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[MEDIOS] Católicos
del Siglo XXI
¿Es Bush demasiado cristiano o no lo suficiente?
Análisis sobre el papel de la Religión en el conflicto
Los Estados Unidos están gobernados por un peligroso
fanático religioso. Así es cómo describen al presidente George W. Bush
muchos escritores de opinión, tanto domésticos como extranjeros. Para
Georgie Anne Geyer, escribiendo en el Chicago Tribune del 7 de marzo, la
intención del presidente de invadir Irak «se basa sobre todo en una
obsesión religiosa y en visiones de grandiosidad personal». «El presidente
de los Estados Unidos de América», alegaba, «se ve a sí mismo como parte
de un plan divino de Dios». Newsweek dedicaba su portada del 10 de marzo a
la religiosidad de Bush. Y en un artículo de opinión separado, Martin E.
Marty reconocía que «pocos dudan que Bush es sincero en su fe», pero le
preocupaba su «evidente convicción de que está haciendo la voluntad de
Dios».
De igual forma, Jackson Lears, en una artículo de
opinión del 11 de marzo en el New York Times, expresaba su preocupación
por el hecho de que la certeza de Bush de que está llevando a cabo un
«propósito divino» pueda aparejar peligrosas simplificaciones y «un
deslizarse hacia la autosuficiencia». Según Lears, en la Casa Blanca, «la
fe en la Providencia libera a uno de tener que considerar el papel de la
suerte en un conflicto armado, el menos predecible de los asuntos humanos.
Entre la voluntad divina y el saber hacer norteamericano, tenemos todo
bajo control».
En el Times de Londres del 1 de marzo, Stephen Plant
escribía: «Los partidarios de Bush han heredado la idea del destino
manifiesto. Para ellos la guerra contra Irak no es por el petróleo, es la
próxima cita con la salvación de Estados Unidos».
Estas y otras críticas similares han sido contestadas,
incluso por los enemigos de Bush. En el New York Post del 18 de febrero,
E. J. Dionne observaba que no tenía problemas a la hora de criticar al
presidente. Pero añadía: «¿Podemos pedir por favor que se ponga fin a la
pretensión de que las invocaciones regulares de Bush al Todopoderoso lo
convierten en una especie de extraño fanático religioso? En esto, resulta
más típicamente norteamericano de cómo lo pintan, especialmente nuestros
amigos en el extranjero».
¿Fanatismo religioso?
En un comentario en Business Week Online, Stan Crock
admitía que no estaba siempre de acuerdo con el uso del lenguaje religioso
por el presidente, pero estaba en desacuerdo con la afirmación de que el
fanatismo religioso está detrás de la estrategia de la Casa Blanca.
Recordaba que uno de los principales estrategas de la administración para
Irak es el secretario de Defensa adjunto Paul Wolfowitz, judío. Y el
secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, no está «hablando en lenguas
cuando conversa con el general Tommy Franks sobre los planes de guerra».
Fred Barnes, en la entrega del 17 de marzo de Weekly
Standard, explicaba que mientras Bush invoca fácilmente a Dios, evita
mencionar a Jesucristo, y pide tolerancia para todos los credos. «Sus
comentarios se confinan a cuatro áreas específicas: confortar a la gente
en el dolor, subrayar la capacidad de la fe para mejorar vidas, comentar
los misteriosos caminos de la providencia, y mencionar la preocupación de
Dios por la humanidad».
Sin embargo, algunos comentarios afirman que Bush está
sentando un peligroso precedente al permitir que su fe influya en la
política exterior. Pero, al mismo tiempo, aunque haya principios
cristianos detrás de sus decisiones, esto no sería nada nuevo para el
país.
La religión y la política exterior, de hecho, están
hermanadas desde hace tiempo en Estados Unidos, observa Leo P. Ribuffo en
una recopilación de ensayos, «The Influence of Faith: Religious Groups and
U.S. Foreign Policy», editado por Elliott Abrams en 2001. Ribuffo, un
profesor de historia en la Universidad George Washington, explicaba que
los debates de política exterior a lo largo del XIX incluían temas
religiosos tales como un deseo de extender el cristianismo y el temor a la
indebida influencia católica.
En 1898, el presidente William McKinley dijo al
Congreso que la intervención en Cuba satisfaría las aspiraciones
norteamericanas como «pueblo cristiano y amante de la paz», citaba Ribuffo.
Durante la Primera Guerra Mundial una pareja de preeminentes
presbiterianos -el presidente Woodrow Wilson y el secretario de Estado
William Jennings Bryan- estaban «convencidos de que Estados Unidos tenía
una especial misión en el mundo», observaba el ensayo.
La religión continuó formando parte en los debates de
política exterior durante la Segunda Guerra Mundial y posteriormente. Sin
embargo, Ribuffo cree que la religión tiene un papel más indirecto, y no
determinante, en la política exterior.
En otro ensayo, el profesor de Harvard, Samuel
Huntington, afirma que «la política y la religión no se pueden
desenredar». Observa la gran correlación entre cristianismo y democracia.
En muchos países cristianos y no cristianos, observa, la religión es
primordial para la identidad de una nación, tanto en su forma positiva
como negativa.
La sabiduría convencional, en las pasadas décadas, ha
defendido que la política exterior de Estados Unidos debería evitar
enredarse con la religión, observaba Mark Amstutz, profesor de ciencias
políticas en el Wheaton College. Pero la religión y las instituciones
religiosas todavía juegan un papel vital en las vidas de la gente. Las
Iglesias y las organizaciones basadas en la religión también juegan un
papel, aunque indirecto, en la política exterior, concluía Amstutz. Al
presentar perspectivas éticas y valores morales, las iglesias y las
organizaciones religiosas pueden ayudar a formular un «mapa de carreteras»
de la política exterior, observa.
También otros países
Una recopilación anterior de ensayos, publicada en
1994, coincidía en que basar la política exterior de Estados Unidos en
fundamentos puramente materiales y seculares, mientras se ignora la
importancia que juega la religión en muchos países, es un gran error.
Decir que el presidente Bush está motivado en parte por
su fe cristiana no significa que esté persiguiendo una política dictada
por las Iglesias. El presidente forma parte de la Iglesia metodista. Pero,
en opinión del obispo Melvin Talbert, encargado de las relaciones
ecuménicas de los Metodistas Unidos, expresada en una entrevista del 7 de
marzo en Newsweek online, «para nosotros está claro que no está siguiendo
las enseñanzas de su propia Iglesia o las enseñanzas de las Iglesias que
creen en una teoría de la ‘guerra justa’».
La fe religiosa de Bush tampoco significa que los
cristianos estén de acuerdo necesariamente con su estrategia política. El
antiguo presidente Jimmy Carter, conocido por su invocación de los
principios cristianos cuando estaba en el poder, expresó su total
desacuerdo con la política de Estados Unidos con relación a Iraq, en un
artículo del 9 de marzo en el New York Times.
Paradójicamente, la política de Bush con Iraq está
siendo fuertemente criticada por ignorar los principios morales, mientras
que, al mismo tiempo, comentaristas seculares le atacan por ser un
fanático religioso.
Los observadores exteriores sólo pueden especular sobre
cuánto peso juega la religión en las decisiones del presidente. Lo que
queda claro es que encuentra en su fe una fuente de consuelo personal y
moral y fuerza, además de una serie de principios que le ayudan a guiar
sus acciones. Por supuesto, otras consideraciones -políticas, económicas,
militares- también juegan un papel en sus decisiones.
Defender que un político debería decidir políticamente
en un vacío religioso y moral es ignorar las tradiciones norteamericanas
de muchos de sus presidentes y líderes políticos que han usado con
frecuencia el lenguaje religioso.
Además, intentar negar la legitimidad de la implicación
política de un cristiano por sus convicciones sobre el bien común es una
forma de «secularismo intolerante», observaba la nota doctrinal sobre
religión y políticos, publicada recientemente por la Congregación vaticana
de la Doctrina de la Fe. Marginar el cristianismo «amenazaría los
principales fundamentos espirituales y culturales de la civilización»,
afirmaba.
En su alocución del 13 de enero al cuerpo diplomático
acreditado ante la Santa Sede, Juan Pablo II observaba: «sólo la adhesión
a profundas convicciones éticas puede legitimar la indispensable
competencia profesional de los responsables políticos».
Publicado el 2 de abril 2003. |