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Más por menos… un plato de lentejas

Pedro Uriel Rodríguez

Parece que dice “El poder bien vale la pérdida de mis principios y mis convicciones y por qué no, tal vez mi fe”

Se cuenta en el Antiguo Testamento, dentro de todas sus maravillosas enseñanzas, una narración que hoy se presenta con una actualidad que debe de hacernos reflexionar profundamente; se trata de la historia de Jacob y Esaú.

La Biblia nos dice que Jacob y Esaú eran hermanos, ambos hijos de Isaac. El mayor de ellos, Esaú, era más alto y más fuerte, además de tener una voz más ronca y los brazos muy velludos. Por su parte, Jacob era más pequeño y lampiño, su voz no era tan grave como la de Esaú. El mayor era el preferido de su padre Isaac, mientras que Jacob lo era de su madre, Rebeca.

Como era tradición, el hijo mayor, aunque sólo hubiera nacido unos minutos antes como en el caso de Jacob y Esaú, tenía el derecho a la primogenitura, es decir, derecho a la autoridad y a los bienes cuando el padre muriera; de tal modo que tomaba el lugar del padre muerto ante la servidumbre, las otras familias y, por supuesto, los demás miembros de la familia.

Sin embargo, continúa el Génesis, un día llegó Esaú de cacería, cansado y con mucha hambre; por su parte Jacob se acababa de preparar un plato de lentejas. Al verlo, Esaú le pidió que le invitara de ese plato que le pareciera tan suculento. La respuesta de se hermano menor fue: sí, siempre y cuando me cedas tu primogenitura. Era tal el hambre del hermano mayor, que ni siquiera pensó en lo que estaba haciendo, por lo que le respondió que sí, que era suya.

La historia bíblica nos cuenta lo que más tarde ocurrió, cuando Rebeca ayudó a Jacob a obtener también la bendición de su padre Isaac, haciéndose pasar por Esaú.

Pero ¿a qué viene recordar esta historia?

A que, si bien, tiene una gran cantidad de aplicaciones para nuestra vida diaria y podríamos obtener lecciones que nos ayuden a ser mejores, hoy podemos aplicarla incluso en personajes de la vida política.

¿Qué cambio tan grande puede ocurrir en nuestra vida, cuando somos capaces de cambiar lo más preciado, el don más grande, por un plato de lentejas?

¿O será que lo que considerábamos el más grande don, no lo era tanto; que nuestras ideas no eran más que simples opiniones y que nuestra fe no era más que una simple y ramplona creencia?

Porque de otra manera no se puede explicar el hecho de que la parte femenina* de la pareja presidencial vierta hoy opiniones que en otros momentos, que en otras situaciones, que tal vez a su propia familia no le daría.

¿Pero es que de veras cree que “individuos y sociedades no tienen más alternativa que valerse de la prevención y concretamente del uso correcto del preservativo, recurso que ha probado su eficacia no sólo como preventivo de infecciones, sino también como auxiliar en los programas de planificación familiar”?

¿De dónde ha sacado que “la evidencia científica revela que es una de las mejores maneras de prevenir la infección del virus de inmunodeficiencia humana (VIH)”? ¿Es que no lee las múltiples evidencias que indican lo contrario?

Es cierto, que además agrega: “No hay duda que castidad y monogamia son medidas eficaces de prevención del contagio. Pero debe reconocerse que son medios de difícil práctica en sociedades modernas y sobre todo en la población juvenil”, pero nos preguntamos ¿De veras cree en eso?

Es posible que se crea toda la sarta de justificaciones que nos han vendido los medios de comunicación y los grupos gubernamentales o no, que más parecen promotores de las grandes fábricas de condones en el mundo, que les interesa más hacer publicidad del “hulito” que realmente preocuparse por la formación de todos esos jóvenes a los que tan difícil resulta (no sólo a ellos, a todos nos resulta difícil) la práctica de la castidad y la monogamia.

La sobriedad es también muy difícil en esta sociedad moderna, las drogas son un flagelo que también resulta difícil de mantener alejado de los jóvenes y no por ello dejamos de formar la voluntad, la autoestima, el carácter y la responsabilidad de nuestros hijos.

Claro que la honestidad, la generosidad, la solidaridad, la cooperación y los demás valores y virtudes son medios de difícil práctica en sociedades modernas y sobre todo en la población juvenil, pero nunca los reemplazamos con ningún otro medio, son medidas indispensables si deseamos una sociedad más sana y un mundo mejor.

Pero…, aunque se piense de esta manera, hay que quedar bien con todos, con Dios y con el diablo. Las convicciones que seguramente tiene Marthita, hay que hacerlas a un lado, pues de lo contrario se resta popularidad a la pareja, se pueden perder votos, se les puede tachar de… (no, mejor no digamos esa palabra que puede causar grandes problemas en la gente del medio político)… de congruentes (bueno, ya la dije).

Un plato de lentejas… Tal vez será como aquella vez que a Enrique de Navarra le ofrecieron el trono de Francia, después de la muerte de Enrique III. Enrique era protestante y para poder ser rey de la “Favorita de la Iglesia” debería convertirse al catolicismo. El pragmatismo del navarro lo llevó a exclamar: “París bien vale una misa” y se dejó bautizar.

Aquí al contrario, la exclamación sería: “El poder bien vale la pérdida de mis principios y mis convicciones y por qué no, tal vez mi fe…” porque ¿qué más sigue ahora? ¿La aprobación de las sociedades de convivencia, dando el espaldarazo a los homosexuales y lesbianas en contra de la familia? ¿Después sigue el aborto dando pie a la extensión de la cultura de la muerte en nuestra patria? ¿Hasta dónde somos capaces de ceder con tal de tener y mantener el poder?

¿Lo valdrá cualquier plato de lentejas?

* (N. de la R. Marta Sahagún de Fox es la primera dama de México, la pareja siempre se ha jactado de sus convicciones católicas).

Publicado el 27 de mayo de 2003

 
 

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