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Televisión y engaño en Iraq

Jaime Septién

La guerra de Bush ha sido la guerra más documentada desde el punto de vista del periodismo. Cerca de 500 periodistas fueron "empotrados" en unidades militares de avanzada, mientras mil 500 periodistas más anduvieron rondando en diferentes puntos de la geografía del Medio Oriente.

La guerra de Bush ha sido la guerra más documentada desde el punto de vista del periodismo. Cerca de 500 periodistas fueron “empotrados” en unidades militares de avanzada, mientras mil 500 periodistas más anduvieron rondando en diferentes puntos de la geografía del Medio Oriente.

Este acontecimiento inusitado no quiere decir que sea la cobertura más veraz que haya habido de un conflicto bélico. Ni por asomo. Ya se sabe que la primera víctima de una conflagración de este tipo es la verdad. Sin embargo, ha sido imposible para el Pentágono evitar la filtración de imágenes y reportes que han arañado la verdad.

La imagen, tanto como la independencia o la ética periodística, tienen una dimensión iconoclasta. Por más robusto que sea un imperio, por más desarrollada que tenga su capacidad de control, siempre habrá un elemento de imagen, de contenido, que lo desnude. Desde el “Guernica” de Picasso hasta el fondo de las informaciones en vivo de Nick Robertson en CNN, las imágenes quedan en la retina de la gente que se olvida de la retórica y se aferra a su condición de visionario de la realidad real.

Este es el quid de la cuestión: los receptores de todo el planeta sabemos que hemos sido engañados. Así se nos ha educado por la televisión y la publicidad. Algunos hemos habilitado aparatos paralelos de interpretación de las secuencias informativas. Otros, bien pocos, no. Y eso trae como consecuencia una sociedad que se vuelca a la televisión no para ver a la corresponsal o al enviado diciendo cosas, sino para tratar de descifrar el fondo de la imagen, justo donde se ve un ciudadano apesadumbrado frente a un bote de basura, comiendo desperdicios, o donde una aldea inerme arde en llamas.

En la estrategia de desenmascaramiento, como en todas las estrategias, a unos les va mejor que a otros. Unos atinan, otros no. Pero todos estamos ya equipados para montar nuestra propia versión de los hechos. El montaje de teología, encabalgado a la tecnología de destrucción, las constantes invocaciones de Bush y Hussein a Dios o Alá, no penetran nuestras conciencias.

Los eslóganes han terminado por saturar al receptor que, al menos en esta guerra, ha sabido discernir con claridad que ahí lo que hay es una mezcla de intereses petroleros, hegemónicos (del dólar) y mezquinos de Estados Unidos, y una terquedad brutal de un sátrapa (auspiciado por Estados Unidos en su primera etapa) que se aferró al poder sin importar, para nada, su pueblo.

Si bien es cierto que Estados Unidos utilizó una estrategia de choque en contra de la crítica o la mera suposición de la crítica o de la información pasada al enemigo a través de las pantallas o los periódicos de la Unión Americana, también lo es que lograron el efecto contrario: la guerra más documentada de la historia ha acarreado el repudio más generalizado de la historia.

Basta ver la reacción de los niños, habituales de la tecnología de la imagen. Se han sacudido la modorra y le han entrado con más intensidad que nunca a la rebelión y la protesta. No movidos por sus mayores, sino porque han tenido acceso en directo a los horrores de la guerra, sin entender, para nada, la retorcida palabrería del Pentágono. Conclusión: han reforzado dos cosas: su opción por la paz y la decepción de los Estados Unidos de América. A mi juicio, Bush no tiene idea de lo que ha hecho contra su país.

Publicado el 11 de abril 2003.

 
 

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