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Mi alma tiene sed de ti

Pbro. Roberto Visier - cenaculost@cantv.net

Si pudiéramos vernos en el “espejo espiritual” cuidaríamos nuestra vida interior como nuestra apariencia exterior, como la salud de nuestro cuerpo. Un alma sin oración es una rosa marchita cuya belleza se extingue, sus pétalos se caen y desaparece su olor. Es tierra agrietada que parece gritar: “¡Tengo sed!”.

La vida espiritual de la persona es como una delicada planta en continuo crecimiento, necesita ser cuidada con esmero para mantenerse con vida y conservar su belleza. Si falta el agua la tierra se seca, las hojas se caen y el vegetal languidece hasta morir. Si pudiéramos vernos en el “espejo espiritual” cuidaríamos nuestra vida interior como nuestra apariencia exterior, como la salud de nuestro cuerpo. Un alma sin oración es una rosa marchita cuya belleza se extingue, sus pétalos se caen y desaparece su olor. Es tierra agrietada que parece gritar: “¡Tengo sed!”. Sin ella no hay crecimiento, ni madurarán los frutos que o no brotarán, o se congelarán antes de madurar por la gélida temperatura de alguien que no se pone al calor del Sol divino. Hay verdaderos gigantes y forzudos, intelectuales brillantes, hombres y mujeres llenos de talentos, pero sin oración su vida espiritual es la de un niño, la de un bebé torpe, inexperto, incapaz de comprender las cosas espirituales. El cristiano sea sacerdote o religioso, catequista o luchador social, joven o viejo, hombre o mujer, profesional u obrero, nunca cumplirá a cabalidad su misión en el mundo, no será un verdadero apóstol si no es persona de oración.

Sin la oración no podemos alcanzar el auxilio de Dios necesario para nuestra salvación, que es un don que Dios regala al que se lo pide. “Pidan y recibirán, busquen y encontrarán” (Lc. 11,9). Somos débiles en la tentación ¿cómo venceremos con nuestras limitadas fuerzas? El querer el bien está en nuestras manos, pero el hacerlo sin la ayuda de Dios no. (Rom. 7,18). Por eso dice S. Alfonso de Ligorio que el que reza se salva y el que no reza se condena; y el tormento terrible de los que se pierdan será saber que les hubiese sido muy fácil salvarse si hubiesen orado, pero no lo hicieron y ya es tarde porque pasó el tiempo de la oración.

¿Cómo conservaremos la amistad con el Dios bueno si no nos comunicamos con Él? La distancia hace el olvido. Recordemos siempre que la oración es encuentro personal, es profundizar en la fe y en el amor a Dios. No basta aprender el catecismo, leer toda la Biblia, estudiar teología. La fe no es sólo conocimiento, es sobre todo experiencia interior, es vida. Sin una verdadera experiencia de oración no hay encuentro con Dios e identificación con Él, no hay verdadera sabiduría, ni conocimiento de Dios. En realidad es Dios el que se da a conocer a si mismo, es el Espíritu Santo el guía espiritual que nos va conduciendo en un camino de fe que es camino de oración cada vez más profunda y eficaz.

Finalmente la oración dispone nuestro corazón para recibir con mayor fruto los sacramentos que son fuentes de la gracia divina, pero que dependen mucho de la disposición de la persona. La oración nos hace más conscientes de nuestros pecados a la hora de recibir el sacramento de la penitencia, nos ilumina interiormente sobre nuestra pequeñez y sobre la necesidad radical que tenemos de Dios, nos ayuda a escuchar con atención su Palabra y a comprenderla, hace que vivamos la Misa de un modo nuevo, abre de par en par nuestras puertas interiores para recibir a Jesús en la comunión, nos impulsa hacia Cristo “con ansias en amores inflamados” (S. Juan de la Cruz), como busca el venado las corrientes de agua, así mi alma te busca a ti Dios mío, tiene sed de ti.
 

Publicado el 28 de marzo de 2003.

 

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