¡No a las guerras":
de verdad
Víctor Corcoba Herrero
¡No a las guerras! Todo el mundo vocifera ese ¡no!
rotundo. Sin embargo, ahí están, con sus humos y vivas. ¿Hacemos algo
porque ese ¡no! sea real?
¡No a las guerras! Todo el mundo vocifera ese ¡no!
rotundo. Sin embargo, ahí están, con sus humos y vivas. ¿Hacemos algo
porque ese ¡no! sea real? ¿Creemos de verdad que las guerras son evitables
y que la paz es posible si aminoramos cada uno de nosotros, tensiones,
violencias y conflictos, practicando más el corazón y viviendo más en el
verso, o lo que es lo mismo, en el culto al cultivo de la justicia? Porque
vencer no es convencer. Ni gritar conlleva la sanación del mundo. Se me
ocurre que para convencer, hemos de restaurar el diálogo, no destruir,
reconciliar en vez de instigar a la venganza. La sociedad es vengativa
porque sus individuos también lo son. Hay guerras porque no se respetan
los derechos humanos, el derecho natural. La vida apenas vale nada y así
no puede brotar esa paz que anhelamos.
La guerra está en nosotros mismos que hemos vendido la
palabra a don dinero. Todo se vende y se compra. Todo se compra y se
vende. No hay respeto sincero, ni apoyo auténtico a los más débiles. En
vez de globalizar la solidaridad, hemos puesto la maldad en el camino.
Todo es un desorden en el orden natural. No hay familia de naciones, al
igual que cada día es más difícil encontrar familias unidas. Nadie auxilia
a los pobres. No son rentables. Se les exilia lo más lejos posible. ¡Que
se maten entre ellos! Los países ricos machacan con el pesado lastre de la
deuda externa, a los países pobres. Y así no se puede caminar, hacia la
paz, que todos vociferamos de boquilla para afuera. Resulta esperpéntico
ese ¡no a la guerra!, que nada cuesta decirlo y que además se ha puesto de
moda, mientras nos cruzamos de brazos ante tantas injusticias. ¿Dónde
están esos intelectuales incapaces de limpiar la atmósfera viciada de
corrupción? Hay que mojarse, aunque nos cueste la vida. Nos venden una
cultura de la ilegalidad y nadie dice nada. El hecho mismo de denunciarla
requiere valor. Para erradicarla se necesita ser auténticamente libre en
un mundo de tropelías, donde hasta en los gobiernos municipales de los
países democráticos se tiran a matar como leones en busca de tarta para
sí. ¿Qué ejemplo podemos dar de que no queremos la guerra? El uso
fraudulento del dinero público penaliza sobre todo a los pobres, que son
los primeros en sufrir la privación de los servicios básicos
indispensables para el desarrollo de la persona, y para más colmo de alma,
son las primeras víctimas de la guerra.
Hablemos claro con las acciones, seamos coherentes y
justos con nosotros mismos. No cesan las guerras en el mundo, tan cercano
hoy a todos, pero tampoco en ese mundo vecinal, porque nadie respeta a
nadie, falta acrecentar en cada corazón, el patrimonio ético-cultural de
la humanidad entera y de cada persona: la conciencia de que los seres
humanos somos todos iguales en dignidad, y de que todos merecemos el mismo
respeto, porque somos seres que hemos de poseer los mismos derechos y
deberes. De ahí, que construir la paz es tarea de todos y de cada uno, es
algo que ha de implicarnos más en el fondo que en la forma.
Se necesitan más que voces contra la guerra,
guerrilleros que a corazón abierto cultiven el amor sin distinciones y sin
medida. Sin letra de cambio. Como en esa familia que todo es donación. Los
signos de ¡no a la guerra!, que cuelgan de tantas ventanas y balcones,
debieran hacernos vivir un acto de contrición. De lo contrario de nada
sirve. Un signo distintivo del ¡no a la guerra! debe ser, hoy más que
nunca, el amor por los pobres, los débiles y los que sufren. Vivir este
exigente compromiso requiere un vuelco total de aquellos supuestos valores
que inducen a buscar el bien solamente para sí mismo: el poder, el placer
y el enriquecimiento sin escrúpulos.
Además, no basta ofrecer bienes materiales, los que nos
sobran, se requiere esfuerzo y coraje por compartir con los últimos, con
los que nadie quiere, todo tipo de aconteceres. Es un acto de justicia,
que debiera considerarse como un título de honor en este mundo alocado que
nos ha tocado vivir. De esa donación sincera, sin duda, germinaría: de la
selva un jardín, y del jardín un mar de rosas perfumadas en transparencia.
Habríamos conseguido llevar luz al portal de la paz, porque allí viven
moradores justos, que son fruto de equidad, semilla de seguridad perpetua,
amor que purifica el vergel de la vida. Eso es la paz.
Publicado el 17 de marzo de 2003 |