La raíz de muchos de
nuestros problemas
Pbro. Roberto Visier C.
Me refiero a la terrible CRISIS FAMILIAR que como una
epidemia mortal está destruyendo lo que debería ser para todos “el hogar,
dulce hogar” y lo está convirtiendo en una especie de campo de batalla,
origen de todo tipo de problemas.
En la compleja
sociedad del naciente milenio que nos ha tocado vivir, son muchos los
problemas que nos angustian. Citemos algunos: la delincuencia, la
violencia, la droga, el alcoholismo, la corrupción en sus múltiples
facetas, la depresión como enfermedad psicológica o simplemente como
sentimiento de frustración o infelicidad, la inmadurez de nuestra
juventud, la falta de responsabilidad o de ilusión por hacer las cosas
bien, el fracaso en la educación, la desorientación espiritual, etc. Son
muchas y difíciles de precisar todas las causas que han conducido a
nuestro mundo a esta crisis espiritual o de valores que estamos
padeciendo. Sin embargo hay una raíz innegable para todo aquel que tenga
una visión medianamente lúcida de la vida humana. Me refiero a la terrible
CRISIS FAMILIAR que como una epidemia mortal está destruyendo lo que
debería ser para todos “el hogar, dulce hogar” y lo está convirtiendo en
una especie de campo de batalla, origen de todo tipo de problemas. Se
supone que la familia debería ser ese lugar donde los inconvenientes
grandes o pequeños de la existencia, se encauzan y comienzan a resolverse,
o reciben esos estímulos o conocimientos nacidos de la experiencia que
convierten la contrariedad en camino de maduración personal. En definitiva
la expectativa es que la relación entre los esposos, de los padres con los
hijos y entre los hermanos sea sumamente enriquecedora y ayude a todos, no
sólo a los niños y jóvenes, a crecer, a madurar, es decir, que la familia
sea una eficaz escuela de humanidad. No dudo que en bastantes casos lo
siga siendo, pero en otros parece ser un volcán cuya lava volatiliza con
un fuego abrasador el amor, las ilusiones, los bienes materiales, el alma
y el cuerpo, en fin, parece más bien destruir que edificar.
Para las mentes
obtusas, mercenarias de la superstición moderna, la causa de este
resquebrajamiento de la institución familiar será fácilmente explicable en
cada caso concreto, por el movimiento de las estrellas, por el mal de ojo
o el “trabajo” con que el enemigo te ha “embromado” o simplemente porque
estás empavado o salado. Siempre encontramos una excusa para echar la
culpa de mis problemas al vecino. Todo con tal de no reconocer que la
culpa es nuestra, por haber despreciado o renunciado a los milenarios
valores familiares, que tienen mucho de bíblicos y cristianos y que
hicieron de la familia esa minúscula e insustituible sociedad, recinto
seguro y estable para el amor y para la vida humana desde su concepción
hasta su muerte natural.
La familia es algo tan
entrañablemente humano que no debería depender de la religión o de la
cultura, sino que tendría que funcionar siempre respetando el orden
maravilloso que el Creador inscribió en nuestra naturaleza. Ella es la
base de toda sociedad humana y su debilitamiento y descomposición es
semejante a la de un cadáver maloliente, convirtiendo la sociedad en
suciedad. De tal manera afecta a todo hombre desde que nace hasta que
muere y engloba tantos aspectos de su existencia que éste no sería el
lugar, ni yo la persona adecuada, para realizar un estudio profundo y
cualificado sobre la candente situación familiar que nos rodea. Sin
embargo, siempre a la luz de la fe y de los valores espirituales perennes,
deseo proponer, de un modo sencillo pero no superficial, algunas
orientaciones que puedan ser útiles a cualquiera que se acerque a estas
líneas, puesto que soy consciente de que todos como padres, como hijos,
como hermanos, etc. formamos parte de una familia. Y si alguno o alguna,
por las tristes circunstancias de la vida, nunca ha podido sentirse hijo(a),
ni hermano(a), ni esposo(a), ni padre o madre, habrá saboreado y
seguramente lo estará haciendo lo difícil y dura que es una vida donde no
hay familia o ésta no funciona. En menor o mayor medida este dolor es de
muchos y en nuestra Venezuela no es sólo un problema de hoy y de ayer sino
que viene de lejos. Es un círculo vicioso del que es difícil de escapar.
De una familia inestable y problemática nacen y crecen unos hijos
problemáticos e inestables que forman otras tantas familias inestables y
así sucesivamente, sembrando de problemas todo el entramado social.
Es una urgencia que
todos nos pongamos a trabajar en este sentido para levantar a la familia
de su postración. Nadie puede permanecer indiferente. Ahí esta la raíz y
la solución de muchos de nuestros problemas. La reconstrucción de una
sociedad en decadencia va por ese camino, el futuro de la humanidad en paz
se fragua en la familia.
Publicado el 27 de
mayo de 2003
|