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La pieza clave: el amor

Pbro. Roberto Visier

Sin un verdadero amor los demás valores y hábitos quedan desequilibrados y caen estrepitosamente. El que no ama o lo hace de un modo desordenado o incompleto no puede ser una persona cabal. El que no ama no puede ser feliz, ha sido creado para amar y eso es lo que hace al hombre semejante a Dios.

Nos hemos comprometido a hacer un análisis del problema familiar que tantas repercusiones tiene en nuestra vida. Pero no basta observar la familia ya constituida para localizar las causas de los males que la afectan. De igual modo que para el diagnóstico de una enfermedad o más bien de sus causas, no basta la constatación de los síntomas del enfermo, sino que es necesario saber qué hizo, qué comió, dónde estuvo antes de contraer la enfermedad. Es preciso, en este caso, buscar las raíces de la conflictividad en las familias, del fracaso de los matrimonios, de la incapacidad para superar los problemas. En este camino progresivo iremos deteniéndonos semana tras semana en iluminar temas tan interesantes como el amor, el noviazgo, la sexualidad, el matrimonio, el divorcio, la infidelidad, etc.

Sabemos que en el diseño y construcción de un arco de piedra como los de los edificios antiguos: iglesias, catedrales, castillos, etc. hay una piedra ubicada en el centro del arco y a la que llamamos “la clave”. Sin ella el equilibrio de fuerzas se rompería y el resto de las piedras que forman el arco caerían atraídas irremediablemente por la fuerza de la gravedad. Del mismo modo me atrevo a afirmar que entre todos los aspectos en las que debe ser educada la persona, la educación en el amor se convierte en la pieza clave. Sin un verdadero amor los demás valores y hábitos quedan desequilibrados y caen estrepitosamente. El que no ama o lo hace de un modo desordenado o incompleto no puede ser una persona cabal. El que no ama no puede ser feliz, ha sido creado para amar y eso es lo que hace al hombre semejante a Dios.

La familia está llamada a ser una escuela donde el hombre desde la más tierna infancia aprenda la difícil ciencia del amor. Según las últimas investigaciones de la fetología, incluso desde antes del nacimiento, el bebé no nacido comienza a aprender de la mamá según sus estados de ánimo, sus hábitos y lo que pueden captar sus sentidos (ruidos, músicas, golpes, caricias u otras sensaciones). De alguna manera el niño es capaz de captar si en la familia reina un ambiente de paz y amor y eso afecta a su mismo desarrollo intrauterino.

La comprensión del amor se convertirá automáticamente en “la fórmula secreta” para hacer las cosas bien. Si damos una definición de diccionario, es un afecto por el cual se busca la posesión o goce del bien verdadero. Se ama aquello que consideramos un bien para nosotros. Amamos a nuestros padres porque experimentamos que les debemos muchos bienes, y lo mismo nuestros hermanos, amigos, etc. Decimos que amamos la música por el placer que produce a nuestros oídos y los sentimientos positivos que despierta en nosotros. Amamos nuestra patria porque en ella hemos nacido y aprendido a vivir y esto lo consideramos un bien.

El amor es muy difícil de definir, de encerrar en un concepto; sin embargo no nos resulta algo extraño o complicado, aunque sí nos parece profundo, de alguna manera misterioso. Es más apto para ser experimentado, vivido, que para ser explicado. Un sabio autor de antigüedad escribía: “Desde que empieza a existir este ser vivo que llamamos hombre es depositada en él una fuerza espiritual, a manera de semilla, que encierra en sí misma la facultad y la tendencia al amor, una fuerza que nos capacita para amar; y esto no necesita demostrarse con argumentos exteriores, ya que cada cual puede comprobarlo por sí mismo y en sí mismo. En efecto, un impulso natural nos inclina a lo bueno y a lo bello, aunque no todos coinciden en lo que es bello y bueno; y aunque nadie nos lo ha enseñado, amamos a todos los que de algún modo están vinculados muy de cerca con nosotros, y rodeamos de benevolencia, por inclinación espontánea, a aquellos que nos complacen y nos hacen el bien”.

Confiando en ese conocimiento espontáneo que nuestra experiencia y nuestra conciencia nos dan sobre el amor, vamos a profundizar un poco sobre la esencia del amor y la iremos completando después. Dice una canción: “Amar es entregarse – olvidándose de sí – buscando lo que al otro pueda hacer feliz”. La Biblia dice: “El amor es paciente, es servicial, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal. Todo lo excusa, todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera, dura para siempre” (I Cor. 13).

Descubrimos el amor como una entrega al ser amado, una donación que nos hace olvidarnos de nosotros mismos para tender hacia la persona amada y vaciarnos en ella, buscando su bien. El amor tiende también a unir a los que se aman en una relación de profunda amistad, de mutua comprensión y entendimiento. Es una comunión de dos corazones. Todo esto nos desvela un rostro del amor sobre todo espiritual. Es un sentimiento, pero no simplemente una emoción pasajera, sino un sentimiento profundo que está mucho más allá de la pasión. La pasión es fugaz y ardiente. El amor, inflamando el corazón, deja una huella imborrable y esta llamado a permanecer, a arder sin apagarse.

El amor no se improvisa, exige sacrificio y para alcanzarlo es preciso buscarlo y construirlo día a día y mantenerlo en un ejercicio continuo de renovación y profundización. No permanece inactivo siempre busca crecer. Por eso amar es muy difícil pero es a la vez lo que más satisface el corazón del hombre. El verdadero amor debe existir antes de formar la familia, debe crecer en la familia y convertirse en el fruto más precioso que brote de su seno.

Publicado el 27 de mayo de 2003

 
 

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