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El castillo interior

Pbro. Roberto Visier - cenaculost@cantv.net

¿Quién nos abrirá la puerta para entrar en ese misterioso mundo interior? La santa doctora nos enseña que la puerta es la oración. Sólo el que comienza a practicar la oración de un modo constante podrá acceder a este Castillo

Si alguien supo describir su mundo interior con una gran clarividencia ese fue el gran doctor de la Iglesia San Agustín, obispo de Hipona en el Norte Africa a principios de siglo V. El mismo relata con su hermoso estilo literario, en el conocido libro de las Confesiones, cómo había buscado a Dios en las cosas exteriores, cuando en realidad lo tenía muy cerca, en lo profundo de sí mismo. Explica su encuentro con Dios como una luz interior deslumbrante que rompió su ceguera y le hizo descubrir la grandeza y la bondad de Dios, de tal modo que desde entonces no tuvo otro horizonte en la vida sino servirle. Es así, el encuentro con Dios se realiza sobre todo entrando en el cuarto y cerrando la puerta y orando a Dios que ve en lo escondido (Mt. 6,6). Pero ese lugar, más que nuestra habitación, es nuestro corazón. Entrar en el corazón y cerrar la puerta a todo para conversar amigablemente con el Señor.

Santa Teresa de Jesús, genial para las imágenes, tituló uno de sus más conocidos libros: Las moradas o el castillo interior. Para la santa el alma es como un castillo de su época: grandes murallas, una única y enorme puerta y multitud de habitaciones en el interior o moradas. En lo más profundo de nuestro castillo interior, en la morada más íntima y protegida, mora el Rey eternal, Jesucristo. Todo el libro es una admirable descripción de la apasionante aventura del alma, que entrando en su castillo interior va llegando cada vez más cerca del Rey, hasta llegar al matrimonio espiritual en la Séptima Morada.

¿Quién nos abrirá la puerta para entrar en ese misterioso mundo interior? La santa doctora nos enseña que la puerta es la oración. Sólo el que comienza a practicar la oración de un modo constante podrá acceder a este Castillo. Pues, aunque todas las personas tienen alma, muchas viven como si no la tuvieran, viviendo tan perdidas en las cosas exteriores y en sus muchas ocupaciones, que desconocen totalmente la riqueza que guardan por dentro y conociendo muy bien su cuerpo y cuidando mucho su salud y su físico, son ignorantes de su mundo interior. Hay muchos y muchas de admirables cuerpos llenos de vigor y belleza, de hermosa figura y poderosos músculos; pero posiblemente se quedarían aterrados si contemplasen su fealdad espiritual, si descubriesen que no han crecido por dentro, que todavía están chupándose el dedo como bebés.

Dice le Concilio Vaticano II que la mayor razón de la dignidad y grandeza del hombre es que está llamado a vivir en comunión con Dios. Y esto no se refiere solamente a la vida eterna sino a esta misma vida. Si el dador de todo bien, que está deseando llenarnos de bendiciones, es para nosotros un extraño, un desconocido, un vecino distante y a veces incómodo ¿de cuántos bienes nos estamos privando por ignorancia? Hablando S. Juan de la Cruz de los grandes beneficios que se siguen de la intimidad con Dios que sólo unos poquitos alcanzan, escribe: “Oh almas, creadas para tales grandezas y a ellas llamadas, ¿en qué se entretienen? Sus pretensiones son bajezas y sus posesiones miserias. Oh miserable ceguera de los ojos de su alma, pues para tanta luz están ciegas y para tan grandes voces sordas, no viendo que quedan de tantos bienes hechas ignorantes e indignas” (Cántico Espiritual).

¿Cuál será entonces el primer paso en nuestra búsqueda de Dios? Descubrir nuestro universo interior, el tesoro que guardamos dentro. Es comenzar a desear vivamente entrar dentro de nosotros mismos y descubrir al divino Huésped para comenzar una amistad verdadera y eterna. Mientras penetramos más profundamente en los caminos del recogimiento y de las métodos de oración, bastará con que Ud. se proponga desde hoy buscar a Dios por medio de la oración. La oración es una realidad profunda y misteriosa pero no complicada. No hace falta tener un gran coeficiente intelectual, ni estudiar mucho. Es necesario tener empeño, hacer propósito de no detenerse hasta hallar lo que se busca, lo que Santa Teresa llama una “determinación muy determinada”. Simplemente hable con Dios con el pensamiento o con las palabras, espontáneamente o con las hermosas oraciones de siempre o otras que conseguirá fácilmente en devocionarios católicos. Pero hágalo con atención y devoción, con la certeza de que es escuchado y que el fruto será inmediato, incluso aunque Ud. no lo sienta. Elija una hora determinada y dedíquele al menos diez minutos en la mañana y diez en la noche. Esto es sólo el principio; el crecimiento en la intensidad y en el tiempo dedicado dependerá de muchos factores: las ocupaciones, su edad, su estado, el ambiente en el que viva, su propia generosidad y disponibilidad, etc.

Lo importante es que Ud. se decida a entrar en el Castillo por la puerta de la oración, que decida darle la primacía en su vida a lo espiritual, que Dios empiece a ocupar el puesto que le corresponde, amado sobre todas las cosas, que dejemos de ser tan animales para ser más humanos y espirituales.
 

Publicado el 28 de marzo de 2003.

 

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