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Jugando sucio

Pbro. Roberto Visier - cenaculost@cantv.net

Lo que nos parece que escapa a toda lógica humana y sobre todo cristiana, son esa serie de acusaciones continuas con apariencia de chisme, de descalificaciones que parecen ser las artimañas de una especie de “guerra sucia” de las iglesias y sectas no católicas contra la Iglesia Católica

Cuando se publica una mala información que contradice la verdad o que resulta ofensiva o calumniosa, existe el derecho, incluso podíamos decir que en ocasiones hay una verdadera obligación de defenderse, de aclarar la verdad sobre lo realmente acaecido o explicar las razones por las que se ha actuado de una determinada manera, para contrarrestar el juicio desconsiderado de los eventuales enemigos.

Pues bien, dejando aparte la distinta interpretación de la Biblia, los cambios que nos parecen arbitrarios sobre el modo de entender la Iglesia, la supresión de sacramentos y dogmas mantenidos durante más de un milenio, lo que nos parece que escapa a toda lógica humana y sobre todo cristiana, son esa serie de acusaciones continuas con apariencia de chisme, de descalificaciones que parecen ser las artimañas de una especie de “guerra sucia” de las iglesias y sectas no católicas contra la Iglesia Católica. Pareciera que el mejor argumento para integrar las filas de una de esas “iglesias”, fuera que como la Iglesia Católica no sirve, lo mejor es buscarse otro lugar donde seguir a Cristo con autenticidad. Pero en este caso no se utilizan razones de fe; simplemente se descalifica, se acusa, se inventa, se destruye, se calumnia. Me parece descubrir detrás de esto una actitud pueril o propia de gente que ha perdido la razón o los estribos por la rabia que siente y que dice palabras desconsideradas, groserías u ofensas de las que la misma persona se arrepiente cuando se ha calmado. Es una actitud muy propia de la debilidad humana que cuando no encuentra argumentos con los que defender sus tesis, recurre a la burla para aplastar o simplemente hacer sentir mal al contrincante.

De todo esto se sigue un daño muy grande e injusto. Ya lo dice el refrán: “calumnia que algo queda”.Así se suele sembrar la duda sobre la integridad moral del sacerdote con palabras como estas: “los sacerdotes tienen doble vida, tienen muchas mujeres, son homosexuales, solo buscan el dinero, etc.” Conozco personas que se han alejado de la Iglesia o de los sacramentos e incluso han cambiado de religión por prestar atención y creer este tipo de acusaciones. Sin embargo es otro el modo de proceder que Jesús nos indica: “No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados, porque con la medida que midan serán medidos” (Lc. 6, 37-38). Las citas del Nuevo Testamento son innumerables. Baste por ahora recomendar la lectura del capítulo 3 de la carta del apóstol Santiago. Impresiona la dureza del escritor sagrado contra los desmanes producidos por la maledicencia, por la “lengua larga” de los difamadores. Porque si un sacerdote falla ¿acaso se atreverán a decir que entre los suyos ninguno cae en tentación o se aleja convirtiéndose en oveja descarriada? ¿Tendrán el atrevimiento de afirmar que ellos son perfectos, que nunca se equivocan y lo hacen todo bien? ¿A quién le gusta que le saquen al sol sus pañitos sucios?

Por otro lado hacer creer a la gente en la infidelidad de una persona que ha renunciado a muchas cosas por su fe; que siguiendo el ejemplo del mismo Cristo no ha formado una familia para servir mejor al evangelio y entregarse más enteramente a Dios como enseña S. Pablo (I Cor. 7, 32-35); que enseña la pureza de costumbres y se esfuerza en ayudar a los demás; me parece algo sinceramente despiadado y cruel y sobre todo radicalmente falso. Muy bien, reconozco como sacerdote y como ser humano que tengo muchos defectos y que podría ser mucho mejor de lo que soy. Pero de ahí a pensar que yo me hice sacerdote por egoísmo, que soy infiel a las promesas que hice de rodillas ante Dios, que predico de un modo totalmente hipócrita lo que yo mismo pienso que no se puede vivir, que engaño a la gente por intereses humanos, en definitiva que ni siquiera yo creo ni vivo lo que enseña la Iglesia Católica,; eso ya es poner al sacerdote por el piso, como una persona corrompida y llena de maldad que se ríe de Dios en su cara. Y eso no se corresponde con la realidad. Eso es JUGAR SUCIO.

A pesar de todo eso la realidad se impone. Por eso el sacerdote y la Iglesia en general todavía gozan de una gran autoridad moral en Venezuela y en la gran mayoría de los países de tradición cristiana. Se confía en la labor social y educativa de la Iglesia. Muchas personas angustiadas por problemas personales acuden al sacerdote como persona discreta, capacitada para guardar un secreto, dar un consejo, consolar y animar. Es sin duda una de las partes más hermosas y difíciles del ministerio sacerdotal. Sin embargo el juego sucio llega más lejos lo que nos obliga a prolongar este discurso otro día.
 

Publicado el 28 de marzo de 2003.

 

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