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Harto de la Iglesia católica
Germán Sánchez Griese
Sí... estoy harto de la Iglesia Católica como me la
presentan últimamente los medios de comunicación.
Harto de que me muestren una caricatura de sacerdote
que no es sino un homosexual empedernido, un pedófilo enmascarado o un
amigo del buen vivir. ¿Es que ya se acabaron los sacerdotes que sean
"hombres" normales?
Harto de oír hablar de la rodilla de un Sumo Pontífice
que parece llevar a cuestas no sólo su dolor, sino el cúmulo inmenso de
los chismes y las habladurías que su enfermedad genera en el mundo de los
medios. Tal parece que algunos sólo buscan el escándalo y lo sensacional
para hacerla noticia y pasto de quienes se regocijan con el pesar ajeno.
Harto de escuchar las así llamadas luchas de poder que
generan el supuesto vacío de autoridad en el que se halla la Iglesia
Católica. ¿Qué saben ellos del arte y del amor de dirigir la Iglesia
Católica cuándo la encajonan y la etiquetan como una empresa
multinacional?
Harto de ver películas como "Priest" en dónde el
sacerdote es un obispo déspota, un párroco concubinario o un joven
coadjutor homosexual. ¿Es que sólo existen sacerdotes de ese tipo?
Harto de no ver ni oír por ninguna parte la noticia
sensacional de tantas monjas que entregan su vida día a día en la luminosa
claridad de un convento de clausura desgranando sus vidas frente al
sagrario para pedir precisamente por quienes más calumnian a la vida
consagrada.
Harto de que no se haga escándalo ni noticia
internacional de las almas consagradas, hombres y mujeres, que pasan
largas horas hablando con los encarcelados, con los drogados, o limpiando
pacientemente las heces que los enfermos psicóticos dejan como estelas en
los hospitales para enfermos mentales, verdaderos lugares alucinantes.
Harto de que el África con sus miles y miles de
escuelas y hospitales regenteados por sacerdotes y religiosas quede
siempre relegado al más profundo silencio, olvidado a pasar sus días en el
polvo dorado de la sabana, escondido a los ojos del mundo, debatiéndose
siempre en profundas y cruentas guerras civiles cuyos heridos y muertos
son siempre cuidados por sacerdotes y monjas.
Harto de ver a una Saffira que a punto de ser lapidada
por el Islam levanta olas de estupor e indignación mundial, mientras que a
un obispo ruso le es negada, en flagrante violación a las leyes
internacionales, el retorno a su lugar de trabajo sin que ninguno de los
comités de los así llamados "derechos humanos" abogue por él o sea capaz
de alzar su voz un centímetro en los medios de comunicación. Y ni qué
decir de tantas mujeres adúlteras como Saffira que todos los días reciben
la extraordinaria noticia del perdón de Dios de manos de un sacerdote
católico. De esto no hay noticia.
Harto de que los medios presenten las escenas de
quienes por defender una ballena gris o azul o amarilla se lanzan a los
mares en balsas maltrechas, se encadenan a ferrovías, mientras que un
grupo de monjes franciscanos en Belén arriesga su vida por un puñado de
palestinos sin conmover a la opinión mundial.
Harto de que muchos católicos, como camino y coartada
fácil a su falta de celo apostólico o su indiferencia religiosa digan con
despecho frente a esta conjura de los medios: "No quiero oír hablar de la
Iglesia Católica".
Harto de ver cómo la fe de tantas y tantas personas
humildes, sencillas y buenas puede quedar lastimada de por vida, tal y
como sucedió en la España de los años ochentas en donde a base una
persuasiva y feroz propaganda destruyeron la fe de muchas personas,
minando el aprecio y la estima por el sacerdote, precisamente a partir de
calumnias, tal y como lo están haciendo ahora.
Pero estoy seguro que de esta persecución la Iglesia
Católica, nuestra Iglesia Católica saldrá victoriosa como siempre ha
salido, pues a semejanza de los primeros tiempos, son estas persecuciones
las que como un bautismo de sangre permiten que se vigorice y se renueve
en sus hijos fieles, amantes y siempre leales.
Publicado el 20 de marzo de 2003.
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