Mes de mayo
Miguel Rivilla San Martín
Muchos recuerdos se tienen del mes de mayo que
perduran en el tiempo, uno de ellos es el de aquellas flores que se
llevaban a la Virgen María.
Son múltiples los recuerdos que en la generalidad de
los católicos adultos, evoca este mes de Mayo: plenitud de vida, eclosión
de primavera, primer enamoramiento, escarceos amorosos, recuerdo de la
madre, gestas patrióticas, fiestas religiosas, celebraciones familiares,
piedad mariana, mes de las flores etc. Tales remembranzas perduran al paso
de los años, en el niño que todos fuimos y que aún llevamos en el hondón
del alma y dentro de nosotros. No se borran fácilmente.
A veces, el sentimiento religioso adormecido, aflora
con fuerza en la vida y nos vuelve a todos un tanto nostálgicos. Quizás
recordamos la piedad e ingenuidad de los años infantiles. Aquellos
Ejercicios de las Flores en honor de María, aquel canto tan pegajoso y
emotivo de “Venid y vamos todos..”.Aquellos pequeños altares hechos por
nuestras manos en las aulas del colegio, aquellos rezos y poesías en honor
de la Sma Virgen, aquellas procesiones, aquellas comuniones, aquellos
paseos vespertinos a la vieja ermita del pueblo... ¡Cómo han quedado
grabados en nuestra mente y en nuestro corazón¡.
Es verdad que eran otros tiempos tan distintos a los de
ahora, - más bien felices.- cuando todavía la malicia, el cálculo y el
interés no habían endurecido o secado nuestro corazón. También-la verdad
sea dicha -nosotros éramos otros.
Entonces llegamos a experimentar como nunca, lo que era
el calor y el cariño verdaderos de la madre de la tierra y la presencia
amorosa y protectora de la Madre del cielo. Creíamos que nunca nos
llegarían a faltar. Pero..., pasaron los años y con ellos muchos de
nuestros afectos, sentimientos, ideales y comportamientos.
La dureza de la vida, la convivencia difícil, la
competencia laboral, los desengaños cotidianos, nos han ido encalleciendo
el alma y casi secado el corazón. ¡Lástima!.
Ya somos hombres hechos y derechos, curtidos por la
vida. Dimos pronto de lado a toda aquella piedad, candor y religiosidad
infantil. Tenemos para ello cada uno nuestras justificaciones. Caminamos
ya por la vida sin andaderas de ningún tipo. No necesitamos tanto montaje
religioso. Creemos saber de todo, aunque a veces ignoremos lo más
esencial. Estamos de vuelta de todo y el caso es que no sabemos ni a donde
nos dirigimos ni vamos a ninguna parte. A veces tenemos la amarga
sensación de encontrarnos solos, desamparados, huérfanos y hasta como
perdidos en este mundo inhóspito y en esta sociedad competitiva y
materializada.
Volvemos nuestro rostro en demanda de socorro y nadie
nos responde. Tratamos de disimular nuestro miedo, nuestro desconcierto y
sólo palpamos el vacío de nuestras vidas anodinas... Pero allí en el
hondón de nuestra alma anhelamos, como niños pequeños, la presencia de la
madre...
La de la tierra, quizás, hace ya bastantes años que nos
dejó. La del cielo, casi la hemos dejado nosotros a ella, con nuestra
autosuficiencia, con nuestros desamores y con nuestros pecados. Vivimos
inmersos en la charca del materialismo y del hedonismo... ¡Necesitamos una
mano!.
Algo o alguien quizás nos recordará aquella letra del
canto del “Salve Madre”,que con tanto fervor y entusiasmo cantamos antaño.
“Mientras mi vida alentare, todo mi amor para ti; mas si mi amor te
olvidare, Madre mía, Madre mía, tú no te olvides de mí”.
Si acaso, amigos, leéis estas sencillas líneas os
quisiera recordar una gran verdad. ¡No estamos solos en la vida!. Tenemos
una Madre, María, que está día y noche velando por todos y cada uno de
nosotros. Nos está aguardando con los brazos abiertos, como Auxiliadora
nuestra, para llevarnos a Jesús, su divino Hijo, Jesucristo.
Ella, la Madre de misericordia, no tiene misión más
importante que ésta. Acudamos con fe y confianza de niños pequeños en este
mes de mayo a María y experimentaremos una vez más, que a pesar de
nuestros olvidos, de nuestras incoherencias, de nuestros errores,
obstinaciones y pecados, Ella busca y quiere nuestro supremo bien y
felicidad, que tan sólo encontraremos en su divino Hijo Jesús. Dejémonos
querer todos por nuestra bendita Madre. Lo necesitamos.
Publicado el 25 de abril de 2003.
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