[MEDIOS] VIDA HUMANA
INTERNACIONAL
La libertad liberada
Adolfo J. Castañeda
Dios ha creado al hombre con la facultad de la
libertad, pero le ordena que use esa libertad correctamente. "Te pongo
delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que
vivas tú y tu descendencia, amando a Yahveh tu Dios, escuchando su voz,
viviendo unido a Él" (Deuteronomio 30:19-20; cf 30:15-18). El hombre usa
la libertad correctamente cuando libremente escoge someterse a la ley de
Dios, la cual le conduce a su propio bien, al de su prójimo y al Bien
Supremo, que es Dios mismo. De manera que la ley de Dios, lejos de estar
reñida con la verdadera libertad, le sirve de guía para alcanzar el bien,
es decir, la realización de su naturaleza y dignidad humanas.
La libertad humana en realidad tiene dos dimensiones.
La primera es simplemente la capacidad de decidir entre una cosa u otra,
entre el bien y el mal. Es lo que San Agustín llamaba liberum arbitrium,
el libre albedrío. La otra dimensión, que en realidad corresponde a la
libertad cristiana, y por ende a la auténtica libertad humana, es la
libertad que consiste en la capacidad de conocer y realizar siempre el
bien, que es lo que San Agustín llamaba libertas.
La libertas tiene a su vez dos aspectos. El primero es
el de ser libre de la esclavitud del pecado, por medio de la verdad de
Cristo, que ilumina la mente para conocer el mal del cual hay que
librarse. "Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis
discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Juan
8:31-32) y la fuerza que da el Espíritu Santo para romper con el yugo de
los malos hábitos. "Porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo
Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte" (Romanos 8:2).
La segunda dimensión de esa libertad liberada es la de,
una vez libres del pecado, conocer y hacer el bien. Ese conocer y hacer el
bien es posible, de nuevo, gracias a la verdad de Cristo que ilumina la
mente y la fuerza del Espíritu Santo que mueve la voluntad. "Pues en esto
consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus
mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al
mundo [del pecado]. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es
nuestra fe" (1 Juan 5:3-4).
Esta segunda dimensión de la libertas es la que da pie
a la creatividad del cristiano o de toda persona de buena voluntad en la
que, de forma sólo por Dios conocida, actúa la gracia de Cristo. Esa
creatividad en la realización del bien, la tuvieron los santos y la tienen
muchas otras personas buenas que usaron y usan su ingenio e iniciativa
para crear nuevas formas de servir a sus hermanos (hospitales,
organizaciones, formas ingeniosas de resolver dificultades en la
realización de la labor apostólica, etc). Se trata de aquella creatividad
que es reflejo de la creatividad misma de Dios, creatividad que nace del
amor. La ley de Dios, la que nos ordena hacer cosas positivas, como dar de
comer al hambriento, visitar al enfermo, etc., es la que guía e inspira
este aspecto creativo de la libertas (cf Mateo 25:35-36).
La "cultura" de la muerte se aprovecha mucho de la
palabra "libertad" para tergiversar su significado. En particular, tiende
a usar el concepto de libertad confundiendo el libre albedrío con la
determinación del bien y del mal por parte de la voluntad humana
individual. Por ejemplo, la internacional del aborto, llamada Federación
Internacional de Planificación de la Familia (IPPF, por sus siglas en
inglés), les dice a los jóvenes que sólo ellos pueden decidir qué hacer
con su sexualidad.
Esta aseveración tiene en realidad dos significados
distintos que han sido mezclados astutamente. Uno de ellos es que toda
persona tiene una voluntad y por tanto una capacidad para decidir (libre
albedrío). Decirle eso a alguien es decirle lo obvio. El otro significado
es que sólo la persona puede decidir lo que está bien o lo que está mal
para ella. Eso equivale a decir que la persona es la que determina por
ella misma lo que está bien y lo que está mal. Eso se llama relativismo
moral. El relativismo moral conlleva al individualismo y fácilmente,
debido al efecto del pecado original, al egoísmo.
Al separar la libertad individual del universo de
valores objetivos de la persona, que las normas morales expresan y que
guían su camino hacia el auténtico bien, la libertad individual queda a
expensas de sus propios caprichos y corre el peligro de hacerse esclava de
sí misma. "En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un
esclavo" (Juan 8:34). Es decir, la libertad mal encaminada se convierte en
esclava de sí misma. Esa "libertad" esclavizada necesita ser liberada por
la verdad y por la fuerza del bien. "Si, pues, el Hijo os da la libertad,
seréis realmente libres" (Juan 8:36).
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Publicado el 20 de marzo de 2003. |