Mi alma tiene sed de
ti
Si pudiéramos vernos en el “espejo espiritual”
cuidaríamos nuestra vida interior como nuestra apariencia exterior, como
la salud de nuestro cuerpo. Un alma sin oración es una rosa marchita cuya
belleza se extingue, sus pétalos se caen y desaparece su olor. Es tierra
agrietada que parece gritar: “¡Tengo sed!”.
La vida espiritual de la persona es como una delicada
planta en continuo crecimiento, necesita ser cuidada con esmero para
mantenerse con vida y conservar su belleza. Si falta el agua la tierra se
seca, las hojas se caen y el vegetal languidece hasta morir. Si pudiéramos
vernos en el “espejo espiritual” cuidaríamos nuestra vida interior como
nuestra apariencia exterior, como la salud de nuestro cuerpo. Un alma sin
oración es una rosa marchita cuya belleza se extingue, sus pétalos se caen
y desaparece su olor. Es tierra agrietada que parece gritar: “¡Tengo
sed!”. Sin ella no hay crecimiento, ni madurarán los frutos que o no
brotarán, o se congelarán antes de madurar por la gélida temperatura de
alguien que no se pone al calor del Sol divino. Hay verdaderos gigantes y
forzudos, intelectuales brillantes, hombres y mujeres llenos de talentos,
pero sin oración su vida espiritual es la de un niño, la de un bebé torpe,
inexperto, incapaz de comprender las cosas espirituales. El cristiano sea
sacerdote o religioso, catequista o luchador social, joven o viejo, hombre
o mujer, profesional u obrero, nunca cumplirá a cabalidad su misión en el
mundo, no será un verdadero apóstol si no es persona de oración.
Sin la oración no podemos alcanzar el auxilio de Dios
necesario para nuestra salvación, que es un don que Dios regala al que se
lo pide. “Pidan y recibirán, busquen y encontrarán” (Lc. 11,9). Somos
débiles en la tentación ¿cómo venceremos con nuestras limitadas fuerzas?
El querer el bien está en nuestras manos, pero el hacerlo sin la ayuda de
Dios no. (Rom. 7,18). Por eso dice S. Alfonso de Ligorio que el que reza
se salva y el que no reza se condena; y el tormento terrible de los que se
pierdan será saber que les hubiese sido muy fácil salvarse si hubiesen
orado, pero no lo hicieron y ya es tarde porque pasó el tiempo de la
oración.
¿Cómo conservaremos la amistad con el Dios bueno si no
nos comunicamos con Él? La distancia hace el olvido. Recordemos siempre
que la oración es encuentro personal, es profundizar en la fe y en el amor
a Dios. No basta aprender el catecismo, leer toda la Biblia, estudiar
teología. La fe no es sólo conocimiento, es sobre todo experiencia
interior, es vida. Sin una verdadera experiencia de oración no hay
encuentro con Dios e identificación con Él, no hay verdadera sabiduría, ni
conocimiento de Dios. En realidad es Dios el que se da a conocer a si
mismo, es el Espíritu Santo el guía espiritual que nos va conduciendo en
un camino de fe que es camino de oración cada vez más profunda y eficaz.
Finalmente la oración dispone nuestro corazón para
recibir con mayor fruto los sacramentos que son fuentes de la gracia
divina, pero que dependen mucho de la disposición de la persona. La
oración nos hace más conscientes de nuestros pecados a la hora de recibir
el sacramento de la penitencia, nos ilumina interiormente sobre nuestra
pequeñez y sobre la necesidad radical que tenemos de Dios, nos ayuda a
escuchar con atención su Palabra y a comprenderla, hace que vivamos la
Misa de un modo nuevo, abre de par en par nuestras puertas interiores para
recibir a Jesús en la comunión, nos impulsa hacia Cristo “con ansias en
amores inflamados” (S. Juan de la Cruz), como busca el venado las
corrientes de agua, así mi alma te busca a ti Dios mío, tiene sed de ti.
Publicado el 28 de marzo de 2003. |