El “caso Jesucristo”
es único en la historia
Victoria Luque Vega
San Pablo es el primero, después del Único”, así
define Hernán Pereda, comunicador bíblico, la figura excepcional de Pablo
de Tarso. Los orígenes de la Iglesia son apasionantes, y la crítica
despiadada que sobre ellos hace F. Sánchez Dragó en su libro, “Carta de
Jesús al Papa”, da pie a que nos adentremos en el primer siglo de vida del
cristianismo.
Hernán Pereda es argentino con ascendencia española y
alemana, gran comunicador bíblico, teólogo y Presidente de la Fundación
para la Evangelización y Comunicación, actualmente presenta y dirige el
“Evangelio hoy” en el canal de televisión -TMT- de la archidiócesis de
Madrid, España.
P. Cuando el cristianismo irrumpe en la Historia, el
mundo pagano está saturado de dioses y semidioses. ¿Cómo convive la
Iglesia primitiva con toda esta concepción del mundo?
R. El Imperio Romano vivía en un mundo de mitos. Éstos
eran fruto de la búsqueda milenaria de una verdad. Inicialmente el
cristianismo parece aportar un mito más entre los innumerables ya
existentes. Aquí es donde el “caso de Jesús” se va abriendo camino por la
fuerza de la propia Palabra y de los hechos de la vida de Jesucristo. Al
principio, además, el cristianismo choca rotundamente con todas aquellas
concepciones y desencadena una persecución llevada a la voluntad de
exterminio. El hecho de que Jesús se presentara como Hijo de Dios no era
en sí sorprendente en el lenguaje habitual de los supersticiosos romanos,
pero la manera como se va afirmando que Él es el único resulta chocante,
provocativa y una pretensión inadmisible. Precisamente ahí está Jesús como
caso único.Por otra parte, algunos santos padres de la Iglesia primitiva
provenían del gnosticismo -un pensamiento filosófico elaborado en parte
por filósofos griegos y pensadores romanos-, y al conocerlo desde dentro,
y abandonarlo posteriormente, pudieron establecer cada cosa en su justo
término. Conocemos, por ejemplo, las vivencias de san Agustín, el cual
pasó por todo un proceso de conversión muy difícil, en concreto, él venía
del maniqueísmo, y la genialidad de Agustín de Hipona fue que tras
descubrir la fe, le dio un sustento racional que la justifica frente a la
visión pagana.
P.Los gnosticos trataban de llegar a Dios a través del
conocimiento.
R. Sí, ¿Pero, a qué Dios?¿Cuál es el Dios que ellos
querían conocer?. La Gnosis había establecido un gran número de demiurgos
o de eones, que eran seres -tipo angélico-, entre
Dios y el hombre, de modo que no estaba claro qué era
dios ni cuales eran los dioses principales, y cuales eran esos seres
intermedios. Cuando san Pablo escribe el himno cristológico a los
Colosenses: “El es la imagen visible del Dios invisible, por encima de los
tronos, los principados, las potestades...”, escribe precisamente para
dejar claro que Jesucristo es la imagen visible del Dios único. Aquí es
donde, otra vez, Cristo aparece como único, y el choque no podía dejar de
ser dramático.
En definitiva -señala Hernán Pereda- el cristianismo
rompe con todo este montaje de tipo intelectual, y sin relación alguna con
lo que llamamos la revelación, afirmando categóricamente que Jesucristo es
Dios, el único, unido al Padre y al Espíritu Santo. Y abundando en la
idea, hoy tan actual, del sincretismo religioso, este teólogo alude a la
llamada New Age o Nueva Era: “Hoy en día sufrimos al ver que las
religiones son causa de división en el mundo; tras salir del ateísmo,
corremos el riesgo de entrar, sobre todo con el
mundo musulmán, en lo que se llama la exasperación o el
fanatismo religioso. Es por ello que
el mundo pagano busca una forma de religión buena para
todos.
Cuando se quiere jugar con estas cosas, no se cree en
la verdad, se cree en razones de conveniencia. La New Age busca una forma
de espiritualidad conformista, universal, donde todo el mundo pueda
sentirse bien; se trata de una forma de panteísmo, un concepto de religión
como superación artificial de la falta de entendimiento entre las
religiones. Esto sólo puede satisfacer a un nivel superficial.
P. Una vez situados en el ambiente mitológico y de
sincretismo religioso en el que se desenvuelven los primeros cristianos,
quisiera plantearle una idea que F. Sánchez Dragó defiende en su libro:
Habla de que el nacimiento de un dios nacido de una virgen es una alegoría
casi universal en el mundo precristiano.
R. Lo que nuestro amigo creo que no llega a entender,
es que su argumento es perfectamente reversible y muy vinculado a lo que
decíamos antes. El mito de la madre virgen perdió toda consistencia en
medio de la multitud de casos imaginarios de los antiguos, frente al hecho
afirmado por los cristianos, como único, de la madre de Jesús. Después de
dos mil años, de aquellas otras afirmaciones no queda sino un recuerdo
curioso. Yo quisiera decir, antes de abundar en esta cuestión, que
corremos el peligro de entablar un diálogo entre sordos. El conocimiento
que tenemos de Jesucristo es un conocimiento de fe, la gran dificultad de
este escritor reside en que manifiesta no tener fe. Los cristianos no
creemos sólo en Dios sino que además creemos en su Palabra, y en todo
cuanto nos ha dicho.
Para obtener el don de la fe, hay una actitud de vida
que la facilita: la humildad. La palabra “hombre” significa “hecho del
polvo”, por tanto, humilde.
Por otra parte, la fe es conocimiento, es decir, el que
realmente se adhiere a la auténtica fe empieza a saber cosas, a tener
certeza de ellas. Y realmente es difícil, para el que no cree, distinguir
entre el conocimiento intelectual y el conocimiento de la fe. Nosotros no
creemos solamente en Dios, nosotros creemos a Dios, que nos habla a través
de la Escritura, y ahí es donde surgen los problemas con los no creyentes
respecto a la virginidad de María frente a las diosas vírgenes del
paganismo, o en relación con los otros “hijos de Dios” (¡hijos de Dios
eran todos los emperadores romanos!) frente a Jesucristo.
Y este hombre de cara amable y vastos conocimientos,
empieza a desgranar el profundo sentido que tiene la intuición cuando ésta
es inspirada por Dios: “Es cierto que formaban parte de la cultura y del
ambiente precristiano las fábulas y los mitos, pero la alegoría de las
vírgenes, madres de dioses, es lo que en teología se llama la conveniencia
de una intuición, es decir, que la virginidad es signo revelador de la
divinidad, es algo que ha sido intuido por todas las culturas. Estas
alegorías han servido para plasmar la idea de que los hombres quieren
encontrarse con Dios, y de que a Dios le interesa la vida de los hombres;
pero el caso Jesucristo es único, fuera de lo común y habitual, por el
proceso mismo de la historia.
Lo curioso es que aun cuando hay algunas alusiones de
las tradiciones talmúdicas sobre la maternidad divina, éstas no son
propiamente bíblicas.
-Continúa-: Que los mitos sirvan para descubrir ciertos
secretos, por supuesto, a mí me gusta muchísimo decir que la virginidad de
María no es un privilegio de la madre, es el signo revelador de la
divinidad del Hijo, eso es muy importante. La teología actual insiste en
ello más y más. Los otros casos son absolutamente irreales, ¿en qué han
quedado? En puro mito.
P. El encuentro de Jesucristo con san Pablo le cambió
completamente la vida al perseguidor de los “del camino”. Él mismo llegó a
cambiarse el nombre de Saulo a Pablo. Esto supuso una elección personal de
Jesucristo hacia Pablo, de una manera única.
Ante todo, la conversión de Pablo se nos ha presentado
siempre como un momento fulgurante en el camino a Damasco, y es verdad,
pero no es toda la verdad. Es decir, Pablo, de
una profunda educación religiosa según las doctrinas
fariseas, de familia judía -de la tribu de
Benjamín-, nacido en Tarso de Cilicia, y además,
ciudadano romano, como perseguidor de los primeros cristianos, se
encuentra con un hecho, para él terrible: su maestro más venerado Gamaliel,
defiende a los cristianos ante el Sanedrín.
Es el famoso tema del capítulo V de los Hechos, cuando
quieren matar a Juan y a Pedro, y Gamaliel se levanta, un hombre respetado
por todo el pueblo, y dice, “yo os aconsejo dejarlos tranquilos, porque si
esto que nos cuentan es cosa de hombres, se hunde solo, pero si es de
Dios, os embarcaréis en una lucha contra Dios...“. Existe el caso de dos
pretendidos mesías,
Teudas y Judas el Galileo, a los que los judíos mataron
y todo quedó dispersado.
Algunos dicen que Gamaliel estuvo presente en la
resurrección de Lázaro, y que no tuvo tiempo mental de reaccionar o que no
pudo evitar que mataran a Cristo, pero que ya es un cristiano. Y él es el
maestro de Pablo, lo cual significa que Pablo ya estaba de algún modo,
perplejo, y como era un hombre tremendamente auténtico y sincero frente a
sí mismo, que su propio maestro creyera en este hombre, Jesús... eso le
interpelaba interiormente.
Relata, además Hernán Pereda cómo Pablo se culpará toda
su vida de su participación en el martirio de san Esteban: “Sin embargo,
él no tiró ninguna piedra, sostuvo las ropas de los que lo apedrearon, y
si no lo hizo fue porque hubo algo que lo retuvo; la muerte de Esteban
seguramente fue un aldabonazo para Pablo.
Después del suceso del camino a Damasco transcurren
nueve años en los que él vive en Tarso, su ciudad natal, y vuelve a releer
todas las Escrituras, y dice en una de sus Cartas: “Yo sé de un hombre que
no sé si en el cuerpo o fuera de él, Dios lo sabe, fue llevado al tercer
cielo, y allí se le dijeron cosas...”, es decir, hay una segunda
conversión de Pablo que es la conversión intelectual, y ahí es donde, la
fe -como decía antes- tiene que ir acompañada de un conocimiento. A Pablo
se le conceden dones -por ser la personalidad que era-, absolutamente
únicos. Pero se le conceden para el bien de todos.
Y a modo de síntesis, concluye: “Efectivamente es un
elegido. Una de las figuras más tremendas de la historia de la humanidad.
La conversión real de Pablo dura unos catorce años. Y más tarde se
convertirá, también, en Atenas, cuando los filósofos griegos se ríen de
él; entonces se dirige a los esclavos de Corinto, al prostíbulo que era
esa ciudad, y allí, para su sorpresa, es donde surge la comunidad
cristiana más fuerte. Si él pretendía que los filósofos se convirtieran,
encontró que los convertidos fueron los más pobres e ignorantes de
Corinto.
La conversión de Pablo es paulatina, esa certeza
interior va acompañada y corroborada por la certeza intelectual de “ver
claro”, tras la relectura de todo lo que él había recibido mal.
P.Sánchez Dragó dice que Pablo sufrió un ataque
epiléptico, camino de Damasco.
R. Pues lo lamento por él. ¡Se pierde la fiesta!.
P. Igualmente cuestiona que Mateo, Marcos, Lucas y Juan
sean autores reales de los evangelios, y coetáneos de Jesucristo. ¿Hasta
qué punto esto es cierto?
R .Nuestra fe, la fe de los católicos, proviene del
Nuevo Testamento, nosotros creemos en el Jesús que la Iglesia ha predicado
desde el principio. La Biblia es un libro revelado y en nuestra vivencia
de Dios ese elemento forma parte fundamental; si nosotros queremos dudar
de todo, de todo se puede dudar, por supuesto.
Que sea exactamente san Lucas, o exactamente san Pablo,
el que escribió las 14 cartas, no es tan importante como algunos puedan
pensar; ese no es el problema, nosotros partimos de los textos mismos. Por
ejemplo, nosotros creemos en muchos libros del Antiguo Testamento que no
sabemos quien los escribió. Por otra parte, que sea san Lucas el que
escribió el evangelio que a él se le atribuye, no es lo importante; no
obstante, la Iglesia siempre lo ha creído y hay miles de razones para
decir que es así.
Mateo, por lo demás, es uno de los evangelistas que con
más seguridad convivió con Jesús. Junto con Juan, ambos fueron apóstoles.
El caso de Marcos es distinto. Marcos no conoció que sepamos, en vida, a
Cristo. Marcos era el secretario de san Pedro, de modo que el evangelio de
san Marcos se podría llamar el evangelio de san Pedro.
San Lucas, por otra parte, es un caso completamente
fuera de serie. Lucas fue el médico de Pablo. Por lo que sabemos se
convirtió muy cerca de Troya, a raíz de la predicación de Pablo y de su
enfermedad. Cuando cruzaron a Macedonia ya empezó a hablar en plural,
diciendo que él mismo se sumó al grupo, es decir, se trata de un pagano,
que se sorprende tanto por la predicación de Pablo que se transforma en su
biógrafo; él mismo explica que averiguó cuidadosamente todo lo que se
refiere a la vida de Jesús. Un médico en esa época era fundamentalmente un
investigador, la medicina no se estudiaba como una ciencia aparte; se ve
que Lucas, como Pablo, estaban en el mundo del “periodismo”, ya que él
mismo, Lucas, escribe con gran preocupación e interés, incluso en medio de
algunas inexactitudes históricas en la información que obtuvo.
P. Según Sánchez Dragó, los cristianos no somos tales,
sino paulinos. Dice que la Iglesia es un invento de Pablo.
R. En La 1ª Carta a los Corintios, Pablo dice “¿Qué es,
pues, Apolo? (-otro super apóstol-), ¿Qué es, Pablo? ¡Servidores, por
medio de los cuales habéis creído! Y cada uno según el don del Señor. Yo
planté, Apolo regó; mas fue Dios quien hizo crecer”. En otra parte, Pablo
dirá que si se tiene que gloriar de algo, se gloría en Cristo Jesús.
Lo que dice Sánchez Dragó son medias verdades. Nosotros
creemos en el Cristo del Nuevo Testamento, no sólo en el de los cuatro
evangelios. Tanto los evangelios como las Cartas son escritos entorno a la
persona de Jesucristo, con la particularidad de que san Pablo tuvo una
experiencia de Jesucristo resucitado que no habían tenido los demás.
Vaciar de san Pablo el Nuevo Testamento sería como extraer uno de los
evangelios. Para mí tiene tanta autoridad una carta de san Pablo, como el
evangelio de san Juan o de san Lucas, ¡si no tenemos ningún escrito
firmado por Jesucristo!.
El conjunto de nuestra fe es la fe de la Iglesia, tal y
como aparece en el Nuevo Testamento.¿Entonces, somos paulinos? En este
sentido, sí. Sánchez Dragó lo dirá, quizás,
porque los hebreos tienen más facilidad para aceptar la
figura de Jesucristo que la figura de san Pablo, porque el que realmente
puso dinamita, separó a los cristianos de los judíos, fue Pablo. Y
nosotros decimos, menos mal, porque si hubiéramos seguido con las
costumbres
hebreas, no hubiéramos salido del cascarón. Y esto,
efectivamente fue gracias a Pablo, por eso a Pablo se le llama “el
primero, después del único”, porque es verdad que san Pablo es la gran
figura del Nuevo Testamento, después de Jesucristo.
Sobre quién fundó la Iglesia, Hernán Pereda comenta:
“Para mí, el momento más auténtico en el que funda Cristo la Iglesia, es
cuando dice “Haced esto en memoria mía”; ahí fue cuando convocó a la
Iglesia, y ellos se reunían para celebrar la eucaristía, los templos se
crearon sobre todo, para esto. Por otro lado, es verdad que la estructura
de la Iglesia proviene de san Pablo, no proviene de los evangelios. Es
decir, es Pablo quien da las órdenes para que se formen los presbíteros,
vinculándolo con el Antiguo Testamento.
Jesús en los evangelios no figura organizando la
Iglesia porque la experiencia de los evangelios es de Cristo en su vida
mortal, y la de Pablo es en su vida resucitada, pero la misma autoridad
tiene una cosa como la otra. Y esto es muy importante porque también se
suele decir que Cristo no fundó una Iglesia, que la Iglesia se reunió y se
fundó en el nombre de Jesucristo, que la Iglesia Católica es una de
tantas, los protestantes tienen esa teoría, y hacen una disquisición entre
el Jesús de los evangelios y san Pablo que no se puede admitir; la fe es
un todo, no una parte. Por lo demás, la acción del Espíritu Santo es la
que ha mantenido a la Iglesia, evidentemente.
P. La idea de universalidad de la Iglesia es propia de
San Pablo.
R. Sí, san Pablo tiene una revelación especial sobre la
universalidad de la Iglesia, y por eso se abre al mundo pagano, de ahí sus
viajes y su tremenda labor apostólica. Pero esto se encuentra ya en
simiente en los evangelios, el Señor rompe los esquemas del nacionalismo
hebreo, especialmente cuando cuenta el pasaje del buen
samaritano, también en el caso de la mujer de Samaria, o el de la cananea,
de Tiro y Sidón... Por otra parte, Jesús resucitado dice a las mujeres que
los hermanos vayan a Galilea, que allí le verán, y les envía a anunciar el
evangelio a todas las gentes, bautizándolas. Galilea era el límite
geográfico con tierra de gentiles, Cristo resucitado les incita a llevar
la buena noticia hasta los confines de la tierra.
P. Por último, con los conocimientos de la vida de la
Iglesia que usted tiene, podría atisbar el futuro del cristianismo?
R. Hay que dejar claro que la fe cristiana no es una
religión como las demás. Yo diría incluso que el cristianismo es una fe,
no una religión. El cristianismo lo que tiene de sorprendente es que sitúa
en un mismo plano la relación con Dios y la relación con el hombre. Y esto
todavía no lo acabamos de asimilar, Juan Pablo II ha dado pasos tremendos
en este aspecto, sobre todo cuando ya en su primera encíclica afirma que
toda relación entre seres humanos es una relación trascendente.
La relación entre nosotros, es religiosa en el sentido
auténtico, porque Dios está en nosotros, contigo y conmigo. La frase “Si
alguien dice amar a Dios y no ama al hermano, es mentiroso”, que es
fundamentalmente cristiana, ha dado mucho qué pensar sobre el concepto de
religiosidad. El primado del amor ha quedado fácilmente sojuzgado. La
Iglesia debe dar grandes pasos todavía en lo que es, realmente, entender
la fe en Jesucristo.
Y hay cosas que se desmoronan solas, estamos en una
época de cambio; no se trata de pretender ser profeta, pero que la fe
cristiana se va a simplificar, es seguro; tiende continuamente a hacerse
más auténtica.
Publicado el 14 de marzo de 2003 |