Juan Pablo II ha
cambiado el mundo
Javier Arnal
Éste quinto viaje no va a ser efímero o una aislada
manifestación de afecto.
Soy uno de los 16
millones de españoles que, al menos, siguieron por TVE durante una hora el
viaje del Papa a España, y uno de los más de un millón que estaban
físicamente en la plaza Colón el domingo. Además de felicitar a TVE por la
extensión y calidad de la cobertura que ofreció, así como a los
organizadores -hay alguien que, al elegir Cuatro Vientos, sí pensaba que
podía acudir casi un millón de jóvenes-, este viaje ofrece muchos aspectos
interesantes, y me parece que viene como auténtica “agua de mayo” para
revitalizar los valores cristianos en nuestro país.
He leído con interés
los comentarios de diversos colegas sobre este viaje. El hecho de que no
se va a tratar de un viaje efímero lo confirma la opinión de la mayoría,
unos cercanos a la Iglesia, y otros alejados. A unos les ha entusiasmado
la afirmación de Juan Pablo II de que “la verdad se ofrece, no se impone”,
y a otros les ha contrariado profundamente que afirmase que el acto con la
juventud era la prueba de que ser moderno no se contrapone con ser
católico.
Uno de los artículos
que he leído, en un diario de ámbito nacional, aludía a esta frase del
Papa, hace unos años: “Las lágrimas del siglo XX harán florecer una nueva
primavera de la Iglesia”. Las pronunció en 1988, en un contexto que a
muchos nos parecía algo más que optimista, o de un alcance que nos
excedía. El hecho es que al año siguiente cayó el muro de Berlín, poco
después se desmoronó la URSS, pero aparecieron las guerras de los
Balcanes, por ejemplo.
En años posteriores,
el Papa usó esa expresión, “nueva primavera”, por escrito y de palabra, e
incluso aludía a que se veían ya algunos síntomas. Yo, mi pequeña
perspectiva, veía que disminuía la práctica religiosa en nuestro país y
las vocaciones sacerdotales, que la familia prolongaba su deterioro en la
vieja Europa, y que avanzaban en diversos frentes el secularismo y el
consumismo. Como yo, muchos más firmarían esos fenómenos que se
comprobaban.
Sin embargo, ahora
pienso que este quinto viaje no va a ser efímero o una aislada
manifestación de afecto. Y, cuando yo andaba con estos pensamientos, me he
enterado de que esa expresión de “nueva primavera” la utilizó el cardenal
Rouco justo el día 2 de mayo, y la incluye la nota “Avivar las raíces
cristianas”, del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española, de
fecha 8 de mayo. Yo pienso que ha comenzado.
Cuando el Papa gritó
en la plaza Colón “¡No rompáis con vuestras raíces cristianas!”, invitó a
los españoles a no tener miedo ni complejos. Quiere contribuir a que la
nueva Europa se construya sobre raíces cristianas. Los cánticos de la
multitud “¡Juan Pablo II nos ha cambiado el mundo!” o “¡Juan Pablo,
torero, te quiere el mundo entero!” son la mejor síntesis: la percepción
del pueblo español.
Publicado el 9 de mayo
de 2003 |