Defensa no pedida
Jaime Septién
La democracia -señoras y señores rijosos en contra de
los obispos- es una construcción del mundo católico, de la cultura
católica.
Ante la avalancha de
críticas que han recibido (qué raro) los documentos que diversas
autoridades de la Iglesia católica han emitido sobre las elecciones del 6
de julio -en México-, me voy a permitir, en unas cuantas líneas, recordar
algo al coro vociferante que ve "inducción del voto" donde hay
construcción de ciudadanía; que observa "intromisiones de sotana" donde
hay valor para orientar desde la moral y el derecho natural a los (muy)
desorientados mexicanos, víctimas de la publicidad miserable de partidos y
candidatos que lo último que desean es servir a la gente.
Y ese algo que quiero
recordarles es lo siguiente: la Iglesia católica es maestra en humanidad.
Por lo tanto, fallaría ante su Señor si frente a una situación de tamaña
desventaja del ciudadano frente a las urnas, no hablara claro,
contundente, fiel al tesoro de la fe, al magisterio del Papa y a la
necesidad de interpretar la realidad actual desde los ojos de Cristo.
Dicho de otra forma: la Iglesia no sólo tiene derecho sino está obligada a
guiar a los católicos para que, con su acción transformadora, seamos
agentes de evangelización, de buena nueva, de esperanza, en medio de un
país que se hunde en las pesadas aguas del cálculo egoísta, de la lucha
por el poder, de la ausencia reiterada de acuerdos; en fin, de un país que
no ha sabido enaltecer, justamente, sus raíces católicas para -desde
ahí-provocar la justicia.
La democracia -señoras
y señores rijosos en contra de los obispos- es una construcción del mundo
católico, de la cultura católica (echen un vistazo a las regiones del
planeta dominadas por otras religiones y verán qué tan demócratas son, por
ejemplo, los chinos, o los musulmanes…). Lo mismo el recurso de los
derechos humanos, de la justicia y del orden social. Al poner el
cristianismo a la persona como centro, y a su dignidad como fundamento, de
toda acción pública, el cristianismo sembró la esencia del sistema que
nuestra Constitución ha definido, de forma certera, como un modo de vida.
La democracia nació de las entrañas del cristianismo, por lo tanto de
Cristo mismo, Señor del camino, la verdad y de la vida.
Si esto es así, como
lo es, ¿me quieren hacer favor de decirme por qué rayos la Iglesia
católica, la Iglesia fundada por Cristo, tiene que callarse cuando se
trata de discutir y defender tanto la dignidad y los derechos de las
personas como los fundamentos de la vida, de la justicia, de la paz y de
la caridad, que son, fíjense nomás, los cimientos del sistema político que
llamamos democracia? ¿Por qué un puñado de gritones payasos -con perdón de
los payasos-s e cree con el poder de venir a decirnos que la democracia,
de ahora en adelante, son ellos y nada más que ellos? ¿Qué pavor les viene
cuando oyen hablar a un obispo exigiendo (sí, exigiendo) a los católicos
no votar a favor de un candidato que haya demostrado, en los hechos, que
es un perfecto, redomado y auténtico ratero? ¿Por qué regla de tres un
tipo que traicionó a su esposa no va a traicionar a la sociedad? ¿Cómo un
partido que defiende la despenalización del aborto en casos de presunción
de malformaciones del nuevo ser, o de pobreza de la madre que lo lleva en
su seno, puede ser un defensor de la vida, de la familia, de la sociedad?
Yo entiendo que
nuestros políticos le temen a la coherencia. Pero ya es tiempo de que
tengan la amabilidad de enfrentar la urgencia que tiene México de
ciudadanos informados, formados, participativos, sólidos en sus
decisiones, abiertos a la crítica y capaces de respetarse a sí mismos,
votando de acuerdo a lo más sagrado que tiene un hombre que es su fe en
Dios.
Publicado el 9 de mayo
de 2003 |