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[FIRMAS] CARLOS DÍAZ

Del querer al hacer

En la medida en que se pueda, la acción será el fruto final de la madurez vital. Mucho hablar y poco hacer no es de recibo. «Yan-kieu dijo a Confucio: tu doctrina me complace, maestro, pero no me siento con fuerzas para practicarla. El maestro le contestó: los débiles emprenden el camino, pero se detienen a la mitad; tú, ni siquiera tienes voluntad para iniciar el camino; no es que no puedas, sino que no quieres». En la Parábola de Buda sobre la casa en llamas, Bertold Brecht trazó la misma imagen: «No hace mucho vi una casa que ardía. Su techo era ya pasto de las llamas. Al acercarme advertí que aún había gente en su interior. Fuí a la puerta y les grité que el techo estaba ardiendo, incitándoles a que salieran rápidamente. Pero aquella gente no parecía tener prisa. Uno me preguntó, mientras el fuego le chamuscaba las cejas, qué tiempo hacía fuera, si llovía, si no hacía viento, si existía otra casa y cosas parecidas. Sin responder volví a salir. Esta gente -pensé- arderá antes de que acabe con sus preguntas».

Algunos hacen que las cosas buenas sucedan, porque trabajan para ello; como la hormiga, día a día acarrean su alimento para el invierno. Otros observan lo sucedido, sin trabajar; como el buho, abren mucho los ojos, pero no hacen nada más. Los terceros preguntan por qué sucedió. Como los papagayos, hablan y hablan, pero tampoco hacen nada. Y los últimos ni siquiera se interesan por lo ocurrido; como la cigarra, todo el día cantan y luego mendigan.

La flojera acaba con nosotros, pues produce exceso de confianza y terquedad, imprevisión (el perezoso no distingue entre lo prioritario y lo derivado, entre lo urgente y lo importante), desorganización (es tarea fácil hacer que las cosas simples parezcan complejas, lo difícil es hacer que lo complejo parezca simple), disritmia, inconstancia y carencia de interés y voluntad: ¡es sorprendente el tiempo que se necesita para concluir algo en lo que no se está trabajando! Resulta difícil remontar como águila cuando se trabaja como ganso. El perezoso se estorba a sí mismo, cuando comienza a preguntarse si es la hora de irse, ya pasó la hora de irse. Al perezoso se le hielan las migas entre la boca y la mano; después, la sociedad llora el bien que el perezoso demora. La ociosidad camina con tal lentitud, que todos los vicios la alcanzan. En suma, no haciendo nada se aprende a hacer: a hacer el mal, de ahí que a quienes nada hacen el diablo les encuentra trabajo.

Cuando no se lucha contra la flojera se producen los siguientes mecanismos de defensa: negación («no rompí el coche», sabiendo que miento, lo cual nos causa vergüenza, culpabilidad, angustia); racionalización («me fue mal en el examen porque la maestra no preguntó lo acordado», en realidad no estudié); proyección («mi profesor no me estima», en realidad yo no le estimo a él, y transfiero mis propios sentimientos hacia su persona para justificar así la mala relación, culpabilizandole); reactividad («soy el más valiente de mi clase», en realidad temo ser el más cobarde: deformo la realidad); identificación («quiero que mi hijo sea médico»: pretendo superar mi propia frustración obligando a que otro logre lo que yo no pudo, romanticismo adolescente que construye la vida sobre la fantasía); desplazamiento («estos lectores son todos tontos», y así busco unas víctimas sobre las que trasladar mi frustración); represión («son todos/as ustedes maravillosos», porque si dijera la verdad me harían el vacío: gasto todas las energías para ocultar mi desagrado, terminando agotado, y cuanto más a la defensiva, menos capacidad para resolver los conflictos); regresión («tengo siete años», dice el niño de nueve, porque quiere volver hacia el pasado más seguro; ante la incapacidad de enfrentar un conflicto, doy marcha atrás: me como las uñas, etc); huida (huyo cuando hago lo que el otro quiere y yo no; no reclamamo lo que es mío ni pido lo que necesito; me autocompadezco atribuyéndome la maldad de todo, etc).

¡Cuántos enemigos llevo dentro, Dios mío!

 

Publicado el 19 de marzo de 2003.

 

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