Imprimir

[FIRMAS] CARLOS DÍAZ

Evitable discordia: declaración en pro de una ética mundial

En una sociedad pluralista y multicultural como la de hoy se trata de buscar al menos un acuerdo máximo en los mínimos y al menos un acuerdo mínimo en los máximos, toda vez que la moral racional de mínimos resulta común a todos los humanos, sin por ello rechazar los máximos que viven las religiones más minoritariamente en sus iglesias, en la medida en que no se opongan a dichos mínimos éticos dialógicos. Se intenta, pues, sumar y no restar, detectar cuáles son nuestros valores comunes, compartidos por creyentes y no creyentes, para construir una ética cívica donde se superen intolerancias recíprocas, aunque la experiencia cotidiana nos vaya enseñando que la honradez, la bondad, la responsabilidad, etc, no son patrimonio exclusivo de nadie; más aún, la misma experiencia nos enseña que a veces quienes tienen otras creencias religiosas o ni siquiera las tienen nos dan lecciones de rectitud, compromiso ético, defensa de los valores humanos, etc. El pluralismo ha devenido tan inevitable, que ni siquiera en el interior de las iglesias existe monismo; tan es así, que a veces el entendimiento parece más fácil en ciertos aspectos con los situados fuera de la propia Iglesia, que con quienes están dentro.

Ahora bien, sociedad pluralista no quiere decir que no haya entre los ciudadanos nada en común, como si todo se resolviese en meras preferencias individuales, sino todo lo contrario: precisamente el pluralismo es posible en una sociedad cuando sus miembros, a pesar de sus ideales distintos, demuestran tener en común unos mínimos morales que les parecen innegociables y a los que han ido llegando libremente y no por imposición, mínimos morales desde los que es posible construir juntos una sociedad más justa. En la ciudad pluralista los valores compartidos son: el valor intocable de cada persona humana, su dignidad, los derechos humanos, la libertad, la igualdad, la solidaridad. Y aunque en la práctica ocurra que todo eso sea continuamente violado y conculcado, ello no nos exime de la obligación de seguir trabajando en su favor, siquiera sea a través de la crítica de lo que hay.

Las grandes religiones de la humanidad han manifestado también su reconocimiento -por razones intersubjetivas- de un mínimo moral común a toda la humanidad, compuesta por creyentes y por no creyentes, en su Declaración en pro de una ética mundial (Chicago, 1993), con la idea de lograr paulatinamente intereses más concretos. De momento la declaración se articula en principios todavía muy generales, el central de los cuales consistiría en una exigencia ética universalmente aceptada («todo ser humano ha de ser tratado humanamente porque posee una dignidad inviolable») y el siguiente en una regla ética común a las distintas tradiciones religiosas, la regla de oro («no hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti»). El seguimiento de estas dos reglas conllevaría una transformación marcada por cuatro directrices presentes también en todas las religiones: a. La no-violencia y el respeto a la vida («¡no matarás!»). b. La solidaridad y la búsqueda de un orden económico justo («¡no hurtarás!»). c. La tolerancia y el compromiso por una vida vivida con veracidad («¡no mentirás!»). d. La igualdad de derechos y la hermandad entre varón y mujer («¡no prostituirás ni te prostituirás!»).


 

Publicado 24 de marzo de 2003

 

Inicio ] [ Atrás ]