[Autor invitado]
Un Papa, un pueblo, una Iglesia
Antonio Montero
Arzobispo de Mérida-Badajoz
Hasta una entrega sobrehumana, a despecho de atentados
y dolencias, del fuego graneado de la crítica o de la incomprensión, de la
resistencia física de su organismo octogenario y maltrecho. He ahí al
hombre.
Del Cónclave que eligió a Juan Pablo II no ha habido,
que yo sepa, filtraciones dignas de crédito. Se conservan, en cambio, un
par de anécdotas, preciosas y significativas, divulgadas más tarde por el
propio Papa Wojtyla, en unos apuntes autobiográficos publicados por él
mismo. Cuando los cardenales entraron en la Sixtina para el que
vislumbraban como el último escrutinio, uno de ellos, Maximiliano de
Fürstenberg, que fuera rector suyo, cuando residía de estudiante romano en
el Colegio belga, le dijo cariñosamente al oído: "El Maestro está aquí y
te llama". Eran las palabras evangélicas que, el día de la resurrección de
Lázaro, le dijo Marta a su hermana María. La segunda anécdota, la
protagonizó, a la salida, el primado de Polonia, Esteban Wishinski, su
hermano mayor, mentor y padrino: Karol, le dijo, Dios te ha elegido para
que introduzcas a su Iglesia en el siglo XXI, en el tercer milenio
cristiano.
El nuevo Papa tenía a sus espaldas un curriculum vitae
rigurosamente excepcional. Nacido en Wadowice (Cracovia) en 1920, fue
sacerdote a los 26 años, obispo a los 38, arzobispo a los 44, cardenal a
los 47 y Papa a los 58. Huérfano precoz de madre, fue educado por su padre
en la fe viva y la ejemplaridad cristiana. En plena Guerra mundial,
aplastado su país por la bota soviética, Karol vivió, no obstante, entre
los años 40-46, una juventud a tope, trabajando rudamente en la cantera de
la planta química de Solvay, matriculado a ocultas en la Facultad de
Teología, enrolado en un grupo teatral como actor y como autor de
cualidades relevantes, sin olvidar tampoco el alpinismo y el esquí, que ha
venido practicando hasta hace poco.
Un seglar y su Arzobispo
Dos hombres modelaron su espíritu en este proceso: el
uno, seglar, sastre de su pueblo, Jan Tryanowski, hombre místico y apóstol
de juventudes, que lo introdujo en los escritos de Santa Teresa y San Juan
de la Cruz; el otro, su Arzobispo Monseñor Sapieha, que lo alojó en su
propia casa con otros seminaristas, y guió sus pasos hacia el sacerdocio.
Siguen luego su ordenación sacerdotal, sus viajes por la Europa libre y su
doctorado en Roma con la tesis sobre San Juan de la Cruz. Del 48 al 64,
intensa vida sacerdotal, profesor en la Universidad, animador de jóvenes,
guía de matrimonios, escritor de renombre sobre temas familiares.
Estas parcelas de su programa pastoral las siguió
cultivando como obispo, arzobispo y cardenal, imbricado a la vez muy a
fondo en la problemática de su país bajo el régimen comunista de Gomulka,
en estrecha colaboración y complementarios puntos de vista con el cardenal
Wishinski, dentro del apasionante proceso de la "Ostpolitik" (Política con
la Europa del Este), animado desde el Vaticano por el cardenal Tardini. A
Wojtyla le quedaba tiempo, en las décadas 60-70, para participar en
reuniones con obispos europeos (coincidí con él dos veces), visitar las
comunidades polacas en América y seguir al día los avatares de la Europa
Comunitaria. Este es su bagaje humano, espiritual, cultural y pastoral,
cuando accede al sumo pontificado en otoño del 78.
Su mandato como líder religioso mundial a finales del
siglo XX y comienzos del XXI desborda los límites de la Iglesia Católica y
lo inscribe entre los grandes protagonistas de la historia de nuestro
tiempo. Es considerado, junto a Mijail Gorbachov y al presidente Ronald
Reagan, en sus campos respectivos, como artífice moral de la caída del
muro de Berlín y de la liberación de la Europa del Este. Cien viajes
apostólicos a los cinco continentes -28 veces la vuelta al mundo- ocho
Sínodos universales y cinco continentales, un nuevo Código de la Iglesia,
un Catecismo universal, millares de nuevos santos y beatos, catorce
encíclicas, un magisterio oral y escrito que ronda los treinta volúmenes,
etc., etc.
Firme timonel de la promoción, custodia y afirmación de
la fe. Es el suyo un magisterio marcado por la tradición de la Iglesia,
sin ser conservador a ultranza ni, menos, fundamentalista. De signo
abiertamente avanzado en lo social, en su opción preferencial por los
pobres, en una defensa firme de los derechos humanos y las libertades
públicas, con fuerte acento en la libertad religiosa. Defensor intrépido
de la vida humana desde el embrión hasta el encefalograma plano; valeroso
en su independencia apostólica ante los poderes de este mundo; con
gallardía y humildad para reconocer los pecados históricos de la Iglesia y
pedir perdón por ellos a la humanidad; debelador de las guerras y
propulsor a ultranza de un trabajo inacabable por la paz. Abierto hasta la
tozudez al espíritu ecuménico, a la unidad de las Iglesias y al diálogo
interreligioso. En fabulosa sintonía y contagiosa confianza con los
jóvenes del mundo entero. De firme esperanza sobre el porvenir del hombre
y sobre el puesto de los cristianos en la construcción de un futuro
humanista y trascendente.
Entrega hasta el límite
Todo esto, hasta una entrega sobrehumana, a despecho de
atentados y dolencias, del fuego graneado de la crítica o de la
incomprensión, de la resistencia física de su organismo octogenario y
maltrecho. He ahí al hombre. Llega a España en el despertar turbulento del
siglo XXI, que empezó de veras el 11 de Septiembre del año 2001 en
Manhattan. Pertenecemos a un pueblo que él conoce bien y que visita por
quinta vez. La España de la Constitución del 78, de la Monarquía
parlamentaria, de las Autonomías, de los Acuerdos con la Santa Sede, del
desarrollo económico y de la plena inserción en Europa y en otros foros
mundiales.
Hemos aprobado con nota la andadura democrática, la
vigencia de derechos y libertades, la digestión del pluralismo, la
convivencia amistosa con otros pueblos. En cambio, nos sigue atenazando el
terrorismo; nos acosan las pateras y nos vamos aclimatando a una sociedad
multiétnica y pluricultural. Vuestra visita, Santo Padre, tan jubilosa
siempre para nosotros, nos pilla con el paso cambiado. Crispado el talante
e hinchadas las narices, por mor de un barco pirata y de una guerra mal
digerida, que, a más de en el Golfo Pérsico, se ha librado en nuestras
conciencias, en las cámaras y en las calles, dividiendo los espíritus,
cuarteando una cohesión social, conseguida a precios muy altos. No es éste
un momento afortunado, Santo Padre. Bendíganos, alúmbrenos, anímenos,
únanos.
Una gracia para los católicos españoles
En su apretada brevedad, esta visita pastoral del
Vicario de Cristo será una gracia singular para la comunidad católica
española, sus 80 obispos, sus sesenta Iglesias diocesanas, sus casi
cuarenta millones de bautizados; los cuales, a su vez, siguen en su
conjunto bautizando a sus hijos; que los inscriben, en casi un 90%, en la
clase de religión católica; con dos millones de alumnos en los centros
docentes de la Iglesia; y una alta proporción de ciudadanos que
contribuyen en fuerte proporción a su sostenimiento material. Crecen y
mejoran nuestros Centros asistenciales de niños abandonados, ancianos en
soledad, indigentes sin techo, víctimas del Sida y de la droga. La
comunidad católica trabaja más que nunca en la educación de la fe de sus
miembros en la infancia, adolescencia, juventud y adultez.
Nuestra Iglesia está en calma, para algunos excesiva
pero, no hay que olvidar tampoco que el último quinquenio no ha sido ni
una balsa de aceite ni un lecho de rosas. Por fallos propios o por
imputaciones gratuitas, con tambores de orquestación mediática, hemos
padecido campañas de descrédito, con un anticlericalismo paleolítico. De
todo salen bienes y hemos procurado orillar el victimismo lastimero.
Riquezas y pobrezas
La presencia activa de los laicos creyentes y
comprometidos en nuestras comunidades, no es una guinda de adorno, sino un
fenómeno visible, vigoroso y en auge. Es pobre, sin embargo, la
visibilidad de la fe en la Universidad, en la cultura, en el mundo del
pensamiento y de las letras, en la vida pública, en la juventud. Las
crisis de la familia se ceban también en las parejas y en los hogares
cristianos. No somos inmunes al pensamiento débil, al agnosticismo
perezoso ni a la cultura del vacío. Nos muerde una crisis de vocaciones a
la vida consagrada, por el miedo enfermizo a los compromisos permanentes,
incluído el del matrimonio.
Los lectores más lúcidos de nuestra realidad, como
Olegario Cardedal, nos hablan de un otoño en la Iglesia y nos han
recordado que el otoño es la estación de la siembra. En la Iglesia de
España reina hoy, todo es relativo, la calma y la paz, no de los
sepulcros, sino de las bodegas, de los talleres, de las aulas. Los cinco
santos que hoy suben a los altares, por vuestra sagrada mediación, Padre
Santo, nos estimulan y retan, son memoria gloriosa del siglo XX y valiente
profecía del XXI. ¡Denos ánimos, Santidad!.
Publicado el 2 de mayo de 2003
|