La fe tiene que
comprometerse
Jaime Septién
Frente al drama humano de la guerra —sea "preventiva"
o no— los cristianos tenemos que apelar a lo que enseña la Iglesia, antes
que "sacar conclusiones" de lo que opinan o los líderes políticos o los
medios de comunicación.
Frente al drama humano de la guerra —sea "preventiva" o
no— los cristianos tenemos que apelar a lo que enseña la Iglesia, antes
que "sacar conclusiones" de lo que opinan o los líderes políticos o los
medios de comunicación.
La fe lleva cosida a su esencia el compromiso.
Imposible decir que tengo fe en Cristo y no trabajar por la paz de Cristo,
por la justicia de Cristo, por imitar a Cristo en su santidad.
Llevados al extremo: trabajar por la paz no significa
estar en la ONU, atendiendo los asuntos del Consejo de Seguridad o en la
presidencia de la república, decidiendo si doy el voto o no a una nueva
resolución contra de Iraq... Es actuar por la paz en mi vida, con mi
familia, con mi grupo, en mi escuela, en mi taller, en mi sociedad.
Perdóneseme el juego de palabras: ser cristiano es ser
cristiano; no es sentirse cristiano. El sentimiento es algo muy bonito,
ennoblecedor, pero con el sentimiento no se cambia nada; al contrario, se
deja todo como está: quizá peor.
Cristo fue muy duro en sus palabras contra aquellos que
reducían el amor al Padre a puras fórmulas, a pura apariencia, a puro
sentimiento. Los llamó "raza de víboras", "sepulcros blanqueados",
"hipócritas", entre otras lindezas.
Nosotros no tenemos —ni de lejos— la altura moral, la
santidad de Jesús para juzgar a los otros y echarles en cara su poca
musculatura para construir el Reino de Dios en la Tierra. Nuestra fuerza
vital está en el testimonio de seguimiento a la huella de Cristo.
Muchos cristianos de México se sienten hoy orillados a
apoyar la guerra, porque "si no la apoyamos, las represalias serían
enormes para nuestro país". Sin olvidar que nuestro vecino del Norte es la
nación más poderosa del planeta, que trata a sus "socios" como trapos, la
única salida es el "NO" rotundo del Papa a la guerra.
Es la respuesta de la Iglesia; la de la fe: la que
daría Cristo hoy. Nada justifica la muerte de un solo ser humano a manos
de otro. Nada. Como tampoco nada justifica la agresión o la violencia
contra mi vecino, mi familiar, mi conciudadano.
La muerte tiene muchas formas de presentarse: la muerte
física que es espantosa, pero, también, la muerte del alma, la que
producen los padres que golpean a su hijo o a su esposa; los maestros que
maltratan a un niño, los malos sacerdotes (afortunadamente muy pocos) que
abusan de un menor; los políticos que se roban lo que le hace falta a un
pueblo hambriento; los periodistas que desinforman y maltratan la
esperanza…
Son esas "muertes cotidianas" las que podemos ir
anulando de nuestra experiencia. Así, caminaremos en la fe siguiendo a
Jesús y trabajando, comprometidos, por la paz.
«Yo pertenezco a aquella generación que ha vivido la
Segunda Guerra Mundial y que ha sobrevivido. Tengo el deber de decir a
todos los jóvenes, a aquellos más jóvenes que yo, que no han tenido esta
experiencia: ¡Jamás la guerra!, como dijo Pablo VI a las Naciones Unidas.
¡Debemos hacer todo lo posible! Sabemos bien que no es posible la paz a
cualquier precio. Pero sabemos todos cuán grande es esta responsabilidad.
¡Por tanto, oración y penitencia!». JUAN PABLO II, en el Angelus del
pasado domingo.
Publicado el 20 de marzo de 2003. |