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La casa del amor y la casa del miedo

Victoria Luque

¿En dónde hemos instalado nuestra Tienda? ¿En la casa del miedo, o en la casa del Amor?. Urge abandonar nuestros temores para andar por un camino nuevo, el de la Esperanza. Y nuestros hijos merecen que se les ofrezca esa convicción profunda de que tienen una Casa Abierta, acogedora, y verdadera, más allá de la muerte.

Hace poco leí un libro en el que se hablaba sobre la Casa del Amor y la Casa del miedo; decía el autor (Henry J. M. Nowmen, Signos de Vida, Edit. PPC) que vivimos permanentemente en la casa del miedo, todo son temores, incluso por cosas que ni siquiera han pasado en nuestra vida, pero que tememos -porque no tenemos fe, porque no confiamos en Dios-Padre, porque nos da miedo hasta respirar a pleno pulmón- que pasen. Y así, vivimos aprisionados, esclavizados por las cosas, protegiéndonos de todo y de todos, sin arriesgar nada y sin Vivir realmente, acogotados por sufrimientos reales e imaginarios. Una pena. Y el Señor viene a quitarnos esos miedos, por eso arriesgar, fiarse, abandonarse en su voluntad, con la convicción profunda, de que de Ël no puede venir nada malo, es elemento necesario para que nuestras vidas, mi vida en concreto, cambie.

El hecho es que aunque haya acontecimientos que sean dolorosos para mí, todo, incluso lo que no entiendo, aquello que me hace sufrir y desearía eliminar de un plumazo, todo, repito, es para mi bien personal y para el bien de los que me rodean. Ningún “mal” es gratuito, si fuera así, el Señor no lo permitiría. Ahora que estamos en tiempo de conversión, de vuelta a la Casa del Amor, quizás la oración podría ayudarnos a ver este nuevo sentido de la realidad. Y a gustar de la infinitud de hechos concretos en los que el Señor se ha manifestado fuerte, y poderoso; sólo hay que lavarse los ojos para ver.

Este cambio de percepción de la realidad no se puede dar sin un encuentro personal con Jesucristo, esto, que parece sólo una frase bonita, es lo que hace que haya personas dentro de la Iglesia que puedan donarse a los demás sin esperar nada a cambio, este encuentro es el que hace que tengan una alegría especial, una paz única, que tantas veces ansiamos en nuestra vida. “Quien busca encuentra, y al que llama se le abre”, esta frase de Jesús debería ser un acicate para cada uno de nosotros. Con esta actitud, se puede entrar en el “cielo” ya aquí en la tierra. Y se puede saborear la Esperanza. Algo que define al cristiano frente a las demás personas.

La esperanza es un regalo maravilloso de Dios, que debo mimar, y alimentar, sin esperanza estamos muertos, estoy muerta en vida. Sin un sentido en las cosas que hago todos los días, enseguida surge la crítica negativa, el juicio despiadado, la desesperación, la ira... todo el mal que anida en el corazón del hombre, cuando el Espíritu de Dios no está en él.

Por eso la esperanza, es tan importante. Y hay que darla a nuestros hijos. La esperanza en una Vida Nueva, en un encuentro con el Señor, cara a cara. En una promesa, la de la plenitud en El.

Con la experiencia de que esta Vida tras la muerte, ya es saboreada en cierta medida aquí en la tierra, y eso lo saben bien los que han entrado en la Casa del Amor y han experimentado los cuidados de Dios, su Paz, su Alegría profunda, que da otro sentido a la existencia. ¡Qué amables son tus moradas, Señor! . Y todo esto, sin obviar el sufrimiento, que existe, pero que con Jesucristo, el yugo es suave, y la carga ligera.

Lo que decía, esta esperanza hay que transmitirla a los hijos. Es urgente acabar con el tabú de la muerte. Los niños necesitan saber que van a morir, pero que ese no es el final, que tienen un Padre que les quiere aunque hagan cosas malas, y que les perdona y les acoge si ellos le buscan sinceramente. Necesitan ver también un sentido en sus vidas. Los niños no son tontos, y no se les puede ocultar esa parte importante de su existencia. Urge mostrarles el amor de Dios en sus vidas, y urge darles una esperanza real; el porqué yo, niño de 10 años, puedo sentir ira, puedo sentir rabia, y cómo a pesar de ello, mi Padre del cielo me quiere, y me espera para curarme mis heridas, y cómo yo, niño de 10 años, me doy cuenta de que soy orgulloso (esto me lo ha dicho a mí, mi hijo, él ya lo ha experimentado en su corta edad) y de que necesito el perdón, primero de mi hermano, al que he dañado, y después de mi Padre del cielo, al que quiero y me quiere.

Educar en la Esperanza es primordial para que nuestros hijos, mis hijos, crezcan sanos por dentro y por fuera. Y creo que no debemos dejar este papel al colegio, que puede ayudar, pero la palabra definitiva la tenemos los padres. “En las palmas de mis manos te llevo tatuado”, dice un salmo; nadie mejor que un padre/madre para darle a conocer, al hijo, lo importante que es entrar y vivir en la Casa del Amor.
 

Publicado el 27 de marzo de 2003.

 

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