El principio del
bien superior
Jaime Septién Crespo
El bien de la institución, de la persona, de la
ciudad, de la empresa, del estado, está por encima del bien particular. El
fin de mi acción como padre de familia, como educador, como servidor
público, debe ser el bien superior al mío de la familia, del alumno, del
estado, de la ciudad...
He estado, los últimos días, reflexionando sobre este
artículo. Sobre la Doctrina Social de la Iglesia, la ley natural y la
capacidad que dan de tomar decisiones justas. Me refiero a decisiones y
acciones en las que se involucra la vida social y la individual. Voy a
tratar de explicarlo con una historia y una breve reflexión. El ejemplo es
del filósofo Kant, y se le llama, en la jerga filosófica “la tabla de
Carnéades”.
-Dos náufragos comparten un madero que, sin embargo, no
soporta el peso de los dos. Si uno de los dos (o un tercero) no echa al
otro al agua, se ahogarán ambos; si, por el contrario, queda uno solo
encima de la tabla, tendrá posibilidad de salvarse. Añadamos el dato de
que uno de los dos náufragos está gravemente enfermo. ¿Es lícito que el
náufrago sano arroje al agua al náufrago enfermo?-
Pensemos un poco nuestra respuesta. Si decimos que es
lícito, hay una consecuencia. Si la respuesta es que no es lícito, andamos
en la línea correcta. ¿Por qué? Porque decir que es lícito es tanto como
hacer legítimo lo que es injusto: el darle la muerte a otro para salvar
nuestra vida. Provocar la muerte de otro nunca puede ser un medio justo.
Y, por lo tanto, el fin (vivir en la tabla) no es legítimo. No hay fines
legítimos basados en medios ilegítimos. Por eso Kant declara: “No puede
haber ninguna situación de necesidad que haga lícito lo que es en sí
injusto”.
Nuevamente, en el caso de los náufragos, ¿por qué no es
lícito -si está enfermo, si la madera no aguanta, si va a morir-arrojarlo
al agua? La respuesta es simple: porque la persona es un fin en sí misma,
no un medio. Usarla como medio (para mi propia vida, para mi placer, para
mi prestigio) es instrumentalizarla, es decir, volverla instrumento,
objeto, cosa. La persona no es ni instrumento, ni objeto, ni cosa. Tampoco
la sociedad. Distinguir los medios de los fines es una labor que todo
aspirante a, o bien todo funcionario público debe hacer, en cada una de
las decisiones que tome. Lo mismo las personas que ocupan un puesto de
influencia, cualquiera que éste sea: padre de familia, maestro,
comunicador, político, ejecutivo....
El bien de la institución, de la persona, de la ciudad,
de la empresa, del estado, está por encima del bien particular. El fin de
mi acción como padre de familia, como educador, como servidor público,
debe ser el bien superior al mío de la familia, del alumno, del estado, de
la ciudad... No hay situaciones de necesidad que justifiquen el hacer
lícito lo que de por sí es injusto.
En el caso de las elecciones, la democracia parte del
principio de la inseguridad del triunfo. Nadie sabe cuál va a ser el
derrotero de la voluntad popular, ya soberana en buena parte de nuestro
país. Luego entonces, tanto el público como el candidato o el servidor
público deben apostar no a un candidato o a otro, porque le viene bien a
mis necesidad, eso sería instrumentalizarlo, volverlo objeto de mis
apetencias, sino al bien superior, al bien común, al de mi municipio, mi
estado, mi país.. Ojo que ello no implica dejar de tener simpatías
personales o políticas. Significa, simplemente, anteponerle un fin justo a
los medios, para volver a los medios justos.
Publicado el 16 de abril 2003. |