[FIRMAS] RODRIGO
GUERRA
Mons. Oscar Arnulfo Romero en el XXIII Anversario de
su muerte
El 24 de marzo de 1980 mientras celebraba la Eucaristía
en la Capilla del Hospitalito de la Divina Providencia, Mons. Oscar
Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador, fue muerto por el disparo de un
francotirador. El 24 de marzo de 1994 fue introducida su causa de
Canonización. A continuación anotamos una breve biografía de un hombre que
amo radicalmente a Cristo y que también radicalmente tuvo la
disponibilidad para servir a su pueblo con la ofrenda de su propia vida. A
veintitrés años de su muerte, su testimonio sigue iluminando con la fuerza
del Evangelio la realidad que hoy nos toca vivir y afrontar.
Oscar Arnulfo Romero Galdámez, nació en Ciudad Barrios,
Departamento de San Miguel (El Salvador), el 15 de agosto de 1917, día de
la Asunción de la Virgen María. Oscar, desde pequeño, fue conocido por su
carácter tímido y reservado, su amor a lo sencillo, su interés por las
comunicaciones y su clara inclinación a la vida sacerdotal. A los cuatro
años sufrió una grave enfermedad que le afectó notablemente en su salud y
que lo llevó al borde de la muerte.
En el transcurso de su infancia, en ocasión de una
ordenación sacerdotal en el pueblo, Oscar habló con el cura que acompañaba
al recién ordenado y le manifestó sus grandes deseos de hacerse sacerdote.
Su deseo se convirtió en realidad, una mañana el pueblo vio al pequeño
Oscar montando un pequeño caballo junto al padre Benito Calvo rumbo a su
nuevo destino. Ingresó al Seminario Menor de San Miguel en 1929, contaba
aún con escasos doce años de edad, y a pesar de las desavenencias
económicas que pasaba la familia para mantenerlo en el seminario, Oscar
avanzó en su idea de entregar su vida al servicio de Dios y del pueblo.
Estudió con los padres Claretianos en el Seminario
Menor de San Miguel desde 1931 y posteriormente con los padres Jesuitas en
el Seminario San José de la Montaña hasta 1937. En el tiempo que se
iniciaba la II Guerra Mundial, fue elegido para ir a estudiar a Roma al
Colegio Pío Latinoamericano y completar su formación sacerdotal.
Fue ordenado sacerdote a la edad de 25 años en Roma, el
4 de abril de 1942, y continuó estudiando en Roma para completar su tesis
de Teología sobre los temas de ascética y mística, pero debido al
recrudecimiento de la guerra en Europa, tuvo que regresar a El Salvador y
abandonar la tesis que estaba a punto de concluir. Regresó al país en
agosto de 1943. En el transcurso de su viaje de regreso al país, fue hecho
prisionero de guerra junto a toda la tripulación en la Habana Cuba y
llevado a un campo de concentración junto a su eterno amigo Rafael
Valladares, debido a su procedencia de Italia, considerado un país del eje
hitleriano, por tal motivo su familia ya había comenzado a perder la
esperanza de volverlo a ver con vida.
Su primera parroquia fue Anamorós en el departamento de
La Unión. Poco tiempo después fue llamado a San Miguel donde realizó su
labor pastoral aproximadamente por veinte años.
Dada su amplia labor sacerdotal fue elegido Secretario
de la Conferencia Episcopal de El Salvador y ocupó el mismo cargo en el
Secretariado Episcopal de América Central. El 25 de abril de 1970, la
Iglesia lo llamó a proseguir su camino pastoral elevándolo al ministerio
episcopal como Obispo Auxiliar de San Salvador y en el día de su
ordenación episcopal dejaba claro el lema de toda su vida: “Sentir con la
Iglesia”.
Esos años como Auxiliar fueron muy difíciles para Mons.
Romero, sacerdote tradicionalista con rasgos de posturas conservadoras
frente a la situación que no se adaptaba a la pastoral social que se
impulsaban en la Arquidiócesis y además lo aturdía el difícil ambiente que
se respiraba en la capital. En El Salvador la situación de violencia
avanzaba.
Después de muchos conflictos en la Arquidiócesis, la
sede vacante de la Diócesis de Santiago de María fue su nuevo camino. El
15 de octubre de 1974 fue nombrado obispo de esa Diócesis y el 14 de
diciembre tomó posesión de la misma. Mons. Romero se hizo cargo de la
Diócesis más joven de El Salvador en ese tiempo.
En junio de 1975 se produjo el suceso de “Las Tres
Calles”, caserío ubicado en la Diócesis de Santiago de María. Un grupo de
campesinos que regresaban de un acto litúrgico fue asesinado sin compasión
alguna por agentes militares, incluso asesinando a niños inocentes. Hasta
ese momento Mons. Romero no había comprendido que detrás de las
autoridades civiles y militares, detrás del mismo Presidente de la
República, Arturo Armando Molina que era su amigo personal, había una
estructura de terror, que eliminaba de su paso a todo lo que pareciera
atentar los intereses de “la patria” que no eran más que los intereses de
los sectores pudientes de la nación. Ahí se marcó el nuevo horizonte de
Mons. Romero.
En medio de ese ambiente de injusticia, violencia y
temor, y tras la renuncia Mons. Luis Chávez y González, quien ya no sentía
fuerzas para guiar la Arquidiócesis; Mons. Romero fue nombrado Arzobispo
de San Salvador el 3 de febrero de 1977 y tomó posesión el 22 del mismo
mes, en una ceremonia muy sencilla. Tenía 59 años de edad y su
nombramiento fue para muchos una gran sorpresa.
El 12 de marzo de 1977, se conoció la trágica noticia
del asesinato del padre Rutilio Grande, S.J. por agentes de la Guardia
Nacional. Un sacerdote amplio, consciente, activo y sobre todo
comprometido con la fe de su pueblo había sido asesinado. Este incidente
marcó el inició de la etapa mas convulsiva de la historia salvadoreña.
Mons. Romero comenzó a identificarse más con los pobres
y a llamar a los asesinos y opresores por su nombre. Su opción comenzó a
dar frutos en la Arquidiócesis, el clero se unió en torno a él, los fieles
sintieron el llamado y la protección de una Iglesia que les pertenecía. La
situación se complicó cada vez más. Un nuevo fraude electoral impuso al
general Carlos Humberto Romero en la Presidencia. La voz y el derecho de
las mayorías era cada vez más reprimido.
En febrero de 1978 la Universidad de Georgetown, EUA,
le confirió el doctorado Honoris Causa por su defensa por la vida humana.
Sus homilías se convirtieron en una cita obligatoria de
todo el país cada domingo en su sede catedralicia. Desde el púlpito
iluminaba a la luz del Evangelio los acontecimientos del país y ofrecía
rayos de esperanza para cambiar esa estructura de terror que se arraigaba
en toda la República.
Los primeros conflictos de Monseñor Romero surgieron a
raíz de las marcadas oposiciones que su pastoral encontraba en los
sectores económicamente poderosos del país y toda la estructura
gubernamental que alimentaba esa institucionalidad de la violencia en la
sociedad salvadoreña, sumado a ello, el descontento de las nacientes
organizaciones político-militares de izquierda, las cuales fueron
duramente criticadas por Mons. Romero en varias ocasiones por sus
actitudes de idolatrización y su empeño en conducir al país hacia una
revolución como solución.
A raíz de su actitud de denuncia, Mons. Romero comenzó
a sufrir una campaña extremadamente agobiante contra su ministerio
arzobispal, su opción pastoral y su personalidad misma. Cotidianamente
eran publicados en los periódicos, editoriales, campos pagados, anónimos,
etc., donde se insultaba, calumniaba, y más seriamente se amenazaba la
integridad física de Mons. Romero. La “Iglesia Perseguida en El Salvador”
se convirtió en signo de vida y martirio en clero y en el pueblo.
Este calvario que recorría la Iglesia ya había dejado
rasgos en la misma, luego del asesinato del padre Rutilio Grande, se
sucedieron otros asesinatos más. Fueron asesinados los sacerdotes Alfonso
Navarro y su amiguito Luisito Torres, luego fue asesinado el padre Ernesto
Barrera, posteriormente fue asesinado, en un centro de retiros, el padre
Octavio Ortiz y cuatro jóvenes más. Por último fueron asesinados los
padres Rafael Palacios y Alirio Napoleón Macias y una larga lista de
Catequistas, Cursillistas, gente de vida cristiana, etc. La Iglesia sintió
en carne propia el odio creciente de la violencia que se había desatado en
el país.
Era sorprendente el observar en el ambiente salvadoreño
que un hombre tan sencillo y tan tímido como Mons. Romero se convirtiera
en un valiente defensor de la dignidad humana y que su imagen traspasara
las fronteras nacionales por el hecho de ser: “voz de los sin voz”.
Pero no solo los militares y los ricos eran sus
enemigos, muchas de los sectores poderosos y algunos obispos y sacerdotes
se encargaron de manchar su nombre, incluso llegando hasta los oídos de
las autoridades de Roma. Mons. Romero sufrió mucho esta actitud de sus
hermanos en el sacerdocio.
Ya a finales de 1979 Monseñor Romero sabía el inminente
peligro que acechaba contra su vida y en muchas ocasiones hizo referencia
de ello consciente del temor humano, pero más consciente del temor a Dios
a no obedecer la voz que suplicaba interceder por los pobres.
Por aquellas fechas, él decía: "De esta manera,
revisando nuestro hacer como comunidad de Iglesia y nuestra vida también
nacional a la cual esta Iglesia pertenece compenetrándose mutuamente
intereses de Iglesia e intereses de patria, no debíamos de ser dos
entidades antagónicas sino complementarias, pero eso sí, a base de tomar
inspiración una y otra, del único Rey y Pastor: Cristo nuestro Señor. Un
pueblo sólo podrá ser pueblo cuando sea dignamente tratado, respetado en
sus derechos, cuando sus gobernantes y el pueblo todo, las fuerzas vivas,
miren hacia arriba y esperen a aquel que es nuestro rey, nuestra justicia,
nuestra paz. Cristo nuestro Señor. No hay otra solución, queridos
hermanos. Querer construir una patria un porvenir, un mundo mejor de
espaldas a Cristo es querer edificar sobre arena. Los vientos, las
violencias derriban todo eso, sólo el que edifica sobre la roca de la fe,
sobre la inspiración del Rey que Dios ha puesto para regir a los hombres
en su vocación de la tierra y en su vocación del cielo, sólo asi,
gobiernos, obispos padres de familia, gobernantes, colaboradores, agentes
de pastoral, todo lo que es trabajar por la patria y por la Iglesia, sólo
en la inspiración del Cristo que tiene compasión de la muchedumbre y que
si no falla la colaboración nuestra, siempre encontrará recursos divinos o
encontrará hombres mejores que nosotros, para que le ayuden a gobernar el
pueblo."
Ya Mons. Romero se había convertido en una figura
pública a nivel nacional e internacional, por lo que muchos
reconocimientos comenzaron a llegarle y quizá el más significativo fue su
postulación al Premio Nobel de la Paz en 1979 y el Doctorado Honoris Causa
de la Universidad de Lovaina, Bélgica.
Uno de los hechos que comprobó el inminente peligro que
acechaba sobre la vida de Mons. Romero fue el frustrado atentado
dinamitero en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, en febrero de
1980, el cual hubiera acabado con la vida de Monseñor Romero y de muchos
fieles que se encontraban en el recinto de dicha Basílica.
El domingo 23 de marzo de 1980 Mons. Romero pronunció
su última homilía, la cual fue considerada por algunos como su sentencia
de muerte debido a la dureza de su denuncia: “Yo quisiera hacer un
llamamiento de manera especial a los hombres del ejército, y en concreto a
las bases de la Guardia Nacional, de la Policía, de los Cuarteles.
Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos
campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer
la Ley de Dios que dice: NO MATAR... Ningún soldado está obligado a
obedecer una orden contra la Ley de Dios... Una ley inmoral, nadie tiene
que cumplirla... Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que
obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado... La Iglesia,
defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad
humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación.
Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si
van teñidas con tanta sangre... En nombre de Dios, pues, y en nombre de
este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más
tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese
la represión...!".
El 24 de marzo de 1980 Monseñor OSCAR ARNULFO ROMERO
GALDAMEZ fue asesinado de un certero disparo, aproximadamente a las 6:25
p.m. mientras oficiaba la Eucaristía en la Capilla del Hospital La Divina
Providencia, exactamente al momento de preparar la mesa para recibir el
Cuerpo de Jesús.
Fue enterrado el 30 de marzo y sus funerales fueron una
manifestación popular de compañía, sus queridos campesinos, las viejecitas
de los cantones, los obreros de la ciudad, algunas familias adineradas que
también lo querían, estaban frente a la catedral para darle el último
adiós, prometiéndole que nunca lo iban a olvidar. Raramente el pueblo se
reúne para darle el adiós a alguien, pero ese alguien lo sintieron como su
padre, quien los cuidaba, quien los quería. Como hecho insólito, en medio
de la multitud, fueron detonadas bombas las cuales lograron la dispersión
de la multitud y tener que sepultar a Mons. Romero a la mayor brevedad
posible.
Tres años de fructífera labor arzobispal había
terminado, pero una eternidad de fe, fortaleza y confianza en un hombre
bueno como lo fue Mons. Romero habían comenzado, el símbolo de la unidad
de los pobres y la defensa de la vida y la dignidad humana en medio de una
situación de dolor había nacido.
[Los datos biográficos proceden de
www.romeroes.com Han
sido ligeramente ampliados por Rodrigo Guerra L.].
Publicado el 26 de marzo de 2003.
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