El islam wahhabita
Fernando José Vaquero Oroquieta
¿Es el wahhabismo consustancial al islam o es una
desviación del mismo? Una aproximación a esta corriente fundamentalista
musulmana que se encuentra en la base del terrorismo islámico
internacional.
Introducción.
El diario La Razón, en su edición del 11 de diciembre
de 2002, afirmaba, en un artículo de su suplemento Fe y Razón, que el
wahhabismo había alcanzado en Rusia la cifra de 100.000 adeptos, según las
palabras alarmadas de Talgat Tayuddín, líder de los musulmanes rusos (cuyo
número oscila entre 12 y 20 millones). Según las mismas fuentes, en parte
a causa del vacío ideológico ocasionado por la caída del comunismo en la
antigua Unión Soviética, algunas formulaciones islámicas radicales
importadas, refiriéndose especialmente con ello al wahhabismo, crecerían
entre los musulmanes de la Comunidad de Estados Independientes; lo que
constituiría un serio motivo de inseguridad y temor.
Por otra parte, “no todos los musulmanes son
terroristas suicidas, pero todos los terroristas suicidas musulmanes son
wahhabitas”, aseguraba recientemente el islamólogo Stephen Schwartz;
señalando, así, una concreta genealogía en el origen del terrorismo
islámico internacional.
En este contexto, en el que el término wahhabismo,
antaño exótico patrimonio de minorías, es fuente de noticias periodísticas
y sesudos estudios especializados, podemos preguntarnos: ¿qué es el
wahhabismo?, ¿cuáles son las relaciones entre el islam y el wahhabismo?
Chiíes y sunníes.
Retrocedamos en la historia y situémonos en los
orígenes de esta pujante religión monoteísta.
El islam experimentó en sus primeros años, ya en vida
de su fundador, el Profeta Mahoma, una espectacular expansión territorial.
Además, es en su primer siglo de vida cuando se establecieron las
principales ramificaciones musulmanas; plenamente vigentes hoy día. Es
también en aquellos primeros años cuando, con los cuatro primeros califas,
se establece el texto definitivo del Corán. Igualmente, se realiza la
primera recopilación de la Sunna, o colección de hechos y dichos de Mahoma
según testigos directos de los acontecimientos. De ambos, Corán y Sunna,
se deduce la sharia, o ley islámica, que regula el conjunto de actividades
públicas y privadas de todo musulmán.
Esos cuatro primeros califas fueron líderes políticos,
hombres de acción y autoridades espirituales: el ejemplo ideal al que
miran los musulmanes de todas las épocas.
Con Alí, yerno del Profeta y cuarto califa, se produce
la primera gran fragmentación entre los musulmanes; que nos llega hasta
hoy mismo. Al morir Alí asesinado, sus seguidores crearon un partido, la
Chía, considerando que los califas Omeyas que le sucedieron carecían de
legitimidad. Los chiíes, aunque respetan la Sunna, no aceptan que sea de
carácter sagrado, tal como hacen los demás musulmanes (denominándose
sunníes). Por el contrario, los chiíes atribuyen mucha importancia a las
enseñanzas transmitidas por los doce imanes sucesores de Alí. El duodécimo
y último de tales -el Mahdi- no habría muerto, esperando su retorno. Entre
el clero chiíta -conocido bajo el término de mullah- destacan algunos
expertos en la interpretación de la sharia, denominados ayatolás.
El chiísmo se caracteriza, además, por cierta
desconfianza hacia el poder político, logrando muchas simpatías entre los
musulmanes no árabes, especialmente en Irán, donde son inmensa mayoría. La
creencia en el retorno del Mahdi, el imán oculto, ha generado una
esperanza mesiánica cuya venida se producirá en la Hora Final, implantando
un Reino de Justicia, por lo que el martirio tendría un carácter redentor.
Un sociólogo iraní, Alí Shariati, asoció ese mesianismo chiíta con
determinadas ideas marxistas. De este modo, consideraba que el Mahdi
liberaría a los parias de todo el mundo, proporcionando una perspectiva
revolucionaria al chiísmo.
A mediados del siglo IX, entre los sunníes, surgieron
cuatro corrientes interpretativas que cristalizaron en otras tantas
escuelas jurídicas, todavía hoy, únicas aceptadas por los sunníes: hanafí
(de Abu Hanifa, la más liberal), la malikí (de Malik), la xafeití (de
Chaffi, especialmente vigorosa en Egipto) y la hanbalí (originada en
Bagdad, la más rigurosa y en la que se gestará el wahhabismo).
En la actualidad, en torno al 85% de los musulmanes de
todo el mundo son sunníes, un 10 % chiíta y el resto pertenece a grupos
muy minoritarios (drusos y otros). De todas formas, suniíes y chiíes no
están absolutamente separados; siendo sus diferencias, matizadas
discrepancias en cuestiones de interpretación y de aplicación de la ley,
tanto en su plano individual como colectivo.
En su choque con el mundo occidental de finales del
siglo XX y principios del XXI, el islam, ya sea sunnita o chiíta, se
manifiesta en buena medida como una corriente radical o extremista
poliédrica.
Por ello, dada la multiplicidad de sus expresiones,
algunos expertos en la materia diferencian dos corrientes dentro del
radicalismo musulmán:
-Integristas. Es el caso de los wahhabitas y los
Hermanos Musulmanes, por ejemplo. Valoran la Tradición ante todo, aunque
respetan lo positivo que le se haya podido añadir.
- Los fundamentalistas. Caso del chiísmo iraní y de los
talibanes afganos. Desprecian lo que no proceda de los preceptos
literales.
Todos ellos comparten su creencia en la imperativa
articulación de la Umma (comunidad de los creyentes), como efecto
ineludible de la recta aplicación del islam. La Umma debe estar unida
políticamente y liderada por una autoridad, simultáneamente, civil y
religiosa. Tal concepción, en consecuencia, deslegitima a los Estados
actuales. Es más, a su juicio, todo nacionalismo sería una forma de shirka
(adoración de algo distinto de Alá).
La época dorada del islam, correspondiente al liderazgo
de los cuatro primeros califas, es la referencia de todos los musulmanes.
Para unos musulmanes, de esa experiencia primigenia, destacarían los
aspectos sociales y externos, tendencia representada por las escuelas
reformistas. Para otros, prevalecería el esfuerzo por la perfección
espiritual; reflejándose especialmente en las corrientes sufíes.
El sufismo.
El sufismo es objeto de gran interés en Occidente,
especialmente desde la llamada New Age, al encontrar allí sugerentes
ingredientes espirituales susceptibles de oferta en el supermercado
religioso actual.
El sufismo no es una tendencia política. Espiritualista
y tradicional, propone al fiel musulmán una experiencia religiosa
personal; llegándose a hablar, incluso, de un misticismo sufí.
Políticamente asumen generalmente posturas conservadoras, pero sin
propugnar alternativas concretas. En la época colonial, muchos sufíes
encabezaron la resistencia frente a las potencias ocupantes en sus
respectivos países, perdurando todavía hoy la memoria de su lucha.
El wahhabismo y el salafismo, corrientes ortodoxas
reformistas e integristas, se oponen a las prácticas sufíes, al considerar
que difunden ciertas formas de superstición y que, en la práctica, han
facilitado la decadencia musulmana.
El sufismo es, ante todo, según los propios sufíes,
profundización e interiorización personal del islam. Aunque algunos
autores han visto influencias de la mística cristiana, para otros, tales
afirmaciones carecen de todo crédito.
El término sufismo (tasawwf) viene de sûf, o hábito de
lana que llevaban los sufíes de los primeros siglos.
Son numerosos los sufíes de prestigio que han creado
escuela y cuyos seguidores se agrupan en grandes cofradías, algunas
extendidas por todo el mundo musulmán, o predominantes en determinadas
zonas geográficas. Hassan al-Basri sería uno de los primeros. Nacido en
Medina bajo el califato de Omar, la tradición cuenta que recibió sus
enseñanzas del propio Alí, yerno del Profeta. Rabî`a al-`Adawiyya, nacido
en Basra (sur de Irak), en el siglo II de la Hégira, sería otro de los
primeros grandes sufíes.
Los sufíes practican las virtudes de la pobreza (faqr),
abandono en la voluntad de Alá (tawakkul), así como la práctica del Dzikr
(mención del nombre de Alá) al que pueden acompañar estados de éxtasis y
ejercicios de meditación (fikr).
Otros sufíes incidieron en la gnosis (Ma`rifa) o
conocimiento de Alá, caso de Nûn al Misri. De Yunayd, sufí de Bagdad,
donde vivieron los más célebres, es la siguiente clarificadora sentencia:
“El sufismo es lo que Alá hace morir en ti y vivir en Él”. Que el sufismo
fuera aceptado en su día, es mérito, en buena medida, de Al-Gazzâlî
(1058-1111). Otro maestro sufí de Bagdad fue Abd-al-Qâdir al-Yîlâni
(1077-1166), quien fue conocido como “Sultán de los Awliya” (íntimos en el
saboreo de Alá). De Andalucía procedía Abû Madyan Shu’ayb. También
andalusí era Muhhy d-Dîn ibn Arabî, autor de numerosos textos en los que
trató la Doctrina de la Unidad del Ser.
Expresión fundamental del sufismo es la existencia de
las llamadas cofradías, o Turûq (plural de tarîqa o vía espiritual). Las
conforman los seguidores de determinados maestros sufíes, tal como
señalábamos más arriba. Tal vez la más conocida sea la Mawlawî, de la que
proceden los famosos derviches danzantes popularizados gracias al turismo
masivo europeo practicado en Turquía. Las cofradías sufíes son
numerosísimas, siendo su importancia en algunos casos enorme. Así, por
ejemplo, varios de los rectores de la Universidad Al-Azhar de El Cairo,
que goza de una indudable autoridad en el islam sunnita, han sido sufíes
seguidores de uno u otro maestro. Otro caso llamativo, de celebridad sufí,
es el de Abd al-Kader, líder de la resistencia argelina frente a los
franceses. Por su parte, la cofradía u orden de los Sanûsiya, aunque de
origen sufí, tiene gran parecido con el wahhabismo; así el sentido
guerrero, su austeridad y el espíritu de sacrificio. Desempeñaron especial
protagonismo en la lucha contra el colonialismo en el norte de África
(Francisco Díaz de Otazu les ha dedicado un artículo en el número 63 de
esta publicación digital). En Asia destaca la cofradía Naqshabandiyya.
Fundada en el siglo XIV, se extiende desde Bujara a Turquía, desde China a
Java, protagonizando el esfuerzo misionero musulmán en aquellas alejadas
tierras.
Vemos, con todo ello, que el sufismo, como camino
interior (bâtin), también ha influido en el exterior y la acción (zâhir).
El reformismo musulmán.
En el seno de la gran corriente salafiya (de salaf,
grandes antepasados), que promueve la renovación islámica (nadha), surgen
los llamados movimientos reformistas.
El wahhabismo es una forma de interpretación estricta
del Islam que nace de la mano de Mohamed Ibn Abdul Wahhab y que pretende,
al igual que los demás reformistas, la vuelta a la pureza de la época
dorada del islam.
De esta forma, reformismo, integrismo y
fundamentalismo, sin ser conceptos análogos, en buena medida coinciden.
Los reformistas afirman que sólo la aplicación de la
sharia garantiza el orden moral de la comunidad de los creyentes. En ese
sentido, todo gobierno es ajeno al espíritu musulmán, especialmente los de
factura occidental. Sí serían auténticos gobiernos islámicos, por el
contrario, los de los cuatro primeros califas, “los que caminan por el
camino recto” (Rashidun): Abu Bekr, Omar, Othman y Alí, tal como veíamos
al principio de este artículo.
La restauración del verdadero islam exige esfuerzos de
todo tipo (yihad), tanto personales como colectivos, espirituales y
materiales; lo que puede llegar a justificar la guerra, siendo su
objetivo, en todo caso, la ordenación de toda la convivencia hacia lo
justo, prohibiendo lo que consideran impuro. Esto supone el empleo del
poder político, sin complejos, desde la fidelidad al Corán y a las
tradiciones islámicas (hadits).
El reformismo, en la actualidad, es la principal
corriente del islam y se caracteriza por una serie de rasgos comunes:
- El islam afecta a todas las dimensiones de la vida,
determinando, por tanto, la política y la sociedad.
- La decadencia y parálisis de las sociedades
musulmanas fueron consecuencia de su alejamiento del islam.
- El islam viene determinado por el Corán, las
tradiciones islámicas y las realizaciones de la primitiva comunidad
musulmana.
- El deber de todo musulmán es la yihad.
- El islam es compatible con la tecnología y la ciencia
moderna.
- La restauración del islam exige la lucha de todo
musulmán, integrado en organizaciones establecidas con tal fin.
- La restauración del islam exige la vía de una
revolución política y social.
El actual islam radical asume como propio todo este
caudal reformista, al que matiza con varias precisiones:
- El islam es víctima de una conspiración judía y
cristiana. Occidente es el enemigo declarado del islam.
- Un gobierno musulmán es legítimo es tanto aplique
estrictamente la sharia.
- Cristianos y judíos son considerados infieles; no
como pueblos del Libro.
- Todos los que se resisten al islam, ya sean
musulmanes o no, son enemigos de Dios y merecen ser castigados con rigor.
Los reformistas entendieron que se había producido,
históricamente, una profunda crisis en las sociedades musulmanas, lo que
derivó en la desintegración del poder político, la paralización de la
economía y de la ciencia, un estancamiento de la vivencia religiosa y una
disminución de la creatividad artística. Todo esto habría coincidido con
la eclosión de las potencias occidentales colonialistas; siendo víctimas
de su política la mayor parte de los pueblos de tradición islámica. Por
ello, la crítica a los regímenes coloniales constituye otra de las
novedades del pensamiento reformista, siendo la lucha contra el sionismo,
en la actualidad, una continuación de la lucha anticolonial.
Los movimientos reformistas son movimientos sociales
antes que políticos; siendo ésta una característica fundamental para
entender su naturaleza. Su objetivo principal es la formación de
musulmanes piadosos, estudiosos del Corán y que practiquen el proselitismo
a través de la predicación y las obras caritativas.
Todos los reformistas propugnan un estado islámico, es
decir, gobernado por la ley islámica (la sharia). Ésta, al tener su origen
en la revelación divina, no puede ser ni desarrollada ni cambiada: hay que
aplicarla, pues debe ser aceptada sin crítica. La sharia es, igualmente,
infalible, según los islamistas. Realmente, no hay codificación de la
sharia.
El principal reformador fue Jamal al-Din al-Afghaní
(1839 - 1897). Hay discrepancias sobre su lugar de nacimiento: en Irán
según unos y en Afganistán según otros. Estudió en la India, viviendo la
guerra civil de Afganistán en 1866. Se trasladó a Estambul, pero al año
tiene que partir para Egipto a causa de las enemistades ganadas entre los
clérigos musulmanes tradicionales. De 1871 a 1879 permaneció en El Cairo,
rodeándose de un grupo de intelectuales musulmanes. Allí entra en la
masonería, de donde es expulsado por su oposición al colonialismo. De
nuevo vive en la India durante casi tres años. De allí se trasladó a
París, donde fundó la revista Al-orwa al-wothqa (“el vínculo
indisoluble”), recogiendo, en sus 18 números editados, los principios
fundamentales del reformismo. Viajó a Irán, después lo hará a Rusia en
1889. En 1892 viaja a Inglaterra. Allí publicó artículos muy virulentos
contra el sha, quien fue asesinado unos años mas tarde a manos de un
discípulo de Jamal al-Din. Murió en Estambul. Su principal texto es el
libro Refutación de los materialistas. Del wahhabismo se diferencia en su
mayor conciencia crítica ante el desafío occidental.
Entre sus discípulos destacó el egipcio Mohammad Abdoh,
quien reformó la futura universidad cairota de Al-Azhar. A partir de
entonces, reformismo musulmán y política, en particular la lucha frente a
las potencias coloniales, se mezclan de forma indisoluble.
Como consecuencia de su gran influencia floreció,
inmediatamente, un importante elenco de intelectuales reformistas en todo
el mundo musulmán, incluida la India.
Otro importante movimiento se enmarca dentro del gran
río del reformismo: los Hermanos Musulmanes. Fundado por otro egipcio,
Hassan Al Banna (1906 - 1949), se trata de un movimiento muy organizado y
activista, que arraigó especialmente en Egipto, pero también en Siria,
Palestina y otros países musulmanes. A su entender, la Umma es una sola
nación, debiendo volver a las enseñanzas del origen del islam para
recuperar su grandeza. A su muerte le sucedió Sayyid Qutb (1906-1966),
quien murió ahorcado. Consideraba que el islam contiene un compendio
suficiente de recetas para resolver los grandes problemas de toda época.
Juzgaba que para la aplicación de su programa era imprescindible una
revolución política. Los Hermanos Musulmanes fueron perseguidos, en
Egipto, por Nasser y sus sucesores. En Siria también sufrieron una gran
persecución de la mano del fallecido presidente Assad y su partido laico
Baas.
El wahhabismo.
El wahhabismo estructura por completo la sociedad de
Arabia Saudita y por ello es bastante conocido a través de los medios de
comunicación, al menos, en sus rasgos externos. De hecho, aunque cuenta
muchos seguidores en otros países islámicos, esta interpretación estricta
sunnita únicamente se ha impuesto, por completo, en Arabia Saudita.
Mohamed Ibn Abdul Wahhab (1703 - 1787) es el teólogo
que, en la tradición procedente de Ibn Hanbal (780 - 855) y de Ibn Taymiya
(1263 - 1328) formuló esta corriente. La escuela jurídica hanbalí -ya lo
hemos visto- es la más rigurosa de las cuatro existentes en el islam
sunnita. Establece que la sharia proviene exclusivamente del Corán y de la
sunna, o seis compendios de hadits (tradiciones complementarias del Corán,
que recogen los hechos y las palabras de Mahoma). Rechaza todos los hadits
y la jurisprudencia no coránica.
Mohamed Ibn Abdul Wahhab nació en Neyed, una provincia
del centro de la península arábiga. Estudió en Medina, Irán e Irak. De
regreso a su tierra, propugnó el retorno a un islam purificado. Organizó
la comunidad de los “unitarios” (vinculados al principio de la Unidad
divina), ganando numerosos adeptos a los que señaló unas creencias simples
y un código moral muy estricto.
Sus creencias se pueden resumir en los siguientes
principios básicos:
- Sólo Alá es digno de adoración.
- Las visitas a las tumbas de sabios y santos son
ajenas al verdadero islam. De ahí arranca su profundo rechazo a las
prácticas sufíes.
- La introducción de nombres de santos en las oraciones
equivale a incredulidad.
- Cualquier creencia ajena al Corán, la Sunna, o
deducciones de la razón, es equivalente a la incredulidad, lo que debe ser
castigado con la muerte.
- Cualquier interpretación esotérica se asimila a la
incredulidad.
Se impuso la asistencia obligatoria a la oración
colectiva en las mezquitas mediante medidas policiales, prohibió el
alcohol, el tabaco y afeitarse la barba. Aplicó la sharia de forma literal
(incluidas las penas corporales) según la escuela jurídica hanbalí.
Mohamed Ibn Abdul Wahhab convirtió a su causa al emir Mohamed Ibn Saud,
cuyo hijo, Abd al-Aziz, conquistó toda Arabia, amenazando Alepo, Bagdad y
Damasco. Derrotado por un ejército egipcio, fue decapitado en Estambul.
Rebelándose contra la religiosidad decadente de los
turcos, anteriores custodios de las mezquitas de La Meca y Medina, la
reforma religiosa wahhabita se tiñó también de un marcado color político.
Pero su recuerdo perduró y otro líder árabe, también
llamado Abd al-Aziz (conocido como Ibn Saud), en torno a 1926 fundó la
moderna Arabia Saudita, con Medina y La Meca, a la vez que implantaba un
islam riguroso según la interpretación wahhabita.
Arabia Saudita.
En Arabia Saudita, en la actualidad, predomina el
wahhabismo en su aplicación estricta: mantiene la segregación de las
mujeres, prohibe los cines públicos, no permite la conducción de vehículos
por mujeres, cualquier práctica religiosa no musulmana en público o
privado es perseguida, prohibe las cofradías místicas y el sufismo, aplica
un código penal que acepta la amputación de la mano por robo, la
flagelación, la lapidación, etc. Para mantener esas normas se creó la
Mutawwa´in, una policía de carácter religioso.
Pero la familia reinante, dada su vinculación
internacional con Estados Unidos de América, ha sido cuestionada por otros
sectores islámicos de dentro y fuera. La ocupación de La Meca en 1979 fue
consecuencia de esas graves tensiones internas. También el asesinato del
presidente egipcio Sadat se enmarca en las tensiones planteadas por
quiénes propugnan un islam purificado. Sin embargo, el magnicidio del rey
Faisal de Arabia Saudita el 25 de marzo de 1975 a manos de un sobrino, si
bien no está aclarado en sus motivaciones últimas, no parece que tenga ese
mismo origen.
La presencia en suelo saudí de 35.000 norteamericanos,
con motivo de la guerra del Golfo, suscitó las críticas y el resentimiento
de un sector muy radical de ulemas y jeques sunnitas, wahhabitas
radicales. En ese malestar podemos encontrar el caldo de cultivo del
movimiento de Osama Bin Laden.
Expertos politólogos en la zona afirman que es una
simplificación explicar la situación de este país como un enfrentamiento
entre partidarios de Estados Unidos y radicales wahhabitas.
Desde 1744 se practica una alianza entre legitimidad
religiosa y poder político: la familia real, los al-Saud, ostenta la
legitimidad religiosa como protectora de la fe. Esto implica una serie de
obligaciones.
Por otra parte, Arabia Saudita no presenta una realidad
tan uniforme, tal como pueda parecer desde el exterior, afirman expertos
en el área. Así, aseguran que existe de hecho cierto pluralismo: la
ortodoxia wahhabita convive con algunas corrientes sunníes reformistas,
grupos minoritarios chiíes, un movimiento opositor sunnita salafita y la
pervivencia de prácticas sufíes en algunas zonas del país.
Esas tensiones internas no han impedido que, con el
inmenso capital procedente del petróleo, desde Arabia Saudita se impulse
al islam misionero de múltiples formas y en todo el mundo, habiéndose
convertido en una de sus fuentes de financiación más importantes.
Las autoridades religiosas de La Meca -su Consejo de
Ulemas- mantienen, además, una gran autoridad en todo el mundo musulmán.
Sus ingresos petrolíferos permiten sufragar la peregrinación a La Meca de
millones de musulmanes de todo el mundo. Construyen numerosas mezquitas y
centros asistenciales, especialmente en África subsahariana, manteniendo a
cientos de miles de refugiados palestinos. Igualmente, financian la
construcción y el mantenimiento de enormes mezquitas en Europa (como la
madrileña situada en la M-30 y, próximamente, otras en Barcelona, Las
Palmas y Málaga), así como la expansión musulmana en Filipinas y Asia
central.
¿Qué relaciones mantiene con las guerrillas y los
grupos armados islamistas? Se trata de una cuestión muy compleja. En ese
sentido, se ha señalado la posible alianza, en su día, entre importantes
representantes del wahhabismo actual y el Frente Islámico de Salvación
argelino. Y no olvidemos que el primero que reconoció al nuevo gobierno
talibán de Afganistán, junto al de Pakistán, fue Arabia Saudita. También
se ha señalado la confesionalidad wahhabita de buena parte de los
dirigentes guerrilleros chechenos. Respecto a las incuestionables
vinculaciones de algunos miembros de la numerosa familia real saudí con
Osama Bin Laden, no es fácil determinar si tales apoyos son consecuencia
de la mera solidaridad familiar o el fruto de comunes convicciones
ideológicas. Lo que es indudable es la procedencia wahhabita de la mayor
parte de dirigentes y demás integrantes de la red terrorista internacional
Al Qaeda.
Otras presencias del wahhabismo en el mundo.
Nos asomaremos, brevemente, a su incidencia en Asia
central y en los territorios de la antigua URSS; por su importancia
estratégica y por tratarse de naciones en proceso de consolidación y de
búsqueda de su identidad colectiva.
Empezaremos por los territorios de mayoría musulmana de
la Federación rusa.
En Daguestán el wahabbismo ha chocado frontalmente con
el sufismo, lo que supuso una auténtica guerra civil entre 1995 y 1998. En
Osetia del Norte también ha hecho acto de presencia, mientras que en
Ingushetia, Kabardino-Balkaria y Karachaevo-Circasia, las respectivas
autoridades locales, de convicciones laicas, han intentado prevenir su
penetración. Adigueya es la región menos islamizada del entorno.
El presidente de Chechenia, Aslan Aliyévich Masjádov,
proclamó la República islámica el 5 de noviembre de 1997. El 11 de enero
de 1999 anunció una nueva constitución y el 4 de febrero estableció la
sharia como la única fuente del derecho checheno. Pese a ello, en los años
anteriores, se había opuesto a los sectores que habían adoptado el
wahhabismo (caso de Shamil Basáyev y Salman Radúyev), apoyándose en la
tradición sunnita practicada en la zona, más próxima a las cofradías
sufíes. El 5 de julio y, posteriormente, el 7 de agosto, grupos
guerrilleros wahhabitas penetraron en Daguestán. Pese a ser derrotados por
las fuerzas federales rusas, sirvió como motivo, junto a los atentados con
bombas en Moscú, para el inicio de la segunda guerra ruso-chechena;
generalizada al invadir las tropas rusas Chechenia el 30 de septiembre.
Todavía hoy continúa la guerra, persistiendo núcleos terroristas en
algunas zonas aisladas del interior de Chechenia y en países limítrofes.
Con motivo de los atentados con bombas de Moscú, fue identificado como
responsable de los mismos Atchemez Gotchiyev, un wahhabí natural de
Karachaevo-Circasia. Su lugarteniente era Denis Saitakov, un uzbeko de
madre rusa, que había estudiado en una escuela coránica de la república de
Tatarstán y que se había entrenado en Chechenia bajo las órdenes del
comandante Amir Jatteb, otro mítico guerrillero wahhabí, al parecer
jordano.
Hace unos meses la Universidad Islámica de Rusia,
localizada en el Tatarstán, un territorio que forma parte de la Federación
rusa y que se caracteriza por un marcado acento laicista de total
subordinación de la religión al poder político, licenció a su primer grupo
de estudiantes coránicos. Estos licenciados pasaron a mezquitas y centros
educativos de diversos lugares de Rusia, para atender a parte de los 20
millones de musulmanes que viven en la república. Su rector, Abdurrashid
Jazrat Zakirov, afirmó que el wahhabismo está excluido de los planes de
estudio. Las autoridades rusas vienen apoyando esta institución para
prevenir la penetración de las corrientes wahhabitas.
En Uzbekistán las autoridades locales apoyan a la orden
sufí Naqshabandiyya, en un intento de contrarrestar al fundamentalismo
musulmán. Dicha orden lideró la lucha antirusa desde la ocupación por los
Zares. Este empleo del sufismo local viene de lejos. Durante años, el NKVD
y el KGB gobernaron Chechenia-Ingushetia con la ayuda de los dirigentes de
dicha orden local sufí. Por ello, muchos musulmanes acusaron a los sufíes
locales de colaboracionismo con las autoridades ateas y comunistas. Doku
Zavgayev, presidente del Soviet Supremo de Chechenia-Ingushetia en 1990 y
cabeza del gobierno pro-ruso en 1996 en Chechenia, era miembro de la orden
Naqshabandiyya.
En Kazajistán y en Kirguizistán también se han
detectado labores de proselitismo wahhabita, si bien las autoridades
políticas intentan detener ese avance mediante el control de las
autoridades religiosas.
Azerbaiyán cuenta con un 70% de población chiíta. El
islam, desde el desmoronamiento del comunismo, también ha avanzado
públicamente allí, si bien existe una división entre las elites: quiénes
miran a Irán, modelo de teocracia islámica y quiénes lo hacen hacia la
vecina Turquía y su modelo occidental y laico.
Tayikistán ha sufrido durante años el acoso constante
de guerrillas fundamentalistas, favorecido por la proximidad de
Afganistán. También allí predomina la cofradía sufí local Naqshabandiyya.
¿Incide el wahhabismo en el vecino Marruecos? Allí
predomina el malekismo oficial. Con todo, algunos ulemas han pedido a
Mohamed VI que defienda la “soberanía del culto” marroquí, en tanto que
“Príncipe de los creyentes”, frente al pujante wahhabismo; todo ello según
recientes informaciones de elsemanaldigital.com.
Wahhabismo en España.
El wahhabismo, estamos viendo, desarrolla una ofensiva
en todo el mundo siguiendo cuatro líneas de acción: expansión misionera
mediante cuantiosas inversiones en el África subsahariana, reislamización
de los musulmanes de las antiguas repúblicas soviéticas, progresivo
control de los musulmanes emigrados a países no islámicos y captación al
islam de antiguos cristianos. España, en su contexto, no permanece ajena a
tal ofensiva.
Podemos destacar tres factores claves de la situación
del islam español: la división de las entidades y organizaciones
musulmanas, la pertenencia al sunnismo moderado de la mayoría de los
fieles aquí radicados (siendo su grupo principal el de los procedentes del
vecino Marruecos), y el chorreo de dinero saudita. En estas
circunstancias, el wahhabismo empieza a gozar de cierto predicamento en
las mezquitas españolas, si bien existen numerosas organizaciones y
entidades islámicas de todo tipo: cofradías sufíes, asociaciones de
conversos españoles, grupos chiíes… lo que parece indicar de momento un
islam poco monolítico y plural.
Precisamente, esta circunstancia de fragmentación
asociativa quiere ser aprovechada por las autoridades wahhabitas, según
informó recientemente el diario La Razón en un interesante estudio de R.
Ruiz y C. Serrano. El primer paso en su estrategia expansionista sería la
constitución y control de un Consejo Superior de Imanes de España, ya en
tramitación, dotado de capacidad para la emisión de dictámenes de
jurisprudencia islámica (fatwas) y concebido como la “autoridad religiosa
islámica, científica y total”. Uno de sus instrumentos sería la
construcción de nuevas mezquitas. Así, se unirían en los próximos años a
las ya construidas en Marbella y Madrid, la proyectada en Barcelona y
otras en Las Palmas de Gran Canaria y Málaga (ciudad a la que se desplazó
el Ministro de Asuntos Islámicos de Arabia Saudita para supervisar
proyectos cuantificados en cuarenta millones de dólares). Esta estrategia
estaría coordinada por el director del Centro Islámico de Madrid, contando
con el apoyo del Consejo Continental Europeo de Mezquitas, la Liga
Islámica Mundial, la Organización Rabita y la Comisión del Waqf Europeo.
Su labor se complementaría con la formación científica y teológica de los
futuros imanes (generalmente, de escasa capacitación) en las doctrinas
wahhabitas y una generosa financiación.
En la mencionada crónica se informaba, igualmente, de
la lucha interna existente dentro de la principal organización islámica
española, la Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas, por el
control de su liderazgo; pugna en absoluto ajena a las actividades de los
hombres del wahhabismo en España. En todos estos planes, de extensión de
la hegemonía wahhabita en España, particularmente en Málaga, ocuparía una
posición clave el imán Mohamed Kamal Mostafa, director de la mezquita de
Fuengirola, quien justificó en un libro el maltrato de las mujeres por sus
maridos, generando con ello una gran controversia en los medios de
comunicación españoles.
Algunas reflexiones finales.
Buena parte de los gobiernos de Oriente próximo han
procurado evitar el contagio del fundamentalismo en sus distintas
vertientes -chiíta, wahhabita, salafita- mediante una islamización de las
leyes, alejándose de esta manera de los modelos occidentales. Sin duda,
tales medidas han contribuido a transformar profundamente esas sociedades
musulmanas.
El islam avanza, en mayor medida o menor medida, en
todo el mundo. Sorprende, por ejemplo, el aumento de conversiones al islam
producidas entre los afroamericanos de Estados Unidos; recordemos a la
organización Nación del Islam, protagonista de espectaculares
movilizaciones multitudinarias. Pero también se han producido captaciones
entre miembros de otras etnias; incluso de anglosajones (¿recuerdan al
talibán norteamericano?). Igualmente, encontramos incipientes comunidades
musulmanas en lugares tan poco proclives, aparentemente, al islam, como es
el caso de Perú.
La creciente presencia musulmana también preocupa en
Europa desde la concreta perspectiva de la seguridad, pues esas
comunidades podrían contagiarse del afán misionero de sus hermanos en la
fe y ensanchar en el futuro una fractura social, ya existente, sin
precedentes. De hecho, ha generado una profunda preocupación la facilidad
con la que se han desenvuelto en Europa los distintos integrantes de la
red internacional de Al Qaeda implicados en los atentados del 11 S,
gracias al apoyo que han encontrado en medios islámicos. Frente a unas
incipientes y jóvenes comunidades, unidas por su fe islámica, la población
autóctona europea se caracteriza por un progresivo envejecimiento y por
carecer de firmes convicciones sin aparente ambición de futuro. El
discurso ideológico predominante en Europa, “políticamente correcto”,
habla, ante todo, de tolerancia, multiculturalismo y pluralismo; ignorando
los profundos desajustes sociales existentes y la realidad de unas
comunidades cerradas, herméticas e impermeables a los principios oficiales
de una laicidad neutra. En este complejo contexto, el joven islam europeo
puede plantear, en un futuro inmediato, imprevisibles desafíos de
indudables efectos sociales y políticos.
Bruce B. Lawrence, jefe del Departamento de Estudios
Religiosos de la Universidad de Duke, aseguró recientemente que Osama Bin
Laden “tiene secuestrado al wahhabismo”. A su juicio, es la pureza
espiritual el objetivo del wahhabismo, mientras que las concomitancias
militaristas de Osama Bin Laden lo aproximarían al fascismo, una ideología
ajena al islam.
Es decir, para algunos, el wahhabismo es rehén de Bin
Laden y sus extremistas. Para otros, ya lo veíamos en palabras de Stephen
Schwartz, al contrario, Bin Laden y Al Qaeda son su consecuencia. En
cualquier caso, nos enfrentamos a una situación nueva, dramática y
universal, cuyas implicaciones religiosas, sociales, políticas,
estratégicas, económicas y de seguridad, no alcanzamos, todavía, a
vaticinar en todo su alcance.
Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 66,
febrero de 2003 |