Espejos del amor de
Dios
Victoria Luque
Dada la secularización actual, las familias cristianas
son, hoy por hoy, un signo visible de la presencia de Dios en medio de los
hombres. La familia que vive realmente el evangelio, actúa, sin lugar a
dudas, como interrogante para todos aquellos que entran en contacto con
ella.
Cuando lo leí por
primera vez, me asombré, porque nunca hubiera imaginado que la familia
cristiana tuviese tal dignidad. El Papa, Juan Pablo II, en una homilía
dirigida, hace unos años, a unas familias que comenzaban su vida de misión
fuera de sus países de procedencia, decía que estas familias eran “imagen
de la Trinidad”. Que el Padre, con su labor creadora, el Hijo en su faceta
evangelizadora, y el Espíritu Santo, fruto del Amor existente entre ambos,
se daban cita en esas familias cristianas.
El Papa resaltaba la
comunión entre los miembros de esas familias cristianas como signo de la
presencia de Dios en el mundo.
Con otras palabras,
que en toda familia cristiana comprometida con el evangelio (pues
cualquiera de nuestros barrios hoy por hoy es tierra de misión), se hace
patente el Amor de Dios al hombre. Y eso me parece realmente maravilloso.
Que la familia sea signo visible de que Dios Padre está entre nosotros, y
que no nos ha abandonado a nuestra suerte.
A raíz de esta
reflexión he comprendido porqué Satanás –el príncipe de la mentira- tiene
tanto empeño en que la familia “tradicional” sea considerada una
antigualla, algo “soportable” de lo que se puede prescindir si las cosas
no salen como uno desearía; en resumidas cuentas, la separación o el
divorcio abre la puerta a una “liberación” que no es más que una forma de
destruir la obra que el Señor puede hacer, y hace, a poco que le dejemos,
en cada miembro de esa familia.
Familias numerosas
Algo es evidente, las
familias cristianas con muchos hijos, hoy por hoy, son un signo de que en
ellas se da algo distinto, que son capaces de vivir la generosidad, el
servicio, el perdón, la alegría, etc, de verdad; coherentemente, haciendo
vida en sus vidas, el evangelio de Jesucristo. Y esto llama la atención, y
la gente se cuestiona el porqué hay matrimonios jóvenes que apuestan por
la vida de una forma tan radical. La respuesta es clara, no se apoyan en
sus fuerzas, se apoyan en la Palabra, y en el encuentro personal con el
único que es fiel, siempre, Dios Padre.
Por otra parte, hay
una idea, expresada por el Papa en su última visita a España, que me ha
hecho pensar, y es la de que no es posible la Acción (evangelización) sin
Interioridad (oración). Esto, aplicado a las familias, me parece
importantísimo, porque yo sé por experiencia, que sin paz verdadera
resulta imposible educar, confortar, acoger a los hijos. Y esta paz sólo
viene de la intimidad con el Señor.
Es muy cierto que los
hijos (yo tengo seis, y espero el séptimo) nos ayudan a convertirnos, a
renunciar a nosotros mismos; a mí me ayudan a buscar la santidad, y a
caminar por ese sendero. Todos sabemos, o al menos yo lo sé, de lo que soy
capaz si el Señor no está conmigo. Entonces la ira se apodera de mí, y el
egoísmo, y el yo desmedido, y los juicios contra todos, y la incapacidad
para amar, es entonces cuando el mal sale por todos los poros de mi
cuerpo. Quiero decir con esto, que la obra buena siempre es del Señor,
inspirada por el Espíritu Santo; nosotros, instrumentos, nada más.
También es cierto que
la Palabra debe ir acompañada del testimonio de vida, para que los hijos
verdaderamente vean coherencia en lo que los padres les decimos. Mi marido
y yo hemos tratado de vivir, de alguna manera, el desprendimiento de los
bienes materiales, y eso a nuestros hijos mayores les ha llamado la
atención, les hemos explicado que no queremos –aunque es muy difícil no
caer en esto tarde o temprano- estar atados al dinero, que hay cosas más
importantes como es, por ejemplo, tener a Dios en tu vida, sentirte amado
por El... etc.
Y ellos han valorado
esto muy positivamente.
Crecer en la fe
Ayudar a nuestros
hijos en el camino de la fe, es una misión a la que no debemos renunciar,
tampoco la hemos de poner exclusivamente en manos del colegio, y menos de
la televisión. Esto es cosa de los padres cristianos, y responsabilidad de
cada uno de nosotros. Por mi parte, debo decir que ya veo algunos frutos,
lo cual no quiere decir que en el ejercicio de su libertad, mis hijos
dentro de diez o quince años, no puedan renegar de todo lo que yo he
tratado de darles, pero esto no me quita el sueño. El Señor no permitirá
que ninguno de los que a El se le han encomendado, se pierda.
Así, por ejemplo, me
he dado cuenta de que nuestros hijos valoran que recemos con ellos, que
les expliquemos las Escrituras, que nos pidamos perdón –ellos también lo
hacen- el uno al otro... Por otra parte, los mayores (10 y 8 años)
comienzan a conocerse, y a reconocerse como son. Con sus virtudes, y con
sus pecados. Creo que tampoco hemos de tener miedo los padres a
reconocernos pecadores, limitados, delante de nuestros hijos; al
contrario, es bueno para ellos saber que sus padres también se equivocan,
también caen, pero también se levantan.
Una anécdota más; yo
procuro dar siempre algunas monedas a los pobres que me piden por la
calle, sobre todo cuando voy con alguno de mis hijos, simplemente, porque
quiero que vean a estas personas con ojos compasivos, sin enjuiciarles
–cosa en la que más de una vez caigo, cuando voy sola-. Y hace unos días,
mi hija de siete años, coge un euro suyo, que lo tenía ahorrado, y se lo
da a un pobre a la puerta de un supermercado, y me dice, con estas
palabras: “Le doy mi euro porque quiero que sea un poco más feliz; yo ya
tengo todo lo que necesito”. A mí, no les quepa la menor duda, se me
agrandó el corazón. Eso es lo que yo quiero ver en mis hijos. Doy gracias
a Dios por cada uno de ellos.
Vivir con coherencia
No sé si somos
conscientes de lo que significa para un mundo secularizado y hostil, la
presencia de familias cristianas que vivan su fe coherentemente. Es como
un oasis en medio de la aridez. Por eso el Papa no se cansa de repetirnos,
“no tengáis miedo”, porque el miedo inutiliza al cristiano, no le deja ser
lo que realmente debe ser, verdadera comida y verdadera bebida para el
hambriento y el sediento. Otro Cristo. El mismo Cristo, en su Iglesia.
Me gustaría añadir que
todos, o somos padres, hijos, abuelos, nietos, hermanos, etc, y el primer
lugar donde podemos ejercitar el amor a los demás, la entrega y el
servicio, es en la familia. Ahí es donde el Señor nos quiere, para cambiar
nuestro corazón y los de los que nos rodean. Después, o además, podemos
vivir la fe en otros ámbitos, pero el primero, indiscutiblemente, es
nuestra familia.
Por otra parte, la
vivencia del sufrimiento en las familias cristianas también hace patente
la presencia del Amor de Dios en ellas, porque sin esa cercanía con Cristo
crucificado, habrían entrado, sin duda, en la desesperanza. En cambio, las
veo con paz en el dolor, con esperanza en medio de la incertidumbre, con
la escucha atenta a la Palabra de Dios, lo único –además de la Eucaristía-
que las sostiene. Porque en esa degeneración progresiva física o mental,
no caben palabras de consuelo, sólo cabe la cruz de Cristo, y de un Cristo
resucitado.
Publicado el 27 de
mayo de 2003
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