Ante la cultura sin
alma
Víctor Corcoba Herrero
Porque la cultura sin alma carece de sentido, nada nos
dice. Y además, difícil de soportar, porque es aburrida y mezquina. Ni nos
mueve, ni nos conmueve. Ni nos cultiva, ni nos cautiva.
A raíz de una visita a
la Comarca de los Montes, concretamente al pueblo granadino de Montefrío,
(Imán de Granada), como miembro del Jurado de unos premios literarios,
pueblo que me tiene ganado el corazón, aparte de por su belleza, también
por su fomento y ejemplaridad en su apuesta cultural, me decía su
alcaldesa, la joven y entusiasta Virtudes Puche, su idea de seguir
apostando por crear condiciones que proporcionen calidad de vida para
todos los habitantes de su pueblo, y que tal clima sólo podía ser posible
desde la cultura; de ahí, su deseo de aspirar a promover e impulsar una
cultura en la que se implicase todo el vecindario. Sus palabras me calaron
hondo y son las causantes de esta columna periodística. Porque ella, me
sorprendió, con esa cultura que nace en el pueblo y se enraíza en él, con
esa cultura de alma viva, algo que no es fácil encontrarse hoy en día,
aunque las agendas culturales vociferen una lista de actos increíbles, a
los que nadie acude ni participa. Es como una merienda de amigos. Ellos se
lo comen y ellos se lo guisan. En Montefrío descubrí, que esa cultura que
allí brota, merece el mayor de los aplausos. En el evento literario,
participaron todas las edades y todas las gentes: Niños y mayores,
personas del pueblo y de fuera del pueblo (entusiasmadas por cierto en
volver a una tierra de reminiscencias moriscas, por el ensueño de la media
luna, por sus fuentes y fortalezas, por las atalayas que dibujan la
cercanía entre sus gentes; por sus casas encaladas y estrechos callejones,
por los aljibes y acequias, por sus sonidos y fragancias...), y otra nota
característica, un joven minusválido, nos iluminó los ojos con sus
magistrales pinturas. Nos hizo ver esa alma que existe en la pintura.
Porque la cultura sin
alma carece de sentido, nada nos dice. Y además, difícil de soportar,
porque es aburrida y mezquina. Ni nos mueve, ni nos conmueve. Ni nos
cultiva, ni nos cautiva. Ni nos alza en el gozo, ni nos imprime alborozo
de felicidad. Ni nos faculta para ser más en el ser, ni nos dona
facultades para crecer por dentro. Porque la sapiencia, ciencia de
redescubrirse, es un modo singular de avanzar hacia una dimensión más
humana, y por ende, más hermana. Y así poblar y repoblar el mundo de
valores, y hacer un mundo más del hombre y para el hombre, sin distinción
alguna.
A mayor ahondamiento,
subrayo, que la cultura sin alma carece de dirección. No atina a
orientarnos hacia la luz. Sin luminaria no es posible encontrar el camino
de la paz. Y aunque el hombre, sea hacedor de cultura, como expresión de
su propio ser, dominará la tierra y la someterá a su propio egoísmo. Se
necesita esa cultura de donarse a cuidar la creación, y a recrearse en
ella, compartiendo las vides de la vida. En efecto, la cultura vivida en
Montefrío, de árbol abierto, de sombra que asombra, de fruto de apertura,
semilla que encierra pensamientos universalistas, genera una atmósfera
viva que aviva el deseo de vivir a corazón transparente, para escuchar el
silencioso mensaje que transmite al corazón del hombre.
Refrendar, además, que
la cultura sin alma carece de magnitud. Todo es mediocridad. Se pierde la
grandeza de lo trascendente y ascendente. La persona, que cultiva el culto
a la cultura, desde la autenticidad y honestidad, comunica más, porque se
sustenta de lo noble y bello, de una conciencia recta y de una recta
rectitud de esencias coherentes que emanan e imanan. Al igual, que la
angelical primavera nos magnetiza con sus declaraciones perfumadas en
versos, por doquier campo, bajo armoniosas acampadas de flores en
libertad, las ideas no deben marchitarse, ni oprimirse, ni reprimirse,
puesto que nacen libres para ser libres.
Y por último, decir,
que la cultura sin alma carece de originalidad y estilo. Se precisa ese
punto original, esa alma en origen, que dignifica al ser humano y que lo
distingue de los objetos. Para ello, no se necesitan títulos
universitarios. Tan solo que los artistas, que expresan y dan vida a la
cultura, nos participen sus obras repletas de ingenio, para envolvernos en
esa trascendencia de hermosura, tan necesaria para renovarnos, en un mundo
repleto de fealdades. Por eso, todas las instituciones, deben defender y
promover las artes, por ser un bien que ennoblece a los ciudadanos y
porque logran comunicar algo de lo que es realidad inefable. De ahí, que
sea tan importante emplearse a fondo en el fomento de la cultura, como me
señalaba Virtudes Puche, un espacio y una herramienta a través de la cual
la vida del ser humano se hace más humana. Sino humaniza, ni entusiasma,
es tirar el dinero de todos, porque de nada sirve. En suma, la cultura ha
de servirnos para ser más en los principios y valores.
Publicado el 27 de
mayo de 2003
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