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La Cuaresma o la pedagogía del sacrificio

P. Roberto Fernández Iglesias, OP

La Cuaresma es una llamada a la imitación de Cristo en su sacrificio. Cuando amamos a alguien, deseamos parecernos a él, tratamos de imitarlo.

El año litúrgico de la Iglesia Católica se centra en la santificación del tiempo y para ello nos propone un calendario en torno a la vida de Cristo. Celebramos así cada año el Adviento, la Navidad, la Cuaresma y la Pascua, con el dinamismo del 'memorial', ese puente existencial entre los acontecimientos históricos de la vida del Señor y nuestro hoy, en el aquí y ahora de nuestro momento concreto y particular. Y así la vida de Jesucristo, con su magnetismo tan especial va iluminando nuestra propia vida y nuestra historia humana, estableciendo una simbiosis de lo humano y lo divino. Como buena maestra, la Iglesia repite y repite la misma lección, con la esperanza bien fundada de que la humanidad aprenda y asimile cada año algo más. Esta pedagogía dos veces milenaria contribuye a la cristificación progresiva de la Historia y a la santificación de los fieles que de esta forma interiorizan y reviven el Evangelio del Señor Jesús. Porque El está vivo y actualiza así de un modo misterioso pero real, la Redención lograda por el sacrificio de la Cruz.

Desde el Miércoles de Ceniza hasta el Domingo de Ramos transcurren esos cuarenta días penitenciales que nos preparan para la Semana Santa que culmina con la Resurrección del Señor. Estremece la sobriedad de los ritos, la tristeza de los cantos, el laconismo de las palabras: "Eres polvo y al polvo volverás", "Conviértete y cree en el Evangelio", "Perdona a tu pueblo, Señor"... No cabe duda que la lectura de la Pasión del Señor conmueve mucho y hace que se sigan cumpliendo aquellas proféticas palabras: "Mirarán al que atravesaron" (Jn 19, 37). Son muchos los que se confiesan en esos días y vuelven al Señor, a veces después de años de lejanía. El desenfreno de Carnaval duró dos días, pero la misericordia del Señor se extiende durante cuarenta para llegar a la Pascua con el alma iluminada por la gracia. "Ahora es el tiempo de la gracia, ahora es el día de la salvación". Limosna, ayuno y oración son prácticas penitenciales de los cristianos, asumidas ya por el Antiguo Testamento y corregidas por Jesús del sensacionalismo farisaico que buscaba la ostentación social. Jesucristo, en la línea de los grandes profetas del Antiguo Testamento, promueve la religión del corazón, del espíritu y verdad, de lo secreto... "Y tu Padre que ve lo secreto te recompensará" (Mt 6, 18).

La Cuaresma es una llamada a la imitación de Cristo en su sacrificio. Cuando amamos a alguien, deseamos parecernos a él, tratamos de imitarlo. Porque amamos a Jesucristo, sentimos su invitación en la vorágine del consumismo actual; a la templanza, esa virtud que pone el justo medio en nuestros deseos infinitos de placer. Renunciar no sólo a lo que es pecado, sino también a lo que es permitido. Y esto con un sentido social, de caridad cristiana. Se necesita también en este campo una relectura y una re-educación de la solidaridad cristiana. Compartir el dinero, o los alimentos, con los necesitados. Por eso la campaña Múnera, que recoge la limosnas en las iglesias católicas el Domingo de Ramos, y que este año se destinará para ayudar a las personas necesitadas de la tercera edad. A esa generosidad hay que inducir también a los niños para que crezcan con esa sensibilidad social que, en ellos, muchas veces es espontánea.

La Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo que recordamos especialmente en estos días nos hace pensar en todos los que hoy sufren ese mismo misterio del mal y de la muerte. Cristo sigue padeciendo hoy en todos los maltratados de la Humanidad. Ya decía el Padre Las Casas en el siglo XVI que él "quería comprar el Cuerpo de Cristo que sufría en el cuerpo de estos indios". Como dice también una saeta andaluza "hay que buscar la escalera para subir al madero, para quitarle los clavos al Jesús el Nazareno". Esta escalera es la solidaridad, la búsqueda de la justicia social, el corazón con el que los cristianos de hoy estamos llamados no sólo a compadecer, sino a liberar a quienes están oprimidos por el misterio del mal. Y para ello nos ayuda cada cuaresma a recordar al Crucificado, símbolo y paradigma de todos los crucificados de la Historia.

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Publicado en Diario "HOY", domingo 16 de marzo de 2003. Quito, Ecuador

 

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