[FIRMAS] P. SANTIAGO
MARTÍN
El valor del fracaso - 4º Domingo de Cuaresma
“Dijo Jesús a Nicodemo: Lo mismo que Moisés elevó la
serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre,
para que todo el que cree en Él tenga vida eterna”. (Jn 3, 14-16)
No podemos dejar de ver las cosas con nuestros ojos y,
humanos como somos, nuestra mirada tiende a volverse calculadora y
materialista. Medimos y sopesamos las cosas y los acontecimientos
considerando éxito o fracaso a lo que ocurre en función de los resultados
aparentes. Pero la mirada de Dios es distinta. Por eso, el recuerdo de que
Cristo triunfó cuando fracasaba y que en la Cruz fue cuando más atrayente
se volvió, nos debe ayudar a considerar nuestras situaciones personales
con otra óptica. Quizá los números no sean tan importantes y, desde luego,
no son lo más importante. Lo principal es siempre la fidelidad a la propia
conciencia, aunque tarden mucho en reconocer la razón que teníamos.
Por eso es fundamental saber perseverar, ser fieles a
Cristo, a la Iglesia y a lo que nos dicta la conciencia. Si lo hacemos así
estaremos ofreciendo a los que nos observan -y cuando sufrimos es cuando
más nos observan- un ejemplo a seguir. Cuando perseveramos, a pesar de las
dificultades y aunque no obtengamos el éxito esperado, es cuando somos más
útiles, como le pasó a Cristo. Basta con asegurarse de que el camino
elegido es el correcto, no sea que estemos insistiendo en el error y no en
la virtud. Para eso habrá que emplear el criterio ya citado, en este
orden: Fidelidad a Cristo, interpretado por la Iglesia, con el eco que
despierta en nuestra conciencia.
Publicado el 19 de marzo de 2003. |