[AUTOR INVITADO]
Muerto y sepultado
Antonio Montero Moreno
Arzobispo de Mérida-Badajoz (España)
Nadie llega a ser plenamente un ser humano hasta tanto
no pasa por el trance de morir. A los humanos se nos suele llamar también
los mortales porque de la guadaña no se escapa nadie. Y, menos, el Hijo de
Dios e Hijo del Hombre, cuya razón de venir al mundo era igualarse al
máximo con nosotros, menos en el pecado. Y tanto más, cuanto que fue
precisamente su muerte la mejor muestra de obediencia, de amor a los
hombres, de comunión con nuestro destino e incorporación de los hombres al
suyo. Sin la muerte física de Jesús no alcanzaría su verdad entera la
Encarnación del Hijo de Dios.
I. Mirada al crucifijo
Todo se ha cumplido. Estamos en el fin del final: -
"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Y dicho esto, inclinó la
cabeza y expiró. Los soldados de Pilato le dieron por muerto y no le
quebraron las piernas como a los otros dos crucificados. Con todo, uno de
los guardianes recordado después como Longinos por la tradición cristiana-
para cerciorarse de su muerte, y como "tiro de gracia", empuñó la lanza y
taladró con ella el costado, es decir, el corazón, del crucificado, del
que manó luego sangre y agua.
Con lo cual, la lanzada vino a rubricar a un tiempo el
acta de defunción del Mesías, clave de nuestra salvación, y también su
amor insondable a los hombres, hasta la última gota de su ser viviente.
Vale decir también lo del "tiro de gracia" (expresión, por otra parte,
extrañísima), porque la brecha de Longinos hizo saltar los manantiales de
la gracia redentora: agua del Bautismo, sangre de la Eucaristía,
nacimiento místico de la Iglesia, del costado de Cristo ya exangüe, como
lo fuera Eva del de Adán dormido.
Todos los comentaristas de este pasaje evangélico,
hasta los exégetas de hoy, buscan claves simbólicas para su
interpretación. Es el mismo San Juan el que da pie para ello, confesándose
testigo de los hechos, cosa que hace rara vez en su Evangelio: "El que lo
vio, dice, da testimonio. Y su testimonio es verdadero y él sabe que dice
verdad, para que también vosotros creáis" (Jn 19, 36). ¿A qué decirnos
esto con tanto énfasis, si sólo se tratara de la secreción acuosa de una
herida? Estamos pisando, como Moisés en el Sinaí, una zona de misterio.
Sigamos por ella, aunque volando a menor altura.
Permanece todavía, alzada e izada en la cima del
Calvario, la cruz del escarnio y la victoria, con el INRI hecho grabar en
su cabecera por Poncio Pilato, proclamando, a contrapelo del Sanedrín, el
señorío mesiánico y universal del Nazareno crucificado. Reconstruyo en mi
interior su estampa más sublime: abiertos los brazos e inclinada la
frente, en gesto de acogida sobre el mundo. Amoroso el semblante en
expresión sagrada y silenciosa, según quedó plasmado en la pintura y la
escultura del Cristo de Velázquez o el de la Buena Muerte, de los
estudiantes sevillanos.
No hubo tiempo, empero, ni siquiera entonces, para una
callada meditación. Avanzaba la tarde del viernes y había que retirar los
cuerpos de los ajusticiados en las breves horas que faltaban para el
descanso sabático. Sobreponiéndose al trauma y al desconcierto, entran en
juego, rápidos y bien conjuntados, los mejores amigos de Jesús.
El primero, José de Arimatea, un noble senador,
discípulo suyo, que esperaba el Reino de Dios. De él dice San Marcos que
se dirigió resueltamente a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús; que
Pilato mostró su extrañeza de que hubiera muerto tan pronto y se aseguró
de ello llamando al Centurión (cautelas del Derecho romano); y que, al
fin, le concedió el cadáver a José de Arimatea.
II. El entierro de Cristo
Fue, pues, añade Marcos, "y quitó el cadáver". Esto
suponía desclavarlo, bajarlo de la cruz y llevarlo al sepulcro. Vamos por
pasos. Hablemos del Descendimiento, escena contemplada, con infinito amor,
por la devoción, la pintura y la escultura cristiana. Junto a José de
Arimatea acudió otro voluntario, también dispuesto a todo, el viejo amigo
de Jesús, el letrado Nicodemo. Eran dos hombres hechos y derechos, con
madurez para tomar decisiones, fieles a Jesús hasta la médula. Eran lo que
hoy llamamos dos laicos creyentes, cabales y comprometidos. Junto a ellos
estaba ¿quién lo va a dudar? Juan evangelista, discípulo amado, testigo
directo de la muerte de Jesús. Muchacho muy ágil y en plena juventud, como
lo muestra la carrera de la mañana de Resurrección, con Pedro jadeante a
sus espaldas.
Nos consta, igualmente, por los Evangelios sinópticos,
que las "Tres Marías", que le habían acompañado desde Galilea,
permanecieron hasta el final en el Calvario y siguieron de cerca a los
personajes masculinos mientras colocaban a Jesús en el sepulcro, de lo que
hablaremos enseguida. Estuvieron, pues, ellas presentes con toda evidencia
junto al Señor, ya muerto, cuando fue bajado de la cruz.
¿Y María, su madre? Si ella estaba junto al madero y de
éste lo bajaron, no hay que suponer lo evidente para afirmar que Cristo
muerto fue depositado, con patética ternura, en los brazos y en el seno
bendito de su madre, sin más comentario que un silencio sagrado, aunque no
olvido los estremecedores comentarios de nuestros clásicos asombrosos,
Fray Luis de Granada y el P. Luis de la Palma. Estamos en la cima icónica
y plástica de la devoción, a un tiempo cristocéntrica y mariana, que se
plasma en la Pieta de Miguel Angel y una entre mil barrocas y españolas-
la Virgen de las Angustias de mi Granada nativa, cuya medalla llevo al
cuello (¡perdón!). María su madre aparece también en ciertos cuadros
primitivos en el momento del sepelio. Los evangelios guardan silencio,
pienso que respetuoso.
III. Silencio ante el sepulcro
Ante la inminencia del sábado, hubo que buscar con
prisa un sepulcro en las inmediaciones del Calvario. Arimatea dio con él
en un pequeño huerto (la Magdalena buscaría allí al hortelano), en la base
misma del montículo. Dentro estaba excavado en la roca un sepulcro sin
estrenar. El sanedrita se hizo con él de inmediato, probablemente a título
provisional (¡y tan provisional!) mientras pasaba el Parascebe, o víspera
del sábado, como advierte San Juan Evangelista. Previamente había comprado
él una sábana nueva, en tanto que Nicodemo trajo consigo cien libras de
una mezcla de mirra y áloe. "Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo
envolvieron en lienzos con aromas, como es costumbre sepultar a los
judíos" (Jn 19, 40).
Jesús, en su vida pública, había presagiado esta escena
ante la mujer que derramó en sus pies un frasco de alabastro "de puro
nardo, de mucho precio". "No la molestéis, dijo, esta mujer se ha
anticipado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura" (Mt 12, 40). Y en
otro tono, en un momento álgido de su vida pública, les había dicho a los
fariseos: "Así como estuvo Jonás en el vientre del monstruo marino tres
días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en las entrañas de la
tierra tres días y tres noches" (Mt 12, 40). En este texto, de compleja
interpretación en otros aspectos que no son del caso, lo que subraya Jesús
con enorme fuerza es su bajada de tres días "a las entrañas de la tierra"
¿No es este un subrayado enorme a su condición humana, a su "hombreidad"
como diría Laín? Esto, pienso, encierra tantos mensajes como la llaga del
costado.
El sepulcro, en su pétreo mutismo, ¡expresa tantas
cosas! En él se depositan tan sólo los despojos mortales de un ser humano.
Para muchos el cementerio tiene la palabra definitiva. Eso querían los
poderes judíos tras la muerte de Jesús. Por ello consiguieron de Pilato
que se sellara el sepulcro y se mantuviera junto a él un turno de guardia
durante tres días (cf Mt 27, 62-66). Mirando a la Historia y al presente,
acuden a la mente tantos recuerdos cristianos, que van desde la sábana
santa hasta el sepulcro material, vacío tras la resurrección, imán de
veneración de todas las generaciones cristianas, que evocan un mundo
inquietante de cruzados de antaño, la pluralidad de custodios del
santísimo lugar, y la connivencia difícil entre cristianos católicos,
ortodoxos y reformados. ¿Y qué decir de la situación actual del santo
sepulcro y todos los lugares santos, como escenario de una guerra
fratricida entre los hijos de Abraham durante casi sesenta años? Cristo
sigue enterrado en el sepulcro vacío.
IV.- Salvador del género humano
En la misma línea de fe con que profesamos en el Credo
apostólico la muerte y el sepelio de Jesús, lo hacemos también con su
misteriosa "bajada a los infiernos", que realiza Jesús entre su muerte y
su resurrección, mientras yace en el sepulcro su cuerpo santo. Diversos
textos del Nuevo Testamento dan cuenta de este descendimiento, digamos que
del alma y la divinidad de Cristo, al lugar de los muertos. La palabra
infiernos de la misma raíz que inferior- significa, en la cosmovisión
judía, el valle profundo Sheol o Hades- donde sus espíritus estaban a la
espera del Salvador de la Humanidad. Adán, Eva, los antiguos patriarcas,
reyes, profetas y pueblo de Israel. Y, ¿qué sabemos de la humanidad
precristiana? serían objeto de esta visita transcendental. Cristo, al
morir en la cruz, "atrajo así a todo el universo" (Jn 12, 32). Por eso, de
este descendimiento, del que lo ignoramos casi todo, lo que se desprende
es que la sangre y la gracia de Cristo extienden su sombra salvífica a
todo el género humano.
Con Jesús de Nazaret, Hijo de Dios e Hijo del Hombre,
fueron sepultados, con aparente fracaso y frustración, todos los
inocentes, todos los perdedores de la historia. Sólo la fuerza de su
Resurrección pudo remover la piedra de su sepulcro y de todas las tumbas (incluídas
las piras y los hornos crematorios) de la doliente familia humana. Su
Resurrección gloriosa y para siempre no sólo viene exigida por su
condición divina, sino reclamada a gritos y aplausos por un imperativo
categórico de la justicia final y del triunfo del bien, que abra paso a la
nueva humanidad.
Publicado el 16 de abril 2003. |