«La Eucaristía,
antídoto contra la muerte»
Ricardo Olvera / El Heraldo Católico
Presentó el Papa Juan Pablo II su nueva encíclica
Ecclesia de Eucaristía
«La Iglesia vive de la Eucaristía», empieza diciendo la
nueva encíclica del Papa Juan Pablo II, publicada este Jueves Santo. Esta
verdad, dice, «encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia»,
fundada sobre la promesa del Señor: «He aquí que yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo ». Así, «desde que en Pentecostés la
Iglesia ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino
Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza».
«Del misterio pascual nace la Iglesia», dice el Papa. Y
«precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia
del misterio pascual, está en el centro de la vida eclesial».
Recuerda también que el «programa» que él ha indicado a
la Iglesia en el alba del tercer milenio consiste en «Contemplar el rostro
de Cristo, y contemplarlo con María». Y aclara que «contemplar a Cristo
implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus
multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo
y de su sangre».
Gracias por el Sacerdocio
En una época de crisis y cuestionamiento del sacerdocio
por los escándalos de abuso sexual clerical, el Papa da gracias a Dios por
el don de la Eucaristía y el Sacerdocio, y concretamente recuerda sus
cincuenta años de vida sacerdotal y los veinticinco que este año celebra
como Pontífice de la Iglesia: «Cuando pienso en la Eucaristía, mirando mi
vida de sacerdote, de Obispo y de Sucesor de Pedro, me resulta espontáneo
recordar tantos momentos y lugares en los que he tenido la gracia de
celebrarla. Recuerdo la iglesia parroquial de Niegowic donde desempeñé mi
primer encargo pastoral, la colegiata de San Florián en Cracovia, la
catedral del Wawel, la basílica de San Pedro y muchas basílicas e iglesias
de Roma y del mundo entero. He podido celebrar la Santa Misa en capillas
situadas en senderos de montaña, a orillas de los lagos, en las riberas
del mar; la he celebrado sobre altares construidos en estadios, en las
plazas de las ciudades... Estos escenarios tan variados de mis
celebraciones eucarísticas me hacen experimentar intensamente su carácter
universal y, por así decir, cósmico. ¡Sí, cósmico! Porque también cuando
se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la
Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella
une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación. El Hijo de
Dios se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo
acto de alabanza, a Aquél que lo hizo de la nada. De este modo, Él, el
sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la
sangre de su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida.
Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de
la Santísima Trinidad. Verdaderamente, éste es el mysterium fidei que se
realiza en la Eucaristía: el mundo nacido de las manos de Dios creador
retorna a Él redimido por Cristo».
Reducciones de la Eucaristía
El Papa dedica una sección de su encíclica a señalar
las ambigüedades y reducciones a las que con frecuencia se ha sometido al
sacramento de la Eucaristía durante el periodo posterior al Concilio
Vaticano II.
«No hay duda de que la reforma litúrgica del Concilio
ha tenido grandes ventajas para una participación más consciente, activa y
fructuosa de los fieles en el Santo Sacrificio del altar», dice el Santo
Padre. Y reconoce que en muchos lugares la adoración del Santísimo
Sacramento tiene cotidianamente una importancia destacada y «se convierte
en fuente inagotable de santidad».
Sin embargo, desgraciadamente, dice, junto a estas
luces, no faltan sombras: «En efecto, hay sitios donde se constata un
abandono casi total del culto de adoración eucarística», además de que, en
diversos contextos eclesiales, se cometen «ciertos abusos que contribuyen
a oscurecer la recta fe y la doctrina católica sobre este admirable
Sacramento».
«Se nota a veces una comprensión muy limitada del
Misterio eucarístico. Privado de su valor sacrificial, se vive como si no
tuviera otro significado y valor que el de un encuentro convival
fraterno». Es decir, se reduce a una mera convivencia fraternal, que en
parte ignora el profundo misterio de comunión con Dios que la hace
posible.
«Además, queda a veces oscurecida la necesidad del
sacerdocio ministerial, que se funda en la sucesión apostólica, y la
sacramentalidad de la Eucaristía se reduce únicamente a la eficacia del
anuncio»; por lo cual en ocasiones surgen aquí y allá «iniciativas
ecuménicas que, aun siendo generosas en su intención, transigen con
prácticas eucarísticas contrarias a la disciplina con la cual la Iglesia
expresa su fe. ¿Cómo no manifestar profundo dolor por todo esto? La
Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y
reducciones», termina diciendo, y afirma su confianza en que esta Carta
Encíclica contribuya eficazmente a resolver este problema.
«Antídoto contra la muerte»
La Eucaristía es tensión hacia la vida eterna y
anticipo de ella, dice el Papa en su nueva encíclica. En este sentido,
tiene una proyección escatológica. «Es tensión hacia la meta, pregustar el
gozo pleno prometido por Cristo; es, en cierto sentido, anticipación del
Paraíso y prenda de la gloria futura».
«En la Eucaristía, todo expresa la confiada espera:
“mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”.
Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más
allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia
de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto,
en la Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección corporal
al final del mundo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida
eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6, 54). Esta garantía de la
resurrección futura proviene de que la carne del Hijo del hombre,
entregada como comida, es su cuerpo en el estado glorioso del resucitado.
Con la Eucaristía se asimila, por decirlo así, el «secreto» de la
resurrección. Por eso san Ignacio de Antioquía definía con acierto el Pan
eucarístico “fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte”».
Impulso a nuestro camino histórico
«Una consecuencia significativa de la tensión
escatológica propia de la Eucaristía es que da impulso a nuestro camino
histórico, poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación
cotidiana de cada uno a sus propias tareas», dice una de las secciones más
reveladoras de las consecuencias prácticas que tiene la Eucaristía en
nuestra vida personal y social.
«En efecto, aunque la visión cristiana fija su mirada
en un “cielo nuevo” y una “tierra nueva” (Ap 21, 1), eso no debilita, sino
que más bien estimula nuestro sentido de responsabilidad respecto a la
tierra presente», dice el Papa, y lo recalca con fuerza «al principio del
nuevo milenio, para que los cristianos se sientan más que nunca
comprometidos a no descuidar los deberes de su ciudadanía terrenal», pues
es deber suyo «contribuir con la luz del Evangelio a la edificación de un
mundo habitable y plenamente conforme al designio de Dios».
Luego señala las situaciones dolorosas del mundo en las
que tiene que brillar la esperanza cristiana: «Muchos son los problemas
que oscurecen el horizonte de nuestro tiempo. Baste pensar en la urgencia
de trabajar por la paz, de poner premisas sólidas de justicia y
solidaridad en las relaciones entre los pueblos, de defender la vida
humana desde su concepción hasta su término natural. Y ¿qué decir, además,
de las tantas contradicciones de un mundo “globalizado”, donde los más
débiles, los más pequeños y los más pobres parecen tener bien poco que
esperar? En este mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana».
«También por eso el Señor ha querido quedarse con
nosotros en la Eucaristía, grabando en esta presencia sacrificial y
convival la promesa de una humanidad renovada por su amor. Es
significativo que el Evangelio de Juan, allí donde los Sinópticos narran
la institución de la Eucaristía, propone, ilustrando así su sentido
profundo, el relato del lavatorio de los pies, en el cual Jesús se hace
maestro de comunión y servicio».
«El apóstol Pablo, por su parte, califica como
“indigno” de una comunidad cristiana que se participe en la Cena del Señor
si se hace en un contexto de división e indiferencia hacia los pobres».
«Anunciar la muerte del Señor “hasta que venga”,
comporta para los que participan en la Eucaristía el compromiso de
transformar su vida, para que toda ella llegue a ser en cierto modo
“eucarística”. Precisamente este fruto de transfiguración de la existencia
y el compromiso de transformar el mundo según el Evangelio, hacen
resplandecer la tensión escatológica de la celebración eucarística y de
toda la vida cristiana: “¡Ven, Señor Jesús!”»
Centro del «programa pastoral»
No se trata de «inventar un nuevo programa», dice el
Papa en la conclusión de su nueva encíclica. «El programa ya existe»,
dice, citando su carta apostólica sobre el inicio del tercer milenio Novo
millennio ineuente: «Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la
Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que
conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar
con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste». Es
decir, el centro y motor del «programa» cristiano es la Eucaristía misma.
«Todo compromiso de santidad, toda acción orientada a
realizar la misión de la Iglesia, toda puesta en práctica de planes
pastorales, ha de sacar del Misterio eucarístico la fuerza necesaria y se
ha de ordenar a él como a su culmen», dice el Papa. «En la Eucaristía
tenemos a Jesús, tenemos su sacrificio redentor, tenemos su resurrección,
tenemos el don del Espíritu Santo, tenemos la adoración, la obediencia y
el amor al Padre. Si descuidáramos la Eucaristía, ¿cómo podríamos remediar
nuestra indigencia?»
Por otro lado, el compromiso ecuménico de la Iglesia
adquiere un sentido más profundo al concebirlo como el acto de compartir
el «tesoro eucarístico» que se nos ha confiado, con «con los hermanos con
quienes nos une el mismo Bautismo», es decir con los cristianos separados
de la Iglesia.
Por último invoca la enseñanza de los santos en cuanto
a la manera de vivir la piedad eucarística, particularmente el ejemplo de
María Santísima «en quien el Misterio eucarístico se muestra, más que en
ningún otro, como misterio de luz. Mirándola a ella conocemos la fuerza
trasformadora que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por
el amor. Al contemplarla asunta al cielo en alma y cuerpo vemos un
resquicio del “cielo nuevo” y de la “tierra nueva” que se abrirán ante
nuestros ojos con la segunda venida de Cristo. La Eucaristía es ya aquí,
en la tierra, su prenda y, en cierto modo, su anticipación: Veni, Domine
Iesu!».
«En el humilde signo del pan y el vino, transformados
en su cuerpo y en su sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra
fuerza y nuestro viático y nos convierte en testigos de esperanza para
todos», termina diciendo la encíclica. «Si ante este Misterio la razón
experimenta sus propios límites, el corazón, iluminado por la gracia del
Espíritu Santo, intuye bien cómo ha de comportarse, sumiéndose en la
adoración y en un amor sin límites».
Y cierra el documento con una oración de Santo Tomás de
Aquino, teólogo y cantor apasionado del Cristo eucarístico:
Buen pastor, pan verdadero,
o Jesús, piedad de nosotros:
nútrenos y defiéndenos,
llévanos a los bienes eternos
en la tierra de los vivos.
Tú que todo lo sabes y puedes,
que nos alimentas en la tierra,
conduce a tus hermanos
a la mesa del cielo
a la alegría de tus santos.
Publicado el 28 de abril de 2003
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