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Diálogo cultural

P. Flaviano Amatulli Valente, fmap

CULTURA:

NOCIONES GENERALES

Significado de cultura

¿Qué es la cultura? La manera como uno se sitúa frente a sí mismo, el mundo que lo rodea, el más allá y su destino final. Abarca un conjunto de:

• creencias acerca de Dios, la realidad y el sentido último de la vida;

• valores relacionados con la verdad o lo que se considera bueno, bello y normativo;

• y costumbres que señalan cómo relacionarse con los demás y comportarse en las distintas circunstancias de la vida.

Cuando se trata de un grupo o una sociedad, hay que añadir un conjunto de instituciones que expresan dichas creencias, valores y costumbres (gobierno, juzgados, templos o iglesias, familia, escuela, hospitales, sindicatos, etc.), que entrelazan la sociedad y le dan sentido de identidad, dignidad, seguridad y continuidad.

Distintos tipos de cultura

Teniendo presente lo expresado anteriormente, todo ser humano y todo grupo humano cuenta con su cultura, es decir con su manera propia de situarse en el mundo, ver las cosas y actuar.

Puede haber culturas más avanzadas y culturas menos avanzadas; culturas en pleno desarrollo y culturas en decadencia y hasta en ruinas; culturas de tipo rural o urbano, etc.

Cuanto más un pueblo está cerrado a los influjos exteriores, tanto más la cultura de sus miembros es homogénea. Cuanto más está abierto, tanto más hay variedad cultural entre sus miembros.

Cuanto más en una sociedad hay libertad en la manera de pensar, expresarse y actuar, tanto más en la misma sociedad se crea una diversidad cultural, ligada a maneras diferentes de ver y enfrentar la realidad.

Pluralismo cultural

Es una de las características fundamentales de la sociedad actual, marcada por el fenómeno de la globalización y la movilidad demográfica. Aunque pueda haber una cierta base cultural común, que se manifiesta en ciertas costumbres e instituciones comunes, que garanticen la tolerancia y la convivencia pacífica entre sus miembros, de hecho en la misma sociedad existe una enorme variedad cultural a nivel filosófico, religioso, político, étnico, etc.

Se trata sin duda de un fenómeno irreversible. Aunque en el futuro podrán darse islas culturalmente homogéneas, la regla será el pluralismo cultural.

LA IGLESIA Y LA CULTURA

Meta:

Evangelizar la cultura

Evangelii Nuntiandi

La Iglesia tiene como misión “alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras, y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de la salvación. (...) Lo que importa es evangelizar - no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de una manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces - la cultura y las culturas del hombre” (Evangelii Nuntiandi, 19-20).

Puebla

“La acción evangelizadora de nuestra Iglesia latinoamericana ha de tener como meta general la constante renovación y transformación evangélica de nuestra cultura, es decir, la penetración por el Evangelio de los valores y criterios que la inspiran, la conversión de los hombres, que viven según esos valores y el cambio que para ser plenamente humanas, requieren las estructuras en que aquellos viven y se expresan” (Puebla, 395).

Ecclesia in America

“La Nueva Evangelización pide un esfuerzo lúcido, serio y ordenado para evangelizar la cultura” (Ecclesia in America, 70).

“Evangelizar la cultura urbana es, pues, un reto apremiante para la Iglesia, que así como supo evangelizar la cultura rural durante siglos, está hoy llamada a llevar a cabo una evangelización urbana metódica y capilar mediante la catequesis, la liturgia y las propias estructuras pastorales” (Ecclesia in America, 21).

Utopía

Teniendo presente las reflexiones hechas anteriormente, notamos las enormes dificultades que se presentan a la Iglesia de hoy en su afán de evangelizar la cultura o las culturas del hombre actual. Sencillamente se trata de una utopía en el sentido mejor de la palabra, es decir de un ideal teóricamente posible, por cuya realización la Iglesia tiene que luchar con todas sus fuerzas.

Esto invita a no perder de vista el rumbo que hay que llevar en la propia acción pastoral, puesto que ésta no tiene que mirar exclusivamente a la salvación espiritual de los individuos, sino a la transformación desde adentro de todos los elementos que conforman la sociedad y todo esto a la luz y mediante la fuerza del Evangelio.

¿Régimen de cristiandad?

De todos modos, queda siempre la sospecha de que esta visión que tiene la Iglesia acerca de su misión con relación al futuro de la sociedad en su aspecto cultural, peca de una cierta ingenuidad, causada por un excesivo optimismo con relación a su papel en la sociedad y una secreta añoranza por el pasado, cuando vivió en un régimen de cristiandad y en un contexto eminentemente rural y homogéneo

Parece que aún le resulta bastante difícil dar el paso decisivo hacia el nuevo tipo de sociedad que se perfila, en la cual se tiene que pensar esencialmente en clave de diáspora y pluralismo religioso-cultural, cuya característica principal es la coexistencia en el mismo grupo humano de creencias y valores diferentes.

Realidad

De hecho, actualmente ¿cuál es el influjo cultural de la Iglesia en la sociedad, hasta en los países considerados tradicionalmente católicos? Los mismos documentos de la Iglesia presentan la “ruptura entre el Evangelio y la cultura” como “el drama de nuestro tiempo” (Evangelii Nuntiandi, 20).

De por sí su influjo en el pasado fue muy superficial, basado esencialmente en la así llamada “religiosidad popular”, más cercana a la religiosidad natural, que a una religión sobrenatural, que es la característica propia del cristianismo. A esto hay que añadir el lento y constante deterioro de las relaciones entre la Iglesia y los demás actores sociales, que poco a poco han ido logrando el dominio total en la construcción del nuevo tipo de sociedad en que vivimos, aislando siempre más a la Iglesia y reduciendo siempre más el alcance de su presencia.

Consecuencia: no solamente la Iglesia está muy lejos de vislumbrar una salida a esta situación de aislamiento y en muchos casos de franco rechazo, especialmente de parte de los ambientes intelectuales, sino que tiene que reconocer que “los criterios de juicio y de elección seguidos por los mismos creyentes se presentan frecuentemente en el contexto de una cultura ampliamente descristianizada como extraños e incluso contrapuestos a los del Evangelio” (Veritatis Splendor, 88).

Católico acomplejado

En este contexto el católico actual, sea o no practicante, se siente acomplejado por no tener ideas claras a nivel bíblico, teológico e histórico y vivir en una sociedad, cuyos valores difieren mucho de los valores que dimanan de la propia fe, valores que muchas veces ignora, no comparte totalmente o rechaza (Cf. problema del control natal). Por lo general, la vivencia de su fe va del altar a la puerta del templo o se reduce a la intimidad de su conciencia. En todo lo demás, siente, piensa y actúa según los criterios del mundo, muchas veces opuestos a los del Evangelio.

En realidad, su cultura es la misma de los que no comparten su fe, muchas veces envuelta en la leyenda negra. No cuenta con una cultura propia, en la que se manejan los valores propios que derivan de su fe. Por lo general, esta se reduce a ciertas creencias, que muchas veces tienen que ver poco con el dato revelado, y alguna práctica religiosa, normalmente externa.

Cuando el católico quiere desarrollarse culturalmente, normalmente tiene que abrevar en fuentes no cristianas (literatura, cine, televisión, etc.), que son las que dominan la sociedad. Lo propio en la mayoría de los casos es muy reducido (catecismo, biografía de santos, algún libro de espiritualidad, etc) y no logra dar pleno sentido a su vida, dando respuesta a todas sus inquietudes.

El mismo católico militante muchas veces desconoce los contenidos precisos de su fe. Frente a los cuestionamientos que le vienen de afuera, no sabe qué contestar, al no contar con una preparación específica al respecto. Normalmente su visión acerca de la problemática bíblica (por ejemplo, el origen del hombre), histórica (por ejemplo, la inquisición, el caso Galileo, las cruzadas, la conquista de América, etc.) o filosófica (el problema del mal) es la misma que presentan los que están al margen o en contra de la fe católica.

Estando así las cosas, la única salida que le queda, consiste en seguir adelante no obstante todo, volviéndose sordo ante los ataques o cuestionamientos que se hacen a su fe. Juzga todo esto como una prueba que tiene que superar como creyente, sin sospechar siquiera que para todo esto existe una respuesta.

Ahora bien, ¿cómo es posible enfrentar este problema, dando origen a un catolicismo seguro, tranquilo y abierto?

CREAR UNA CULTURA CRISTIANA

Un reto

Como justamente afirma el Papa Juan Pablo II, “una fe que no se convierte en cultura es una fe no acogida en plenitud, no pensada en su totalidad, no vivida con fidelidad” (Juan Pablo II, Carta autógrafa por la que se instituye el Consejo Pontificio de la Cultura, 20 de mayo de l982). Aquí precisamente está nuestro reto como católicos: crear una cultura, cónsona con nuestra fe, que logre alimentar y hacer madurar a nuestra comunidad cristiana y sirva para establecer un diálogo con las demás culturas de inspiración diferente.

Como se ve, ya no se trata de evangelizar la cultura o las culturas a secas, sino de crear algo nuevo, más factible, que provoque un diálogo cultural, que sin duda puede resultar provechoso para todos. Se trata, en el fondo, de creer en el “esplendor de la verdad” y la atracción que esta ejerce de por sí sobre todo ser humano, sin importar su cultura, convencidos de que todo hombre que busca la verdad, el bien y el sentido de las cosas, sin duda encuentra algo que puede compartir con los demás y ayudarlos a crecer.

Romper la mordaza filosófico - teológica

Me pregunto: ¿acaso en la Iglesia Católica no contamos con gente culta, capacitada para crear cultura? Claro que sí. ¿Y por qué esa gente no crea cultura ni para alimentar a los miembros de su misma comunidad eclesial? Porque se encuentra atrapada en un armazón filosófico - teológico, que no la deja ni respirar y al mismo tiempo no le permite expresarse en el lenguaje que normalmente se usa en la sociedad (novela, poesía, arte, música, etc.).

Ahora bien, si queremos enfrentar con seriedad el problema cultural, no nos queda que luchar por romper la mordaza que impide a muchos católicos cultos expresarse libremente en un lenguaje entendible por la gente de hoy, sin tener miedo a equivocarse o ser juzgados mal. Es tiempo de salir del gueto en que se encuentra la cultura católica, arrinconada en los seminarios y demás instituciones confesionales, aprender a contar por contar y gozar en la creación artística, sin preocuparse demasiado por la precisión conceptual o el propósito explícitamente evangelizador.

Es tiempo de superar los temores propios de una sociedad piramidal, donde lo que vale es la aprobación o el rechazo de los que están arriba. Es tiempo de aprender a producir por el gusto de producir y compartir por el gusto de compartir. Solamente así es posible hacer literatura o arte y lograr transmitir el mensaje evangélico en un lenguaje adecuado a la sociedad en que vivimos.

En realidad, no se trata de crear una cultura católica ex profeso, sino de hacer cultura partiendo del propio humus cristiano, en diálogo con las demás manifestaciones culturales. Para aclarar este concepto, he aquí la Introducción que escribí a mi obra “Tuve un sueño” (Julio 2002):

«Cuando era niño, todos me conocían como “el cuentacuentos”. Cuentos aprendidos y cuentos inventados al momento. Este segundo aspecto era mi especialidad.

Mis hermanos, mis primos, mis compañeros de salón, los seminarista de los que yo era “prefecto” (algo como formador o encargado de disciplina), todos me pedían que contara algún cuento y yo empezaba de inmediato, sin antes haber pensado nada al respecto: ni personajes, ni ambiente, ni argumento, ni caracterización. Nada más empezaba y ya.

“Había una vez un anciano...”; “Un día, un joven llamado Juan salió de su casa en busca de aventura. Encontró a Felipe... ya se hacía tarde y no encontraban dónde pasar la noche. Se oía el rugir del león...”. Contar, por el gusto de contar y todos pendientes de mis labios.

Cuento chico, cuento largo... según el tiempo a disposición. Todo de una vez como en las películas o en partes como en las telenovelas. Es que en aquel tiempo no había televisión ni la costumbre de escuchar el radio, por lo menos en mi ambiente. Así yo viví mi infancia y adolescencia.

Después vino la escuela superior, con la filosofía y la teología, y todo se fue acabando. Mi imaginación quedó como castrada. Una camisa de fuerza apretó todo mi ser, bajo el dominio absoluto de la razón.

Pasaron los años. ¿Cuántos? ¿Cincuenta? Tal vez. Y de repente me acordé de la antigua pasión por el cuento. Busqué entre las cenizas y me di cuenta de que la imaginación aún estaba viva, más viva que nunca. La desperté y volví a darle rienda suelta.

Ahora sí, ni la radio ni la televisión ni la filosofía ni la teología ni los múltiples compromisos ni el temor al que dirán... me impedirán soñar, inventar cosas, hacer proyectos por el puro gusto de imaginar y contar. ¿Quién quita que todo esto pueda representar un estímulo y un reto para otros, para que aprendan a no dejarse atrapar por lo cotidiano y lo ya dicho, en busca de otros mundos, en el intento de hacer realidad lo nunca imaginado?

A soñar, pues, amigos. Solamente aprendiendo a soñar, poco a poco lograremos cambiar nuestra realidad, haciéndola más agradable y gratificante».

INICIATIVAS CONCRETAS

Centro Cultural Católico

En su discurso al Consejo Pontificio de la Cultura del 14 de marzo de l997, el Papa Juan Pablo II afirmaba: “Cada Iglesia particular deberá contar con un proyecto cultural”. Ojalá que con este encuentro logremos dar el primer paso en orden a crear un Centro Cultural Católico, que reúna a pastores de almas y feligreses comprometidos a promover la cultura católica en su ambiente y a descubrir nuevos talentos, apoyarlos en su formación humana, religiosa y artística y a facilitarles público y mercado.

Veamos lo que a este respecto nos dice el documento, titulado “La Pastoral de la Cultura”, emitido por el Consejo Pontificio para la Cultura el día 23 de mayo de l999:

“Los Centros Culturales Católicos, implantados allí donde su creación sea posible, son una ayuda capital para la evangelización y la pastoral de la cultura. Bien insertos en su medio cultural, les corresponde afrontar los problemas urgentes y complejos de la evangelización de la cultura y de la inculturación de la fe, a partir de los puntos de anclaje que ofrece un debate ampliamente abierto con todos los creadores, actores y promotores de la cultura, según el espíritu del apóstol de las gentes (1Tes 5, 21-22). (...)

El concepto mismo de “Centro Cultural Católico” reúne la pluralidad y la riqueza de las diversas situaciones de un país: se trata, bien de instituciones vinculadas a una estructura de la Iglesia (parroquia, diócesis, conferencia episcopal, orden religiosa, etc...), bien de iniciativas privadas de católicos, pero siempre en comunión con la Iglesia. Todos estos centros proponen actividades culturales con la preocupación constante de la relación entre la fe y la cultura, de la promoción de la cultura inspirada por los valores cristianos, a través del diálogo, la investigación científica, la formación, mediante la promoción de una cultura fecundada, inspirada, vivificada y dinamizada por la fe.

A este respecto, los Centros Culturales Católicos son instrumentos privilegiados para hacer conocer a un amplio público las obras de artistas, escritores, científicos, filósofos, teólogos, economistas y ensayistas católicos, y suscitar de esta manera una adhesión personal y entusiasta a los valores fecundados por la fe en Cristo” (La Pastoral de la Cultura, 32).

“Para estimular creaciones de alto nivel, espiritual y artístico, muchas Iglesias locales organizan festivales de cine y de televisión y crean premios” (La pastoral de la Cultura, 34).

¿Algo demasiado grande para nosotros? Quien sabe. Lo único que sabemos es que a veces basta un cerillo para desatar un incendio. Es lo que esperamos, al dar inicio hoy al Centro Cultural Católico “Mister Kunc”. ¿Por qué “Mister Kunc”? Lean la novela “¿Quién quiere matar a Mister Kunc?”, que escribí el año pasado, y lo verán. De todos modos, el nombre es lo de menos.

Café Teológico

Se trata de una iniciativa que surgió en nuestro seminario mayor hace casi un año y que ya ha rebasado las fronteras de nuestra familia misionera, despertando un grande interés por su fácil manejo y los abundantes frutos que ya se pueden constatar. Representa un medio más para liberar al católico pensante de aquella mordaza, que lo tiene atrapado y le impide expresarse.

De hecho, el Café Teológico es un taller de ideas, experiencias e iniciativas pastorales, que miran a actualizar y dinamizar la Iglesia. Está abierto hacia todos: clérigos, religiosos y laicos. Lo importante es que cada uno lleve algo que compartir con los demás y esté dispuesto a comentar lo que escucha.

Cada grupo establece su periodicidad y sus normas básicas. Normalmente se está haciendo cada mes. Posiblemente desde el mes de junio próximo empezaremos a editar una revista cultural, titulada “Café Teológico”, en la que daremos a conocer lo mejor de las reflexiones e iniciativas, que vayan surgiendo en el Centro Cultural Católico y en el Café Teológico.

Estamos convencidos de que todo esto tendrá un grande futuro y dará un aporte significativo en orden a despertar de su largo letargo a este gigante adormecido que es la Iglesia Católica.

CONCLUSIÓN

No hay duda de que el místico y el artista serán los grandes misioneros del futuro. En un mundo pluralista, la mística y el arte representarán el lenguaje universal, capaz de asombrar, suscitar estupor, cuestionar... en fin crear las condiciones para que el hombre pueda rebasar los estrechos horizontes del contingente para vislumbrar otros mundos, más allá de toda experiencia tangible o esfuerzo intelectual.

Según mi opinión, la mística y el arte representarán los grandes vehículos, destinados a llevar al hombre del futuro hacia la esencia de las cosas, superando toda trampa que pueda surgir del contacto con las cosas o el uso de la razón. En efecto, “la auténtica obra de arte es potencialmente una puerta de entrada para la experiencia religiosa (...) pues lleva en sí como una huella de lo invisible” (La Pastoral de la Cultura, l7).

Al mismo tiempo, en un mundo dominado por el ansia de poder y el espíritu sectario, el diálogo cultural puede representar para todos la grande palestra en la cual todos aprendemos a expresarnos, comunicarnos y compartir los propios valores e ideales, creando un clima de comprensión, condición esencial para hacer de todos los hombres y todos los pueblos la grande familia de Dios.

Publicado el 27 de mayo de 2003

 
 

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