Una reflexión acerca
de la resistencia católica a la cultura de la muerte
Sebastián Sánchez
(Publicado en Tizona,
Revista de Educación y humanidades, n° 12/13, Enero – Febrero de 2003)
A ninguna persona que
esté más o menos informada se le escapa que el ‘tema de la vida’ es hoy de
una vigencia insoslayable. La cuestión aparece en los medios masivos, es
objeto de estudios y hasta de carreras universitarias y los más lúcidos
intelectuales se ocupan de ella como si de un tema inédito se tratara.
Puede decirse, en suma, que la cuestión de la vida ha sido puesto, junto
con otras no menos fundamentales, en el centro del debate actual.
Para un número
ciertamente menor de personas esta cuestión puede ser definida en pocas
palabras, aquellas que hablan de los ataques a la vida y la dignidad
humanas por parte de Estados, ONG’s ad usum, medios masivos de
comunicación, intelectuales, fundaciones y sólo Dios sabe que otros
mecanismos que en este momento deben estar inventándose. Son estas
personas las que, atentas a una situación de suyo gravísima, procuran
defender la vida humana desde algunos medios de comunicación (acotados,
por cierto), desde las cátedras, desde el púlpito y, en algunas ocasiones,
desde los denominados grupos provida. Para ellos, esta realidad nueva que
ha ido conformándose ante sus ojos como una circunstancia histórica
inaudita en la que el mal se enseñorea y se hace civilización, es
definible con una noción que hace cien o ciento cincuenta años hubiera
sido de difícil intelección para el católico medio: cultura de la muerte.
Muchos e importantes
autores católicos se han ocupado de esa situación dramática que los
hombres hoy padecemos, la del oscurecimiento del sentido del hombre como
producto lógico de la perdida del sentido de Dios. Y nada de esto resulta
abstracto cuando se constata en el asesinato de millones de criaturas
inocentes, en el inicio o el término de la vida, que sufren en su carne
los dislates malévolos de la ideología antivida.
No pretendemos hacer
hincapié en la descripción de las manifestaciones que la mencionada
cultura de la muerte posee, esto es, el aborto, la anticoncepción, la
eutanasia, la clonación y la experimentación con embriones. Todas estas
cuestiones han sido y son suficientemente aclaradas y lúcidamente
criticadas por estudiosos laicos y eclesiásticos. Lo que sí creemos
esencial es el estudio histórico, ideológico y espiritual que devele las
raíces de esta cultura de la muerte.
Ahora bien, ¿por qué
estudiar las bases de la cultura de la muerte? Pues porque en medio de los
combates por la vida que signan nuestra época entrevemos un riesgo, aquel
que subyace a la acción desmedida o, para mejor decirlo, la acción sin la
necesaria contemplación que pueda guiarla y conducirla por el buen camino.
"El obrar sigue al ser", enseña Santo Tomás en clara consonancia con el
Depósito de Fe, y ese es el apotegma a veces olvidado en este combate que
reseñamos. En el marco de los grupos provida hoy encontramos maratones
radiales, bicicleteadas, volanteadas, charlas escolares, marchas,
movilizaciones (siempre acotadas porque marchar contra la eutanasia canina
es una cosa pero, ¿por la vida humana?) y muchas otras actividades. Por
ello el riesgo que mentamos estará presente allí donde se sostenga una
acción que, al estar desarraigada o distanciada de la debida
contemplación, termine sirviendo a intereses diametralmente opuestos.
Aquellos que siguen al Maligno son, en este mundo que les es propio, más
hábiles que nosotros. Ellos representan en este momento, como en tantos
otros, la avanzada del mal y tienen a su disposición todos los elementos y
subterfugios naturales y preternaturales para librar esta batalla. Esto
nos obliga a no dejar espacio alguno sin cubrir sabiendo que en cuanto se
produzca el menor hueco en nuestras filas éste será ocupado por algún
sicario infiltrado.
Es claro que no nos
permitimos negar la presencia de análisis y estudios más que rigurosos
sobre la cuestión de las raíces de esta cultura de la muerte. Desde las
enseñanzas del Magisterio Auténtico de la Iglesia hasta la decisiva
Evangelium Vitae pasando por los escritos de Guardini, Sgreccia, Caturelli
por citar sólo algunos, son innumerables los trabajos que a este respecto
se han oportunamente presentado. Pero, sin desconocer esto, insistimos en
el hecho de que un examen completo y debidamente divulgado de las raíces
de la cultura de la muerte puede ser una contribución decisiva a esa
acción que describimos y a la que, huelga decirlo, adherimos
absolutamente.
La labor a la que
aludimos no puede restringirse al ámbito puramente académico pues, en el
sentido que aquí pretendemos indicar, perdería su valor. Lo esencial es
que llegue a las manos de todo militante católico enrolado en la
resistencia a la cultura de la muerte. En tal sentido, y permítasenos una
analogía atrevida, esto debe ser como el sermonario o el breviario que
portaba cada conquistador o soldado católico antes de entablar el combate.
Quizás se trate de un atrevimiento pero, ¿no hay identidad entre el
agonista que combate contra las armas que aquél que lo hace contra las
políticas perversas de los Estados y las masónicas ONG’s?
Por lo hasta aquí
expresado quisiéramos dejar planteados algunos ejes posibles para el
examen de esta cuestión. No son más que el resultado de una reflexión
provisoria que puede ser oportunamente ampliada:
•Analizar la cultura
de la muerte como resultado de la antropología de la Modernidad
presentando, a la vez, un estudio de las notas esenciales de la verdadera
antropología.
•Relacionar la cultura
de la muerte con el pecado de la acedia que se hace civilización y, en
este sentido, hacer especial hincapié en las distorsiones patológicas que,
en la percepción del bien, provoca este pecado.
•Plantear una
aproximación al problema de la disolución del hombre y del pecado personal
en el marco del estructuralismo, útil herramienta ideológica al servicio
de la cultura de la muerte.
Ya hemos expresado que
no tenemos en esta breve reflexión afán alguno de originalidad pues nos
anima tan sólo la idea de presentar un aporte más que, aunque pequeño,
puede representar un agregado en la guerra entablado contra los nuevos
Herodes enemigos de Dios y de los hombres.
Publicado el 27 de
mayo de 2003
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