El progresismo que
viene
Miguel Ángel Loma
El Mundo Feliz, que profetizara Aldous Huxley, a la
vuelta de la esquina.
«Creo que el paso decisivo fue la aprobación de aquella
ley que tanto defendieron los grandes laboratorios farmacéuticos, y que
trataba de ayudar a diabéticos y otros enfermos. Supuso la supresión
definitiva de los tontos prejuicios que entonces existían contra la
experimentación científica con embriones humanos. Luego, casi
seguidamente, vino la ley de interrupción voluntaria del embarazo, libre y
gratuita para todos. Ni una ni otra me inquietaron porque yo ya estaba en
este mundo, y todavía no logro comprender cómo hubo gente que estando tan
vivitos como yo, se sintieron tan indignados con ambas leyes. Cierto es
que al poco tiempo tuvieron que reformar la segunda (reforma que hubo de
superar la oposición de muchos sectores intolerantes) y convertirla en
obligatoria para embarazadas sin recursos y con alto riesgo de
infelicidad; bueno, y luego también para otros casos... Pero eso fue
debido a la crisis económica tan grave que por entonces padecimos; aquella
que precedió a la instauración universal de la Nueva Civilización
Democrática de Progreso, a cuyo amparo vivimos hoy tan felizmente.
Aquellos días los recuerdo muy bien porque poco antes de que aprobaran la
reforma, nació mi segundo hijo. Fue la época más dichosa de mi vida.
El siguiente gran avance humanitario lo trajeron las
diferentes medidas legislativas sobre interrupción voluntaria del
sufrimiento, para enfermos y otros seres desgraciados, que podían
solicitar ellos mismos o los familiares que acreditaran excesiva exigencia
de dedicación a estos enfermos. Tampoco esto me importó, porque entonces
yo gozaba de muy buena salud y mi familia todavía me adoraba (el
traumático episodio de mi divorcio y la pérdida de toda relación con mis
hijos vino después; pero no quiero volver más sobre esa etapa de mi vida,
porque este tipo de recuerdos personales me los tiene prohibido mi
psiquiatra, y luego tengo que atiborrarme de pastillas).
Más tarde ampliaron las anteriores medidas incluyendo
también a discapacitados y deficientes, lo que tampoco me inquietó
demasiado porque aunque nunca fui un atleta ni una lumbrera intelectual,
yo creo que distaba bastante de que me considerasen un inválido o un
imbécil (incluso gané una vez un concurso en televisión).
Lo último ha sido esa ley aprobada el año pasado que
tiene un nombre tan complicado y que no logro retener; esas malditas
pastillas me están dejando un poco imbécil (en sentido figurado, claro).
Bueno, aunque no sepa cómo se llama, sé que constituye un nuevo avance
social contra la improductividad ciudadana insolidaria o algo así. Como
hay gente que nunca está contenta con nada, al igual que pasó con las
otras leyes, también ha habido manifestaciones contra ésta y para
controlarlas han tenido que intervenir agentes especiales de pacificación.
La verdad es que estos grupitos contestatarios que se oponen por sistema a
las leyes progresistas me dan pena. Son casi siempre los mismos:
fundamentalistas religiosos y fanáticos irracionales que hablan de la
dignidad humana y de viejas palabras que ya nadie utiliza y que suenan muy
solemnes. ¿Dignidad humana? ¿Pero cuándo hemos vivido mejor que ahora? ¿No
se dan cuenta de que todo lo que hacen nuestros dirigentes es por nuestra
felicidad? Además, ¡que se preocupen aquellos que se sientan afectados!
Por mi parte estoy tranquilo. No es que mi trabajo sea
de una alta relevancia social, pero he sido un gran consumidor y he
gastado mucho dinero a lo largo de mi vida. Siempre se nos ha dicho que
las personas como yo constituimos el fundamento y sostén de la Nueva
Civilización. Mi única preocupación es que en los últimos meses no me
siento muy bien, me los he tirado casi enteritos yendo y viniendo al
hospital. Menos mal que los gastos corren a cargo del Estado de la Nueva
Civilización.
A propósito..., están llamando a la puerta dos
funcionarios del Ministerio de Sosiego y Felicidad. No sé por qué hay
gente que les tiene miedo. Yo siempre los he visto sumamente educados;
claro que, a diferencia de otros, no tengo nada que temer porque nunca me
he metido en política. Qué amables: traen una lista donde aparece mi
nombre. Esto va a ser uno de esos premios que conceden a quienes hemos
mantenido una actitud de ejemplar colaboración ciudadana. Estoy
intrigadísimo por conocer en qué consistirá mi premio, aunque si puedo
elegir me quedo con un crucero por el Caribe en uno de esos enormes
transatlánticos que aparecen en la publicidad del Ministerio. Como el que
me dijeron que obtuvo aquel tipo tan simpático que conocí en el hospital
los primeros días de mi enfermedad. Ahora recuerdo que cuando se lo
dieron, llevaba seis meses enfermo: el mismo tiempo que ahora llevo yo.
Debe tratarse de un largo viaje porque aquel tipo no ha vuelto aún. Los
amables funcionarios me ruegan que les acompañe. Ya no me queda duda de
que se trata de uno de esos estupendos cruceros, y además mejor de lo que
imaginaba: cuando he ido a recoger mis efectos personales y mi medicación,
me han dicho que no era necesario. Formidable: un largo viaje con
asistencia sanitaria incluida, y todo a cuenta del Ministerio. Para que
luego hablen mal de este Estado».
Publicado el 10 de abril 2003.
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