La llevaré al
desierto
Pbro. Roberto Visier
El que quiere comenzar a orar debe situarse en un
ambiente de desierto, de modo que nada ni nadie pueda turbar su diálogo
con Dios
“La llevaré al
desierto y le hablaré al corazón” (Os. 2,16). Con estas palabras expresa
el profeta el deseo que tiene Dios de reconquistar al pueblo separado de
Él. La imagen del desierto evoca la soledad, el silencio, el apartarse de
todo y de todos, es como el lugar donde no queda otro remedio que escuchar
al que está contigo porque no hay más nadie, ni más nada que hacer.
El que quiere comenzar
a orar debe situarse en un ambiente de desierto, de modo que nada ni nadie
pueda turbar su diálogo con Dios. Es indiferente que la oración sea en
comunidad, pues ya hemos dicho que aunque sean muchos los que oran juntos
Dios se encuentra con cada uno en particular. Una condición para la
verdadera oración es el silencio exterior e interior. La persona tiende a
distraerse con lo que le llega por los sentidos; le cuesta concentrarse si
sonidos e imágenes invaden sus sentidos. Por eso es preciso apartarse del
ruido.
Primero del ruido
exterior. Para ello habrá que entrar en la soledad del cuarto o de una
Iglesia u oratorio, en la montaña o en otro lugar descampado. Es curioso
que los sonidos de la naturaleza, quizás porque fueron creados por Dios,
no turban a la persona, más bien la pacifican, es un silencio sonoro que
la relaja. El rumor de las olas, el silbido del viento, el canto de los
pájaros son una excelente compañía para la oración. Sin duda el lugar
privilegiado para la oración es la casa de Dios. Si es una iglesia hermosa
parece expresar mejor la presencia divina, pero lo que más nos ayuda, y
esto tiene bastante de misterioso (en cuanto acción escondida de Dios), es
orar en la presencia de Jesús Sacramentado en el Sagrario o expuesto en la
custodia. Esto hace que los templos católicos no sean simplemente el lugar
de las celebraciones, del culto público; sino lugares privilegiados de
oración.
Es más importante
todavía el silencio interior. Podemos estar participando en una oración
común donde las voces de los que oran suenan al unísono, podemos cantar
himnos, salmos o cánticos inspirados (Ef. 5,19), pero la disposición
interior tienen que ser de recogimiento. Este recogerse en uno mismo
significa no dispersarse o distraerse, sino centrarse en ese encuentro con
Dios que debemos vivir es ese momento con intensidad. Hay muchos ruidos
que fácilmente turban nuestra interioridad. Las preocupaciones, las
labores de cada día, los proyectos o ilusiones, incluso las imágenes que
ha captado nuestra imaginación en la TV o en el acontecer diario, hasta la
música que escuchamos con frecuencia, sobre todo si es muy estridente,
suele dejar como un eco en el alma que nos dificulta la concentración, el
recogimiento. El stress, el exceso de trabajo, el cansancio, la prisa, ver
mucha televisión o escuchar música con mucho volumen o con ritmos
acelerados o percusiones insistentes y “machaconas”, el desorden moral,
los vicios, hacen que muchas personas sean incapaces de entrar en oración.
Los que viven según la carne no pueden entender las cosas del espíritu (I
Cor. 2,13-14; Rom. 8,5-9). El buscar momentos de silencio, reflexión y
oración nos hará más humanos y mejores cristianos.
El ponerse en un clima
interno de oración no es algo que se pueda improvisar con facilidad, sobre
todo si la oración se quiere prolongar un rato más prolongado. Es un
hábito que se adquiere con la práctica de una oración diaria y más o menos
extensa, principalmente en la oración personal y solitaria. Una vez
alcanzada lo que podíamos llamar la “virtud de la oración” que no se
alcanza simplemente con el estudio, sino con la constancia en orar,
entonces la oración comunitaria y la recepción de los sacramentos se verá
iluminada por una luz nueva, pues participaremos de un modo mucho más
atento, consciente y fructuoso.
La metodología a
seguir no es lo más importante pero también es bueno tener alguna. Las
técnicas de relajación o control mental que tengan una base psicológica
verdadera y seria pueden ayudar, pero no debemos olvidar que no se puede
confundir la oración cristiana con estilos de oración orientales que
tienen un sentido muy distinto. La relajación o concentración son sólo una
disposición o un medio, pero nunca el fin de la oración que es comunicarse
personal y amistosamente con Dios.
Cuando hablemos de la
oración mental daremos unas orientaciones más amplias al respecto. Ahora
bastará con que comencemos por buscar el lugar y el momento adecuado (en
la mañana recién despertados la mente esta más limpia y el cuerpo más
descansado). Se puede comenzar invocando al Espíritu Santo, rezando
despacio y con atención una breve oración (un padrenuestro o un avemaría),
procurando dejar al margen todo otra ocupación o pensamiento, trabajo o
problema, que podemos introducir en la oración en el momento adecuado,
para ponerlo todo en manos de Dios con gran confianza, para rogar a Dios
por una persona o problema, sin dejar que el asunto concreto ocupe el
centro de atención, sino que siga siendo Dios el que invada en ese momento
nuestra mente y nuestro corazón, mediante la meditación, la alabanza, la
acción de gracias, la súplica, etc.
Publicado el 27 de
mayo de 2003
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