlas cuando lleguen las horas difíciles, las horas de
la fidelidad. Porque sólo se puede vivir la virtud de la fidelidad cuando
no hay motivos aparentes para hacerlo, ya que ser fiel cuando todo va bien
no es virtud sino mera lógica sin mucho mérito. |