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La médula del drama

Eduardo Hayen Cuarón

El conflicto armado en Irak abre el interrogante sobre cómo podemos constituirnos, desde el fondo del alma, en seres promotores de la paz mundial. No podemos dejar de preguntarnos si los gobiernos están educando a sus pueblos desde una base sólida de lo que es el hombre y cuál es el valor de la vida humana.

La violencia en Irak no se puede combatir con violencia callejera. En las protestas contra Estados Unidos se ven personas furiosas que toman calles y plazas de una manera que asusta. Representantes de partidos políticos que apoyan la invasión estadounidense son agredidos por iracundas turbas. Marchas contra la guerra terminan en toda clase de destrozos callejeros. El grito “no a la guerra” se vuelve una descarga de violencia interior. Y nos preguntamos si habrá más rabia acumulada en muchos que se dicen pacifistas, que en los soldados norteamericanos que combaten en el frente de batalla.

Ante el conflicto en Medio Oriente, la postura que responde más a nuestra vocación a la comunión es no tomar partido a favor de un bando maldiciendo al otro. Creo que no podemos imprecar totalmente a Estados Unidos y glorificar a Irak, o viceversa, sin rasguñar a la paz mundial. Porque muchos que se denominan pacifistas, en realidad, están sembrando odio por todas las esquinas. Y es que el hombre, frente a cualquier conflicto polémico, se ve acechado por la tentación de llevar hasta el extremo su postura. En los años de la guerra fría, el mundo se dividía en capitalistas y socialistas. Muchas personas llegaban a odiar tanto al sistema contrario que eran incapaces de percibir sus bondades. A veces se nos olvida que todos los seres humanos actuamos movidos por criterios verdaderos y falsos, y es preciso descubrir cuáles son los verdaderos en las personas que no piensan como nosotros. En la pugna de Irak podemos cometer el error de creer que los Estados Unidos es el móvil de todos los males de la humanidad. O bien pensar que Saddam Hussein y los terroristas árabes son los monstruos más grotescos de la tierra. Ambas opiniones son inútiles para resolver el problema y, en cambio, tienden a acentuarlo levantando más muros divisorios en la familia humana.

Es necesario reprobar los ataques a Irak, pues la violencia sólo hará crecer la espiral de violencia. La acción emprendida por los Estados Unidos es injusta e inmoral. Pero no podemos condenar al pueblo norteamericano ni a su sistema de gobierno como tales. Estados Unidos es una nación con grandes virtudes. Los pasos dados por la administración de George Bush a favor de la vida humana por nacer, fueron un giro contrario, y muy positivo, a las políticas contrarias a la vida del gobierno de Bill Clinton. Sin embargo no dejamos de reconocer su gravísimo error de haber emprendido la guerra en el Medio Oriente.

Lo que parece verdaderamente dramático es que ni los Estados Unidos ni Irak, ni muchos otros países, saben educar a sus ciudadanos en la bondad y en la justicia. He ahí el meollo del drama. Y cuando los asuntos humanos se enredan de tal forma que parece imposible desatar los enmarañados nudos, puede venir la desesperación y el recurso a la violencia como solución. Todo tiene su génesis en un error educativo.

Para construir una civilización que nos permita vivir en paz es necesario educar en cuatro aspectos de la vida humana. Primero, desarrollar una mirada contemplativa sobre la realidad que nos permita descubrir la vida del hombre como realidad sagrada, máximo valor, derecho inalienable y fundamento de todos los valores. La vida del prójimo me interpela y me llama a responsabilizarme, hasta cierto punto, de ella. Segundo, la plenitud de la vida es experimentar y vivir en el amor. Somos seres hechos para vivir en comunión de unos con otros. Sólo viviendo en comunión de amor podemos ser felices. Tercero, nuestra naturaleza humana está enferma, debilitada. Nacemos inclinados al egoísmo, tenemos tendencias desordenadas y malas inclinaciones. Se precisa entonces, si queremos vivir en comunión, una educación en el “morir un poco a nosotros mismos”. Y último, reconocer un poder superior que gobierna con sabiduría el universo. Sin conocer quién es Dios y sin ajustar nuestro comportamiento a sus leyes divinas, difícilmente podremos vivir en armonía. En el fondo, nada ni nadie puede domar el corazón rebelde del hombre; lo único que lo hace es el poder de Dios y la religión.

¿Será necesario salir a tomar las calles para manifestar nuestro repudio a la guerra? Puede ser que sí, pero habrá que hacerlo con el corazón en paz y en el esfuerzo por vivir en la comunión, no en el resentimiento. Un alma serena y alegre es el mejor servicio que podemos prestar a la paz universal.

Publicado el 3 de abril 2003.

 

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