El derecho y el
deber de votar
Javier Arnal
La abstención, sin embargo, es un fracaso para todos.
Supone no entender que la democracia supone participación de todos.
Bien sabemos que somos
rápidos para detectar o exigir nuestros derechos, pero muy lentos para
reconocer nuestros deberes. Lo que sucede es que olvidamos que son la
misma moneda: la libertad. Recalcar que se ha de ser libre con
responsabilidad es una redundancia ética, ya que no se puede ser
responsable de lo que uno no es libre.
Ante unas elecciones
como las locales y autonómicas del próximo 25 de mayo en España es preciso
recordar estas connotaciones éticas, en una sociedad que, según las
encuestas, dice distanciarse cada vez más de la política y de los
dirigentes políticos. Además, por mucho que se intente destacar que casi
todos los partidos tienen el mismo contenido ideológico, es evidente que
no es así. Tal vez ninguno reúna todas las exigencias éticas que serían
deseables, pero unos más que otros: en materia familiar, educativa,
protagonismo de la sociedad frente al estatalismo que todavía nos
envuelve, y así un largo etcétera. Un católico, además, debe ser ejemplar,
también en estas cuestiones sociales y participativas de la vida cívica.
Ante unas elecciones,
el único fracaso es la abstención, porque no votar es votar a los que
otros voten, la comodidad de transferir la responsabilidad ciudadana.
Pienso en lo que dijo
Arnold Toynbee: “El mayor castigo para quienes no se interesan por la
política es que serán gobernados por personas que sí se interesan”.
Respeto cualquier voto en las urnas, y lo valoro en todos los casos.
Aunque el voto sea en blanco, por lo que supone de rechazo hacia todos los
partidos políticos: pocos, sin embargo, saben justificar, de verdad, el
voto en blanco.
El ejercicio
democrático de votar periódicamente no debe ser fruto de influencias
pasajeras, familiares o de cualquier tipo, o simplemente un reflejo
ocasional: ha de valorar cuatro años de gobierno local o autonómico, como
es el caso del 25-M, y las expectativas que despiertan los que gobiernan y
los candidatos a gobernar. Siguiendo con las citas, no es desdeñable una
de Napoleón Bonaparte: “Una cabeza sin memoria es una plaza sin
guarnición”.
La abstención, sin
embargo, es un fracaso para todos. Supone no entender que la democracia
supone participación de todos. No acudir a las urnas, por el motivo que
sea, es preocupante para una sociedad y para toda persona que profundice
en su significado.
Con abulia e
indiferencia no se avanza. Si la molestia de trasladarse al colegio
electoral para votar, o bien dejar de votar por ir a la playa o al
monte–que no necesariamente excluye votar-, son las excusas, al menos es
sincero quien reconoce que puede más su comodidad que su responsabilidad.
Publicado el 27 de
mayo de 2003
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