La tumba del imperio
Jaime Septién
Las fronteras del Imperio estadounidense son etéreas,
están hecha a base de presiones financieras, de una mitología de éxito
exportada por la televisión, no poseen consistencia específica.
Son muchos los críticos que he leído estas semanas que
están en sintonía con una idea que comienza a tomar rostro: que la guerra
de Iraq fue la primera palada sobre el ataúd de la nación más poderosa de
la Tierra: Estados Unidos de América.
Vista en perspectiva, la guerra emprendida por George
W. Bush no tuvo ninguna justificación, ni legal ni moral. Las temidas
armas de destrucción masiva fueron canjeadas -al paso de los días- por
bombonas de gas butano; y la Guardia Republicana por un montón de soldados
amedrentados, en harapos y terriblemente hambrientos.
Hemos visto la inutilidad de un discurso que pretendía
solapar los hechos tan crudos como reales: que Estados Unidos quería
hacerse del control total de los segundos yacimientos petroleros más
abundantes del mundo. Lo más curioso es que los hemos visto a través de la
propia televisión estadounidense, con la contribución de todas las
televisoras del mundo, aliadas o no a los intereses de Washington.
Los imperios siempre se resquebrajan por el eslabón más
débil de la cadena: su ilimitado orgullo. Los romanos despreciaban a los
bárbaros del Norte y, contra todos los pronósticos, contra todos los
augurios, terminaron sucumbiendo con facilidad ante hordas desorganizadas
pero hambrientas, que despreciaban con olímpica alegría los lujos y las
leyes.
Me pregunto si la moderna versión barbárica no serán
esos iraquíes humillados ante los “marines” y sus rifles de alta
precisión. El orgullo nacional, étnico, religioso, doblegado de esa
manera, tarde o temprano acaba por cobrarse venganza. La diferencia es que
Roma, digámoslo así, controlaba las fronteras de su Imperio. Eran
fronteras bien delimitadas, tangibles.
Las fronteras del Imperio estadounidense son etéreas,
están hecha a base de presiones financieras, de una mitología de éxito
exportada por la televisión, no poseen consistencia específica: son
fronteras virtuales. Los Poncio Pilatos de ahora no se sientan en trono
usurpado porque no han usurpado trono alguno. Han penetrado hasta el
tuétano en las culturas locales, dislocándolas, volviéndolas dependientes
del consumo de productos e imágenes que proceden del exterior, pero que
conforman un “estilo de vida” muy cercano al “american way of dream”.
La aceptación del dólar como patrón de valor, de
Hollywood como patrón de prestigio o McDonald’s como patrón de consumo han
puesto al mundo entero en situación de dependencia con Estados Unidos.
Pero el Imperio ha mostrado su cara sucia, su horrible descomposición
íntima. Lo que sigue es la caída en picada de quien se autonombró, también
(como todo Imperio), patrón de la verdad.
Publicado el 29 de abril de 2003
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