Imprimir

[FIRMAS] CARLOS DÍAZ

Democracia moral: el ciudadano virtuoso

Carlos Díaz

La democracia numérica debe ser a la vez democracia moral, compuesta no solamente por quienes quieren ser muchos, sino que quieren además ser buenos.

Entre los líderes de la democracia numérica a veces se oye decir: «si no obtengo tantos miles de votos de diferencia con respecto del principal opositor, puede haber problemas». Esto no está bien, aunque suele ocurrir, pues cuando por un voto no se concede la victoria quedan desacreditados todos los votos. En la democracia moral un solo voto permite gobernar al ganador, porque cada voto es fin en sí mismo, y quien viola un voto lesiona a toda la humanidad, del mismo modo que quien apalea a un niño apalea a todo lo humano que hay en cada miembro de la humanidad. Por eso el demócrata moral derrotado continuará oponiéndose hasta la victoria final, pero no se acogerá a su condición de perdedor por escaso margen para dar un golpe de Estado. Nada de abandonar, maldecir o no reconocer el triunfo ajeno. En la democracia moral se sabe perder, y no sólo ganar; hay que aprender a perder numéricamente si se quiere ganar moralmente algún día, el día de la verdad. Para el demócrata moral, si triunfa el adversario hay que seguir trabajando hasta liberar la polis del asedio de sus secuestradores, cada cual con los medios a su alcance, por eso hay que prepararse mucho.

Mas ¿cómo pasar a una democracia moral? Con lucidez de inteligencia (para lo cual hacen falta maestros no maltratados: entre todos los candidatos a presidentes de la República no sumarán ni medio mientras los maestros anden apaleados) y conversión del corazón. La democracia no es la revolución por decreto, la impaciencia es la enfermedad de los totalitarios. Desde la paciencia laboriosa aparecerán ciudadanos libres donde hubo esclavos, gentes que recuperarán su memoria de humanidad, memoria con la que todos venimos al mundo, lo que todos sabemos por el hecho de ser hombres. Contra amnesia u olvido, memoria y anámnesis. Si la amnesia del pueblo es la ruina de la democracia, porque conlleva la hipermnesia de los tiranos, el sano recuerdo es su floración primera.

Si la democracia numérica se vive como un derecho, con su otra cara, que es la obligación, la democracia moral se vive como un deber, un deber que yo me impongo con alegría, como la oportunidad de construir un mundo más digno. Es un deber sagrado y por tanto sacrificado, en la medida en que uno se da a sí mismo el deber sagrado de cuidar de los demás: por ejemplo, procurando que se tapen las alcantarillas a las que le falta la tapa (¡y las hay con verdadero peligro de muerte!), a fin de que no puedan caer en ellas niños, ciegos, o cualquier viandante. Eso lleva molestias, tiempo, y hasta dinero, claro está. Porque significa abnegación, generosidad, humildad, valores necesarios para el desarrollo de la virtud pública, indisociables de ella contra lo que suele decirse. Los grandes maestros de humanidad han procedido así. Sólo soy libre cuando todos los hombres y mujeres que me rodean son libres. La democracia, decimos con Charles Péguy, ha de ser la organización sistemática de la caridad, de la filantropía, de la buena educación, de la ayuda mutua, así como de la esperanza, ya que se basa en la convicción de que existen extraordinarias posibilidades en la gente ordinaria.

Publicado el 27 de mayo de 2003

 
 

Inicio ] [ Atrás ]