¿La democracia? Una
tarea
José Ignacio Calleja
La acción política y la acción pacificadora deben
tener el propósito de acercarnos a la justicia.
Yo no sé si es normal,
pero en mi caso dedico largos ratos a pensar en la verdad de lo que otros
ciudadanos defienden o exigen. Quiero entender lo qué dicen y qué razón
les asiste, y si llega el caso de considerarlos equivocados, por qué
piensan de ese modo. Esto no tiene que ver con la moralidad de una
persona, es decir, si ella es mejor o peor, sino que es un hábito
metodológico que se puede aprender como casi todo. Y, aun así, apenas te
das la vuelta y alguien te recuerda con razón que te apliques el cuento.
Tenemos mayores o
menores habilidades innatas para todo y es la gimnasia integral la que nos
hace crecer, como seres humanos, de un modo totalmente peculiar e
irrepetible. Nuestras profesiones y nuestros afectos, nuestro equilibrio
sicológico y nuestro talante moral dan buena prueba de nuestros vaivenes
en el intento. Pero, ¿por qué nuestra condición de ciudadanos con
actitudes democráticas queda tantas veces fuera de esta evaluación
personal?
Entre todas las pautas
pedagógicas que uno puede aprender, pocas tan provechosas como la que nos
hace buenos buscadores de la verdad. Escuchar, y no sólo oír; acoger con
sentido crítico, sí, pero paciente y dialógico, la opinión ajena y el
error propio, es el primero de los valores prácticos en la educación
personal y política. Me atrevería a decir que el servicio más excelente de
la educación democrática es, en primer lugar, metodológico: el que se
verifica como capacidad para la discusión cívica argumentada y para la
praxis política civilizada.
La acción política y
la acción pacificadora deben tener el propósito de acercarnos a la
justicia, pero no la pretensión de disponer de la verdad o de representar
la legitimidad absoluta respecto a ella. Propósito y pretensión, dos ideas
tan próximas y tan distintas.
Pensemos esto. Cuando
tenemos la pretensión de que nuestra causa representa la justicia
absoluta, el propósito de dar con ella fracasa siempre. Y es que la
manipulación de la verdad nos acecha más cuanto menos vigilamos nuestros
intereses y, como le oí decir a Eduardo Chillida, "la manipulación de la
verdad liquida de raíz el impulso creador".
Me urge decir todo
esto, ahora que la campaña electoral toca a su fin y comienza, de nuevo,
el tiempo en que el cuento de la lechera sólo será un cuento.
Publicado el 27 de
mayo de 2003
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